Tiburón

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Dentelladas para un cambio de rumbo

Muchos estudios orientados a desentrañar las claves del cine norteamericano de los años 70 coinciden en señalar a Geor­ge Lucas y a Steven Spielberg como principales artífices en el campo de la dirección del cambio de rumbo que Hollywood se vio obligado a efectuar en aquella convulsa década. La antaño majestuosa industria californiana se hallaba entonces sumida en una profunda crisis originada en parte por la irrupción de la televisión en los hogares estadounidenses veinte años atrás, pero tam­bién por las grandes transformaciones que paralelamente estaba experimentando la sociedad en su conjunto. Si al consultar una lista de los filmes que propiciaron el mencionado viraje en el caso de Lucas detectamos que inequívocamente se alude a La gue­rra de las galaxias (1977), en el de Spielberg advertimos que sale a relucir Tiburón (de título original Jaws, algo así como “Mandíbulas”), un largometraje que en 1975 obtuvo un descomunal éxito y que consiguió poner en boca de todos el nombre de su máximo responsable. Haciendo gala de un pronunciado sen­tido del espectáculo, que proponía una eficaz alianza entre la banda sonora y las imágenes, ambas cintas marcaron una característica tendencia de corte popular dentro de la historia del celuloide que se extiende hasta nuestros días; más aún, hoy se erige como la fórmula predominante.

La premisa de Tiburón (que parece extraída de cualquier mons­­ter movie fechada en la década de los 50) no ofrece en principio complicaciones ni genera demasiadas expectativas: poco an­tes del inicio de su temporada turística, una pequeña localidad costera de­nominada Amity sufre los ataques de un tiburón que frecuenta sus playas abarrotadas de bañistas, por lo que el sheriff de la zona (interpretado por Roy Scheider) se dispone a cerrarlas. Pero éste encuentra la resistencia del alcalde del pueblo, que sólo ve en las muertes ocasionadas por las dentelladas del animal una amenaza para sus intereses lucrativos. No le quedará otra salida que embarcarse en un buque y dirigirse hacia alta mar junto a un experto en tiburones (Richard Dreyfus) y un marinero ca­za-recompensas (Ro­bert Shaw, en un papel que remite por diversas razones al capitán Ahab del Moby Dick de John Huston) para dar muerte a la fuerza de la naturaleza que ha osado a desafiarlos. No obstante, pe­se a contar con un material de partida tan a priori poco sugerente y trillado, Spielberg termina acumulando innumerables méritos en lo que respecta a su labor detrás de la cá­mara, con un dominio de sus recursos como narrador y una habilidad para controlar las reacciones del público realmente admirables. En secuencias que requieren la toma de decisiones creativas, como la de ajustar a un número reducido las apariciones del escualo para hacer de él un peligro incierto (una opción que ya había aplicado en su opera pri­ma El diablo sobre ruedas), o la de situar la cámara a ras del agua para acentuar la sensación de angustia (con la oscarizada música de John Williams acechando de fondo), es cuando la pe­lí­cula gana enteros y la propuesta regeneradora de su director con­­vence.

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Año: 1975. Duración: 124 minutos País: EE.UU. Di­rección: Ste­ven Spiel­berg Música: John Williams  In­tér­pre­tes: Roy Scheider, Robert Shaw, Ri­chard Dreyfus, Lo­­rrai­ne Gary, Murray Ha­­mil­ton  Dis­tri­bui­dora: Uni­versal