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A. Fumagalli, director Máster Escritura y Producción para ficción y cine (UCSC, Milán)

Es un grave error creer que la literatu­ra habla del interior de los personajes mientras que el cine trata del exterior”.

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Armando Fumagalli se mueve con gestos elegantes­ y lleva instalada en el rostro una sonrisa con­fiada. Es un hombre tranquilo. Oyéndole hablar de los­ per­sonajes, de sus motivaciones y actos, y de fina­les ló­gicos e inevitables se diría que es una especie de de­miurgo del universo de la ficción. Es profesor de Se­miótica en la Universidad Católica del Sacro Cuo­re de Milán, director del “Máster en Scrittu­ra e pro­duzione per la fiction e il cinema” y consultor de guio­nes.

Ha venido a España invitado por la Fundación de Es­tudios de la Comunicación (FEC). Con él, Valentina Po­zzoli, joven editora de la productora de tele­visión Lux Vide, que aborda su primer lar­gometraje, la­ adaptación de la exitosa novela de Alessandro D’Avenia Blan­ca como la nieve, roja como la sangre, actualmen­te en fase de postproducción.

Ambos han dirigido en la sede de Canal Sur en Sevilla un curso titulado “De la Literatura al Cine. Semi­na­rio de introducción al trabajo de escritura y de­sarrollo de proyectos de cine”. Un mano a mano de ágil guión donde ha habido tiempo para considerar el fenómeno de las adaptaciones clásicas y modernas, lo que el cine de Hollywood nos aporta o có­mo lograr es­cribir una película para el gran públi­co. Todo al hilo del análisis de películas de renombre co­mo Sentido y sen­sibilidad.

Literatura y cine: ¿llamados a amarse o a aborrecerse? Fumagalli considera que son dos mundos mu­cho más entrelazados de lo que se piensa. “En la cul­tura norteamericana hay una estrecha relación en­tre ambas, una relación profesionalizada en la que des­de el primer momento se considera la venta de los de­rechos para el cine. Esto es así porque es un país gran­de, abierto a un mercado internacional amplísi­mo: Norteamérica, Gran Bretaña, Australia y todo el mun­do de lengua inglesa. Hablamos de 300 mi­llones de lectores. En Europa la situación es distinta. Una no­vela de un autor novel italiano que venda 3.000 ejem­plares se considera rentable”.

Hay una tendencia a pensar en la literatura como un arte profundo y en el cine como algo superficial, pu­ra acción. “Es un grave error creer que la literatu­ra habla del interior de los personajes mientras que el cine trata del exterior” -explica Fumagalli.

Batman, por ejemplo, “es un trabajo muy profundo so­bre el interior del personaje. Nolan es inglés y ha es­crito con su hermano el guión, y eso se nota. La pe­lícula va sobre cuál ha de ser la respuesta al mal. Y X-Men es una metáfora de la relación con los extranjeros -en este caso los mutantes-; plantea que po­demos convivir en paz. Las películas que ganan di­ne­ro son las que hablan del interior del personaje, las que hacen llegar al espectador al corazón del protagonista”.

Aún va más allá. “Las buenas películas nos dejan ver de manera natural las verdades íntimas de los per­sonajes, y logran que éstas conecten con nuestra pro­pia existencia”. Para eso -dice- es preciso plantear muy bien el objetivo consciente (desire) y el conflicto in­terior (need): hacer algo importante en la vida, de­jar huella -en el caso de Una mente maravillosa-, pero tam­bién superar los problemas de socialización de Nash. “Hay grandes cuestiones a las que todos nos en­frentamos en la vida, y que, por tanto, son recono­ci­bles: encontrar el equilibrio entre vida profesional y social, como plantea El diablo se viste de Prada; o lo­grar el respeto como mujer a través de la actuación pro­fesional, como Erin Brockovich. Hay que hacer avan­zar need y desire. No se puede hacer una película só­lo con ideas”.

Con su particular visión como editora de la productora Lux Vide, Valentina Pozzoli añade que la es­cri­tu­ra de guión es una mezcla de creatividad y de industria. Su trabajo consiste en que el guionista es­criba según las reglas del mercado. Pero esto no es al­go frío, sin alma. De ordinario, hace tres lecturas de los guiones: “la primera es emocional cien por cien, la segunda de cabeza analizando esa emoción y la tercera en clave de verosimilitud”.

“Para escribir un guión con éxito -asegura Pozzoli– ha­ce falta un tema, pero también una historia y un per­sonaje bien construido, al que se pueda ver en 360º. Un personaje -concreta- que tenga un conflicto a la hora de alcanzar su objetivo. La pregunta es: qué es­tará dispuesto a perder el personaje para alcanzar su objetivo. Ahí es donde se ve su mundo ético, y esto es lo que hace muy interesante y vendible la histo­ria”.

La clave, por tanto, está en el personaje. “Robert McKee decía que no hay diferencia entre personaje y­ acción. La acción la hace el personaje, no al revés. Es él quien, tomando decisiones o reaccionando de ma­nera distinta a las circunstancias construye la histo­ria”.

Junto a esto, Valentina Pozzoli desarrolla otras cues­tiones de las que depende un buen guión: poner  un punto de originalidad que distinga nuestra obra de historias similares, cuidar bien los tiempos dedica­dos a los tres actos tradicionales, planear bien el se­gun­do acto -el acto de las complicaciones pro­gresivas, según McKee-, y los puntos de giro; definir bien a los antagonistas, tener claro si nuestro pro­tagonista es un héroe o un antihéroe y lograr que el público lo quiera o construir un tema y un contratema verosímil.

