La mujer del cuadro | Edward G. Robinson es­tá en un papel inusual, muy dis­tinto al de gánster sin escrúpulos; in­seguro y débil, torpe en sus coartadas.

The woman in the window País/Año: EE.UU., 1944 Dirección: Fritz Lang Guión: Nunnally Johnson (novela Once off guard de J. H. Wallis) Fotografía: Gene Fowler Jr. Montaje: Milton R. Krasner Música: Arthur Lange Intérpretes: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea Distribuidora DVD:Fox Home Duración: 96 min. Público adecuado: +12 años

Fritz Lang fue un maestro en la revisión de los géneros. Y el cine negro, en su etapa norteamericana, no fue una excepción. Le dio pie para denunciar los vicios y miserias de la sociedad en que vivía y mostrar la vul­nerabilidad del ser humano, capaz de poner en tela de juicio sus convenciones y tirar por la borda sus más nobles ideales llegado el caso.

En esta ocasión, el sujeto es el profesor de psicología Richard Wanley (Edward G. Robinson), personaje de la novela Once Off Guard, de J. H. Wallis en que está basado el filme, paradigma de exquisitez y rectitud moral que, cautivado por un cuadro expues­to en el club social al que acude religiosamente con sus amigos y, sobre to­do por la modelo real que aparece a sus espaldas -una magnética e irresistible Joan Bennett a la que solo por con­templar merece la pena la pelícu­la-, cede en sus principios y se ve envuelto sin querer en un complejo cri­men del que no sabe cómo salir.

También aquí, Edward G. Robinson es­tá en un papel inusual, muy dis­tinto al de gánster sin escrúpulos; in­seguro y débil, torpe en sus coartadas, como un reverso del perspicaz investigador de seguros Barton Keyes, de Perdición.

Pese a la fuerza de los personajes, la ma­gistral banda sonora de Arthur Lan­ge -que mereció una nominación al Oscar- y la excelente fotografía de Mil­ton Krasner, llena de claroscuros de­sasosegantes, el guión de La mujer del cuadro, firmado por Nunnally John­son (Las uvas de la ira, Doce del pa­tíbulo, quien, por cierto, llevó la pe­lí­cula a la gran pantalla con su propia pro­ductora independiente), tiene me­nos armadura que el de Billy Wilder y Raymond Chandler de la película com­pañera de sección. Además, una evo­lución en la trama obvia y un final de­ma­sia­do facilón, aunque justificable por la pres­tidigitación transgresora de Lang y ese tono fatalista y moralizador. Aún así, es uno de los últimos clá­si­cos de la etapa dorada del cine ne­gro ame­ricano que merece la pena ver.

Cristina Abad