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Lo que queda del día

Pocas historias de amor conmueven tanto como esta protagonizada por un mayordomo y un ama de llaves en una Inglaterra apegada a las viejas tradiciones

Lo que queda del día (1993)

Lo que queda del día: Profesionales y aficionados

La novela del escritor japonés Kazuo Ishiguro (Nagasa­ki, 1954) estuvo a punto de ser llevada al cine por el di­rec­tor Mike Nichols con guion de Harold Pinter y con Je­remy Irons y Meryl Streep en sus papeles principales; pe­ro finalmente se convirtió en una de las películas más re­conocidas del trío formado por el director James Ivory, el productor Ismail Merchant y la guionista Ruth Prawer Jha­bvala, que desde The Householder (1963) constituían uno de los equipos creativos más fructíferos que ha dado el cine británico, y que ya habían realizado con éxito entre otras Una habitación con vistas (1985) y Regreso a Howards End (1992).

Al igual que en la novela, la película transcurre en dos lí­neas temporales separadas por casi veinte años. La prime­ra de ellas nos lleva a 1956, cuando StevensAnthony Hopkins– hace un viaje en coche hasta la costa inglesa para en­contrarse con miss KentonEmma Thompson-. Se trata de un flashforward de la acción principal que se desarrolla en 1936 en la mansión de los Darlington. Stevens es por en­tonces mayordomo de Lord Darlington y está entregado en cuerpo y alma a su trabajo, pero su ordenada vida se tam­baleará con la llegada de miss Kenton como nueva ama de llaves.

James Fox interpreta con grandes dosis de patetismo a Lord Darlington, una figura ambigua con un componente trá­gico a la que la Historia pondrá en su sitio. Un noble inglés que organiza en su casa encuentros con miembros del par­tido nazi. Se ha tomado como misión personal el lograr que las potencias occidentales no aíslen a una Alemania que empieza a resurgir tras el Tratado de Versalles. Pero sus in­tentos acabarán de una forma dramática con el estallido de la II Guerra Mundial. Será el representante americano, el senador LewisChristopher Reeve– quien criticará dura­men­te estas conferencias describiendo a Lord Darlington co­mo “un clásico caballero inglés, decente, honorable y bien intencionado; pero son todos ustedes unos aficiona­dos, y estos asuntos internacionales no deben de estar nunca en manos de aficionados. Los días del instinto noble han terminado. No necesitamos caballeros sino auténticos po­líticos profesionales”.


En la película se contrapone continuamente a los profesionales y los aficionados, pero lo cierto es que ninguno de los dos grupos sale bien parado. Stevens es de los primeros. Es un perfeccionista, un obseso del orden y del trabajo bien he­cho, incapaz de anteponer sus sentimientos a su labor pro­fesional. Ni siquiera hace una excepción cuando su padre muere durante una de las reuniones de Lord Darlington; y sigue a rajatabla un estricto código por el que entre los miem­bros del servicio no debe haber más relación que la me­ramente profesional, lo cual le impedirá a él mismo mantener cualquier contacto extralaboral con miss Kenton. Es esa profesionalidad llevada hasta el extremo la que hace que Stevens sea el perfecto mayordomo británico, pero le des­humaniza y le hace incapaz de saborear la vida. A pesar de ello, o precisamente por ello, tiene un alto concepto de su trabajo, afirmando que no necesita conocer mundo porque el mundo viene a él, a Darlington Hall. Antes de recibir a los invitados extranjeros arenga al resto del servicio como si de un general se tratara, afirmando: “la historia podría es­cribirse aquí en estos días. Todos ustedes pueden sentirse or­gullosos de su papel, aunque sea llevando bolsas de agua ca­liente. Cada uno tiene su cometido: el metal pulido, la pla­ta brillante, la caoba reluciente cual espejo. Así recibi­mos a los visitantes, que sepan que están en Inglaterra don­de todavía hay orden y tradición”.

Lo que queda del día se ha convertido en un clásico en po­cos años, aunque en su momento no tuvo el reconocimiento que se merecía al coincidir en todas las entregas de pre­mios con aquel huracán que fue La lista de Schindler. Ja­mes Ivory atrapó con su cámara la esencia de ese mundo en descomposición que ya estaba en el libro de Ishiguro, pe­ro su gran mérito fue sobre todo lograr que la pequeña his­toria, la del servicio doméstico, no se resintiera al entrelazarse con la grande, los prolegómenos de la II Guerra Mun­dial, consiguiendo contar una gran historia de amor que no posee ni fecha de inicio ni de caducidad, frustrada por la profesionalidad de su propio protagonista; aún así sal­tan chispas cuando el mayordomo y el ama de llaves se en­cuentran en la misma habitación.

Lo que queda del día (1993)

Tres escenas quedan para el recuerdo. La primera es el mo­mento en que miss Kenton anuncia a Stevens el falleci­mien­to de su padre durante una importante reunión en Dar­lington Hall. Está rodada con los protagonistas en penumbra, con sus siluetas recortadas al trasluz. El mayordomo se niega a abandonar su puesto para despedirse de su pro­genitor con la excusa de que su padre lo habría querido así. Miss Kenton, de forma muy protocolaria, le pide permi­so para cerrar los ojos al fallecido lo que Stevens acepta, res­pondiendo con la misma falta de sentimientos que si le pre­guntara si pueden servir ya el segundo plato en la cena.

La segunda es la famosa escena del libro, cuando miss Ken­ton entra en la habitación de Stevens y, saltando la ba­rre­ra invisible interpuesta por el mayordomo, trata de arre­ba­tarle el libro que este lee. Es la forma que tiene miss Ken­ton de provocar a Stevens para que se decida a declarar­se. Caen todas las fronteras y por un instante parece que Ste­vens va a claudicar y por fin va a mostrar sus sentimien­tos por el ama de llaves. La composición que hacen los dos actores en esa escena es maravillosa, tan contenida que uno desea zarandear al mayordomo para que reaccione. Miss Kenton termina sorprendida de que el libro no se trate en realidad más que de una ñoña historia de amor, y Stevens reconduce la situación una vez más a lo profesional, afir­mando que lee esos libros para cultivar su conocimiento del idioma. La declaración de Stevens no solo no se produce si­no que profundiza más en la herida, prohibiendo a miss Ken­ton que vuelva a molestarle en su tiempo libre.

Por último, la escena del autobús. Ya en 1956, Stevens y Ken­ton acuden a un encuentro en el que ambos mantienen sus esperanzas de corregir los errores del pasado. Están fe­li­ces de volverse a ver después de tantos años. Instantes an­tes han acudido a un puente donde todo el mundo ha aplau­dido tras el encendido de las luces, pero ahora la escena se vuelve oscura bajo la lluvia. Ninguno de los dos dice lo que quiere decir. Todo se vuelve de nuevo contención y lenguaje no verbal, y los rostros de ambos transmiten que ya la vida ha elegido por ellos y solo les quedan los res­coldos. Lo que queda del día es un ejemplo de cómo la ver­dadera historia a menudo va por debajo en las grandes pe­lículas. Estas tres escenas muestran que lo importante no es lo que se dice, sino lo que no se dice.

Tanto Hopkins como Thompson están en el momento cum­bre de sus carreras. El personaje de Hopkins está en una huida permanente de sí mismo, en una continua negación de cualquier deseo ajeno a su quehacer profesional. Se pa­sea como un fantasma por las habitaciones, apareciendo súbitamente por puertas falsas de secretos pasadizos, abrien­do y cerrando puertas con una delicadeza extrema.  Hop­kins preparó su papel con un mayordomo profesional, Cyril Dickman, que durante cincuenta años formó parte del ser­vicio del Palacio de Buckingham, quien le confió: “No es na­da difícil ser mayordomo, en realidad es bastante simple: cuan­do estás en una habitación debe estar más vacía que nun­ca, ese es el secreto”. Mientras que Emma Thompson ha­ce de un ama de llaves dispuesta a dejar su trabajo en cuan­to la vida le ofrezca algo mejor. A ella no es la profesionalidad lo que le mueve sino el miedo a la soledad. La ac­triz se inspiró en su propia abuela paterna que trabajó co­mo ama de llaves durante años.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Tony Pierce-Roberts
  • Montaje: Andrew Marcus
  • Música: Richard Robbins
  • País: Reino Unido (The Remains of the Day), 1993
  • Duración: 134 min.
  • Distribuidora en España: Netflix, Columbia
  • Público adecuado: +12 años
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Reseña
s
Escritor de relatos de terror y misterio, y guionista de cine y televisión. Admirador de Ford, Kurosawa, Spielberg y Hitchcock, no necesariamente en este orden
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