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Este año celebramos el bicentenario de Dickens, cu­ya inspiración se encuentra en los orígenes del ci­ne, y próximamente veremos una nueva versión de Grandes Esperanzas, de Mike Newell. Pero además, estamos a la espera de Ana Karenina, de Joe Wright, y de Los miserables, de Tom Hooper. El año pasado Fukunaga estrenó la versión número vein­tiséis de Jane Eyre. ¿Por qué se siguen adaptando las grandes historias del siglo XIX?

Armando Fumagalli/ Probablemente porque son his­torias de conflictos interiores personales y sociales y tienen una dimensión de intriga que funciona. Son, ade­más, historias románticas y conmovedoras, de per­sonajes rotundos y claros. Cuando se hace una adap­tación se retoma la historia original pero es preciso hacerla presente en la actualidad. Preguntarse: ¿qué puede decir esta historia al mundo de hoy? Es lo­ que hace, por ejemplo, Emma Thompson en el guión de Sentido y sensibilidad. Es muy fiel al texto pe­ro, de manera sutil y efectiva, hace resonar sin ana­cronismos temas que no estaban en Jane Austen pa­ra conectar con el público mundial contemporáneo, y lo hace simplemente dando un valor a la hermana menor que no tenía en la novela.

Pienso que también son historias seguras, desde el punto de vista de la rentabilidad económi­ca.

A. F./ Ha habido años en que se hablaba del post­mo­dernismo, del final de las grandes narraciones, pe­ro luego centenares de millares de personas iban al ci­ne a ver Titanic. Y qué es Titanic sino Romeo y Julie­ta, una gran historia de amor de todos los tiempos. ¿Y Harry Potter?: una historia clásica de formación. Si alguien hace esa historia dentro de diez años volverá a tener un éxito seguro. Son constantes antropológicas: tenemos necesidad de soñar, de encontrar sen­tido a la vida, a la muerte, que es lo que cuentan es­tas historias.

Las razones por las que se vuelve a ellas son diversas: de afinidad, culturales, económicas; personales y empresariales. En televisión y cine americano, los pro­yectos dependen más de la productora, en cambio en Europa tiene la iniciativa el director. Son dos modelos muy distintos, aunque ahora estén evolucionando un poco. No hay que equivocarse. Francis Ford Coppola coescribió y dirigió esa gran obra que es El Padrino porque su amigo George Lucas le convenció de que hiciera esa película para Paramount con el fin de pagar sus deudas.

Aún así, no estamos en un buen momento. ¿Qué hacer para atraer al público a las salas de cine?

A. F./ En primer lugar emocionar. Si lo consigues, y lo puedes conseguir gastando poco, el público vie­ne. Es lo que ha pasado en Francia con Intocable, o lo que ocurrió hace unos años con Mi gran boda grie­ga o con Little Miss Sunshine, películas de bajo presu­pues­to que se han vendido en todo el mundo y han te­nido muy buena recaudación. La clave está en escribir historias que sean profundas, emocionantes, y es­to se logra si están bien dirigidas. Luego, hay que sa­ber aprovechar el fenómeno de internet, recurrir a gé­neros más económicos, etc. La crisis aviva la creati­vi­dad. Si se escribe bien y se buscan nue­vas soluciones de producción, se pueden hacer películas ren­tables.

¿Cómo afectan las nuevas tecnologías al cine?

A. F./ Siempre que surgen avances tecnológicos hay un movimiento, pero pienso que no tiene por qué producirse una catástrofe. Ahora, por ejemplo, con la facilidad para el streaming y la descarga, ha per­dido mercado el DVD, pero todo retomará su posición. En los años 50 y 60, cuando surgió la televisión en Italia, se vendían entre 600 y 900 millones de entradas de cine. Hace veinte años, entre 100 y 120. La gen­te que antes iba por segunda y tercera vez al cine a ver la película ahora estaba en la televi­sión. El productor sabe que puede recaudar un 30% en sala, un 50% en derechos de televisión, etc. Se produce un rea­juste natural.

¿A qué cine emergente hemos de prestar atención?

A. F./ No es fácil contestar a esta pregunta porque de­pende de factores imponderables. Me contaba una con­sultora que trabaja en Hollywood que el renacimiento del cine danés se debe a que se ha creado una es­cuela de guión en Dinamarca y la mayoría de la gen­te que triunfa viene de allí. Influye también la tra­dición literaria y teatral, que hace que, por ejemplo, el cine argentino tenga más capacidad de contar co­sas y logre unos personajes bien dibujados.

Hay que prestar atención al cine de China. Por cues­tión cultural, está invirtiendo mucho en el soft po­wer, y a través del cine puede difundir su sistema de vida. Además es un país tan grande que todo adquiere una dimensión enorme. Para entrar en la Escuela Nacional de Cine compites en un mercado de 1.300 millones de personas, pero sólo 50 son elegidos. Si se ponen a hacer las cosas bien, pueden crecer en poco tiempo. El cine francés que ha intentado apren­der de los norteamericanos puede ir también muy bien. En los últimos tiempos han hecho unas pe­lículas buenísimas, muy bien escritas, sutiles, económicas y que gustan mucho al público europeo.

Cristina Abad
Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla