La muerte tenía un precio: Érase una vez en Almería

La muerte tenía un precio (1965) | Tras el rodaje de Por un puñado de dólares (1964), Sergio Leone llamó de nuevo a Clint Eastwood, que dudaba de si volver a rodar o no con el director italiano. Eastwood quería conocer primero la respuesta del público a su anterior película aún sin estrenar. Pidió una copia e hizo un pase a sus amigos en Hollywood. El resultado le satisfizo a él y a sus amistades, a pesar de que ninguno entendía italiano. Así fue como el futuro alcalde de Carmel volvió a plantarse en Almería, esta vez interpretando al Manco, y acompañado de Lee Van Cleef, como el coronel Douglas Mortimer, un actor al que le fue mucho mejor en Europa que en América, donde a lo máximo que podía aspirar era a coleccionar pequeños papeles en películas de prestigio como Solo ante el peligro (1952) o El hombre que mató a Liberty Valance (1962). Y les acompaña Gian Maria Volontè en el papel de un villano bastante psicópata, atemorizado por la culpa, al que le gusta romper el silencio con su inseparable reloj musical.

A Leone siempre le interesaron más las escenas aisladas que la trama. Por eso su empeño en que sus personajes sean tan icónicos, y eso hace que Eastwood tampoco tenga esta vez un nombre, es más bien un personaje abstracto, un concepto, un tipo sin pasado, o quizás con demasiada biografía a sus espaldas como para explayarse en ella. El caso es que apenas sabemos nada de él. Eastwood habla poco, entorna mucho los ojos bajo el sol y trae con él todo su attrezzo, su poncho comprado en España, sus propios cigarros adquiridos por él mismo en Beverly Hills y su sombrero que se agenció en un almacén de Santa Mónica. Este último un complemento fundamental en su carrera ya que en aquella época todavía había quien afirmaba que Clint Eastwood solo tenía dos registros, uno con sombrero y otro sin sombrero. Aunque también se decía algo parecido de otro icono del Oeste, el ganador de tres Oscar Walter Brennan. Había un Brennan con dentadura postiza y otro sin ella. Por lo que quizás la moraleja es que es mejor tener solo dos registros que ninguno.

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La muerte tenía un precio es la segunda película de la conocida como «Trilogía del dólar», a la que le acompaña, además de Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo (1966). Y hay que decir que Leone saca petróleo de su falta de presupuesto y escasos medios, rodando esta coproducción hispano-italiana-alemana además de en Almería, en Colmenar Viejo y algunos interiores en Cinecittá en Roma. En una época en la que en Hollywood se ha arrinconado al western, es de justicia poética que este resucitara en España. Al fin y al cabo el territorio del western no es otro que el territorio del Virreinato de Nueva España. Allí llevamos algo más que caballos y vacas que se criaban en los grandes ranchos copia de los cortijos andaluces. En aquellos espacios infinitos vigilados por los legendarios Dragones de cuera españoles surgió toda una épica que rememora los cantares de gesta medievales y que une El cantar del mío Cid con John Ford, y que impregnó la literatura popular de finales del XIX y de ahí saltó al cine. Algo de lo que por ese extraño complejo ibérico no solemos presumir. A uno se le quitan muchos prejuicios en cuanto indaga un poco, y si no me creen les invito a ver en internet los vídeos de Alfonso Borrego, el bisnieto del jefe apache Gerónimo. Es una pena que el nombre de España solo salga a relucir en las películas del Zorro.

Como siempre Leone es lo suficientemente listo como para dejar que su compañero de cole Ennio Morricone le haga media película, con esa música extraña llena de repiques de castañuelas y látigos, y los silbidos interpretados por el español Curro Savoy, quien también hizo los de El puente sobre el río Kwai (1957).

La muerte tenía un precio
La muerte tenía un precio (1965), de Sergio Leone

Rodada en technicolor, sin sonido directo. Tiene algo de cómic, hay un hilo que lo une con el Teniente Blueberry que comenzó a publicarse dos años antes. Su metraje está cargado de personajes cínicos, lacónicos -que es el adjetivo preferido de los críticos cuando nos ponemos a largar sobre Eastwood en estas cintas-. Tipos que hablan poco, no abren la boca si no es para lanzar una sentencia o escupir. El guionista Luciano Vincenzoni poda los diálogos para dejar peso al cruce de miradas de los protagonistas, en esta historia de dos cazarrecompensas que se torna en una historia de venganza. Nada le gustaba más a Leone  que destrozar la paciencia del espectador alargando los duelos hasta el infinito, aunque en esta ocasión aún no llega al barroquismo de otras de sus producciones posteriores.

Leone saca brillo a sus armas cinematográficas. En realidad es un director clásico al que le gusta romper lo establecido. Lo hace ya no solo con la música, sino cometiendo todos los pecados estilísticos de la época. Abusando de montaje picado en ocasiones, usando el zoom aunque de manera más discreta que otros directores coetáneos; y puso su sello en los primerísimos primeros planos de los ojos cuando el plano rey del western es el plano americano, aquel que permite mostrar desde el sombrero hasta la rodilla, lo suficiente para ver la cartuchera.

La «Trilogía del dólar» la conforman tres películas cuya violencia es mucho mayor y explícita que la del western clásico. No sé si la palabra más adecuada es que son más «realistas» o más bien que se trata de un cine que mezcla la épica individual con el nihilismo, a la que se añade una capa de polvo y suciedad que parece buscar la credibilidad, a la vez que coloca estratégicamente unos cuantos toques de humor para rebajar la truculencia de algunas escenas.

Lo que sí está claro es que Leone supo volver a convertir el western en un género popular. Sus cintas almerienses se alimentan del cine japonés de Akira Kurosawa y tuvieron su réplica al otro lado del Atlántico en películas como Easy Rider (1969) o en el cine de Sam Peckinpah, por ejemplo. Aunque los personajes de este último solían ser en principio más idealistas, unidos por códigos de amistad como en Duelo en la alta sierra (1962). Pero las películas del director de Mayor Dundee (1965) se fueron volviendo también más sucias y violentas a medida que transcurría la década de los sesenta y se enconaba la Guerra de Vietnam. Aún así conserva los lazos de amistad en películas como Grupo salvaje (1969). Los personajes de Leone en cambio eran solitarios, hombres sin nombre, y sus películas son fantasmales, de tipos que llegan solos y se van solos después de cumplir su sangrienta misión, y cuyas claves heredó Eastwood al otro lado de la cámara en Infierno de cobardes (1973), El jinete pálido (1985) o Sin perdón (1992).

Ficha Técnica

  • Fotografía: Massimo Dallamano
  • Montaje: Eugenio Alabiso, Giorgio Serrallonga
  • Música: Ennio Morricone
  • Vestuario: Carlo Simi
  • País: Italia (Per qualche dollaro in piú), 1965
  • Duración: 132 min.
  • Disponible en: Movistar+
  • Público adecuado: +16 años
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