Scarface

La película de Hawks sienta las bases de lo que más adelante será habitual: la enfermiza concupiscencia por matar, el ansia por ser temido y respetado

Scarface (1932)
Scarface (1932)

Scarface: Matar por matar

El neoyorquino Ben Hetch (1894-1964) es uno de los más grandes guionistas norteamericanos. Suyo es el guion imperial de esta película de Howard Hawks que adapta una novela de Armitage Trail. Asistimos a la ascensión de un criminal (inspirado en Al Capone) que va eliminando a los que le hacen sombra para llegar a la cima (Top of The World, que el guion usa de manera recurrente). La gran interpretación de Paul Muni (esos gestos de saludo con la mano al entrar, los besos al aire, los encogimientos de hombros, el gesto de desprecio a la policia con la mano bajo la barbilla) transmite la brutalidad de un personaje violento que quiere tener el mundo en sus manos.

Hawks, con 35 años y la producción del magnate e inventor Howard Hughes para United Artists, rueda con una seguridad admirable, concediendo mucha importancia a los personajes secundarios (la amante, la hermana, el brazo derecho del gánster), que tienen un carisma formidable.

El relato tiene un ritmo perfecto en el que no hay lugar para la mitificación de la violencia criminal ni tampoco de la constancia policial para combatirla. Scarface sienta las bases de lo que más adelante será habitual en las películas que cuentan historias de criminales: la enfermiza concupiscencia por matar, el ansia por ser temido y respetado.

El manejo del plano-secuencia en la apertura contiene una inolvidable presentación del personaje, al que primero oímos silbar con despreocupación mientras se acerca para asesinar: ese es su oficio y lo hace rutinariamente. El fuera de campo tiene en el asesinato en la bolera un desarrollo sencillamente magistral. La manera de rodar los diálogos, que tienen un nivel de toxicidad altísimo, es papel secante: cuando el mafioso se tropieza a Poppy, la mujer bellísima de la que se ha enamorado, lo que se dicen pide un cincel. La relación del asesino con su hermana Cesca es turbia e insana. Hawks dirige a Ann Dvorak y Karen Morley con una perfección admirable porque el afán posesivo y la lujuria de Tony Camonte estremecen a todos, poco a poco a ellas también. En ese sentido, lo que Brian de Palma jamás lograría es transmitir la manera en que esas dos mujeres se dejan contagiar por la violencia irracional del gánster.

Dicen que Al Capone compró una copia de la película porque le gustó mucho y la veía con frecuencia. Me lo creo. Me basta pensar en un personaje que resulta arrebatador: el asistente del gánster, Angelo, que no sabe leer y al que su jefe enseña a coger el teléfono y le pide anotar el nombre del que llama.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Lee Garmes, L. William O’Connell
  • Montaje: Edward Curtiss, Lewis Milestone
  • Música: Adolph Tandler, Gus Arnheim
  • País: EE.UU., 1932
  • Duración: 94 min.
  • Distribuidora en España: Filmin
  • Público adecuado: +16 años
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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor
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