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¡Qué verde era mi valle!

Ford, un poeta irrepetible que tenía en ese momento 46 años, hace el mejor retrato familiar de su carrera.

How Green Was my Valley. 1941. País: EE.UU. Dirección: John Ford Guión: Philip Dunne Fotografía: Arthur C. Miller Montaje: James B. Clark Música: Alfred Newman Intérpretes: Sara Allgood, Donald Crisp, Walter Pidgeon, Maureen O’Hara, Anne Lee, Roddy McDowald Distribuidora DVD: Fox  114 min. +12 años

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Un minero recuerda su vida en un valle galés al momen­to de abandonarlo para siempre. Sus recuerdos estallan en canciones. Seguro que esta sinopsis, muy acorde con la novela original de Richard Llewellyn, hubiera si­do del agrado del viejo Jack.

“Es imposible -sentenció Orson Welles– hacer una bue­na película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”. Y es sabido lo que respondía el di­rector de Ciudadano Kane cuando se le preguntaba por los tres directores de cine más importantes de la historia: “John Ford, John Ford y John Ford”.

Este impresionante drama producido por ese zorro llama­do Darryl F. Zanuck (pagó 300.000 dólares para hacer­se con la novela), ganó 5 Oscar (pelícu­la, director, foto­grafía -el primero de Arthur C. Miller, que vol­vería a me­recerlo por La Canción de Bernadette en el 44 y por Ana y el rey en el 47-, dirección artística y actor secunda­rio -el londinense Do­nald Crisp, que hace maravillas con su personaje duro y tier­no de padre de una familia nu­merosa, con tres chica­rrones, una chica y un niño-).

Ford, un poeta irrepetible que tenía en ese momento 46 años, hace su última película antes de marchar a la gue­rra. Es, quizás, el mejor retrato familiar de su carrera (tiene otros buenísimos pero ninguno tan complejo y va­riopinto) con la ayuda de la irlandesa Sara Allgood, de su muy amada Anne Lee, de su predilecta Maureen O’Hara y de un niño conmovedor llamado Roddy Mc­Dowald (Cornelius en El planeta de los simios). Y todo, sin sa­lir de Los Angeles, las cosas del cine.

La historia es muy de Ford: dignos y orgullosos perde­dores, mujeres fuertes que aman en silencio al hombre que no les puede corresponder (es imposible no traer al recuerdo al amargado Ethan Edwards de The Searchers -ma­gistralmente interpretado por ese actorazo llamado John Wayne-, un hombre desarraigado que lo ha perdido todo, incluyendo a la mujer que le amaba y terminó casándose con su hermano), veneración por la tierra de los ancestros, apego a la tradición y respeto por los mayo­res, nostalgia de infinito.

Las canciones son sencillamen­te inolvidables y dan lugar a secuencias de una perfección estremecedora, como la de la vuelta a casa de los her­manos con la madre esperando en la valla del pequeño jardín o la trágica boda de Angharad Morgan, de las mejores cosas que ha rodado Ford.

Este reportaje de Días de Cine es hermoso

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor