Marc Rothemund, director de Sophie Scholl: «El coraje civil es algo que habita en nuestra vida cotidiana»

Marc Rothemund, director de Sophie Scholl. Marc Rothemund nació en 1968 y em­­­pezó a trabajar en el mundo del celuloide como ayudante de dirección. En 1998 ganó el Pre­­mio de Ci­ne Bávaro al Me­jor Director No­vel por la pe­lícula “Es­ce­nas de amor desde el planeta Tierra”. Su se­gunda pe­lí­cula, “Harte Jungs”, fue una de las más vistas del año 1999 con 1,7 millones de es­pectadores. Di­ri­gió el thriller para televisión “Das Duo- Der Liebhaber”, con el que ganó el Premio VFF TV en 2003.

Marc Rothemund, director de Sophie Scholl
Marc Rothemund, director de Sophie Scholl

– ¿De qué trata Sophie Scholl. Los últimos días?

– La película narra los últimos seis días de So­phie Scholl, desde que planean cómo repartirán los panfletos en la Universidad de Munich hasta su detención, interrogatorio, con­dena y ejecución. Es una situación extrema en la que también nos familiarizamos con su carácter, su pasado y los ideales de “La Ro­sa Blanca”.

– ¿En qué difiere de la película realizada por Michael Verhoeven sobre el grupo de “La Rosa Blanca”?

– La película Die Weisse Rose, de Michael Verhoeven, describe el desarrollo de todo el grupo; los dramáticos acontecimientos que si­guen al arresto de sus miembros sólo ocupan un lugar menor en la historia. La nuestra empieza con estos acontecimientos y acompañamos a Sophie en el duro viaje emocional de cinco días hasta su muerte. También ve­mos cómo Sophie madura bajo la presión a la que es sometida y cómo asume su responsabilidad.

– La película de Percy Adlon, Fünf letzte Tage, también trata del mismo tema.

– Efectivamente, la película de Percy Ad­lon también se centra en este periodo, pero desde el punto de vista de Else Gebel, la com­­pañera de celda de Sophie en la cárcel de la Gestapo, y acaba cuando llevan a So­phie al tribunal. Nuestra narración, sin embargo, se hace desde el punto de vista de So­phie y va más lejos. Recreamos el juicio y da­mos vida al infame y sanguinario juez Ro­land Freisler. También describimos la estancia de Sophie en la cárcel de Stadelheim, su úl­timo cigarrillo, la despedida de sus padres, su última comida, sus oraciones, su ejecución. Aunque es posible que lo que más diferencie esta película de las anteriores es que con­tamos con una documentación a la que no se tenía acceso en los años ochenta.

– ¿Qué documentación?

– Las transcripciones de los interrogatorios realizados por la Gestapo. Estos documentos estaban en archivos en Alemania del Este, y no se pusieron a disposición del público hasta los años noventa. Los interrogatorios de So­phie Scholl son muy interesantes. Lo que más me fascinaba era que Robert Mohr, un especialista en interrogatorios con más de 26 años de experiencia, creyó que Sophie era ino­­cente después del primer interrogatorio de cinco horas. La joven le escuchó sin parpa­dear, le contestó sin el menor atisbo de duda du­rante cinco largas horas. Algo increíble. In­­cluso después de que registrasen su piso y des­cubriesen pruebas fehacientes de su participación, ella siguió negándolo. Es necesario enseñarle la transcripción de la confesión de su hermano, en la que lo reconoce todo, para que ella diga: “Sí, formo parte de esto y me enor­gullezco de ello”. A partir de ese momento intenta proteger a los demás miembros, y hace creer a su interrogador que “La Rosa Blanca”, cuyos pan­fletos siempre daban la sensación de proceder de una organización importante, sólo estaba formada por su hermano y ella.

– Hasta ahora poco se sabía del oficial en­cargado del interrogatorio…

– Sí, ya que casi nadie se había molestado en investigar quién era. Robert Mohr era un personaje interesante: un especialista en interrogatorios que ya había servido bajo otros dos gobiernos, un colaborador pasivo respetuoso de las leyes sin preocuparse de quién las aprobaba. Me parece asombroso que ese hombre fuera capaz de negar los terribles acon­te­ci­mien­tos que tenían lugar en ese momento. Du­ran­te mucho tiempo me pregunté por qué ra­zón, después de haber interrogado a Sophie Scholl durante varios días, le ofreció la posibilidad de salvarse. Posteriormente descubrí que tenía un hijo de la edad de So­phie que acababa de ser enviado al frente orien­tal.

– ¿Tuvo la oportunidad de hablar con su hijo?

– Sí, entrevistamos a su hijo Willy Mohr, un hombre de 83 años, durante cuatro horas. La conversación nos ayudó mucho a descubrir la naturaleza de Robert Mohr. También hablamos mucho con Anneliese Knopp-Graf, la hermana de Willi Graf, miembro de “La Rosa Blanca”. Robert Mohr la interro­gó durante cuatro meses y nos describió al hombre y la sala con gran precisión. Además, compartió celda con Sophie Scholl y con El­se Gebel. También tuvimos la oportunidad de hablar con el sobrino de Else Gebel. Otro testimonio de gran importancia fue el de Eli­sabeth Hartnagel, la hermana menor de So­phie Scholl, que acabó casándose con el novio de Sophie, Fritz Hartnagel. Tuvo la ama­bilidad de permitir que estudiáramos sus archivos personales. Estos testigos nos animaron a que contáramos la historia con la ma­yor autenticidad posible.

– ¿En qué fuentes se basó para describir el juicio?

– Disponíamos de la sentencia del juez Ro­land Freisler, las transcripciones del juicio, además de testimonios de personas que estuvieron presentes. Fred Breinersdorfer, que ejer­ció de abogado durante varios años ba­sán­dose en este material, escribió escenas real­mente escalofriantes para el juicio. Tres acu­sados, tres puntos de vista diferentes. Pri­me­ro está Christoph Probst, un hombre que lucha por sobrevivir y que, con el consentimiento de Sophie y de Hans Scholl, se distancia de las ideas de “La Rosa Blanca” para que sus tres hijos no crezcan sin su padre. Lue­go está Hans Scholl, cuyos argumentos son considerados por el juez Freisler como un ataque a sus ideas, ya que él no ha estado en el frente luchando por su país y Hans sí. Y por fin está Sophie, cuyos argumentos son mucho más emotivos y se basan en el bien y en el mal. La joven se enfrenta a Freisler has­ta el último momento.

– Va hacia el cadalso sin bajar la cabeza…

– Admiro su coraje. Rechazó el “puente de oro” que le tendió Robert Mohr, lo que equi­­­valía a firmar su propia sentencia de muer­te. Es algo que me sorprende: ¿Cómo pue­de alguien tan positiva, tan viva como So­phie Scholl, aceptar que le van a quitar la vida? ¿Qué sentido encontró en su muerte? Y, como ateo, me pregunto: ¿Será más fácil enfrentarse a la muerte siendo creyente?

– El guión da mucha importancia al mun­­­do interior de los personajes.

– El aspecto emocional era lo más importante para Fred Breinersdorfer y para mí: sus emociones, sus opiniones, sus conflictos, con­forman el hilo conductor en el que se ba­sa la historia. Al leer el contenido de los interrogatorios me había quedado asombrado. Lue­­go, al contar con un gran reparto, entra en juego otra dimensión. Es increíble ver, por ejemplo, cómo Julia Jentsch se metió en el papel, cómo supo dar vida a las emociones de Sophie.

– Si tuviera que escoger, ¿qué le parece más importante, que la película sea absorbente o que sea históricamente correcta hasta el último detalle?

– Lo primero. Pero en este caso tuvimos suerte, ya que ninguno de los hechos se contradecía. Pudimos encajarlos todos como si se tratara de un rompecabezas. Conocíamos bien los hechos y construimos la estructura emocional sobre estos cimientos, lo que nos permitió seguir los sentimientos y los pensamientos de Sophie Scholl. Ese fue el acercamiento que adoptamos y así construimos el per­sonaje, basándonos en la información de que disponíamos. Me alegro mucho de que Ju­lia aceptara lanzarse a un viaje emocional tan difícil.

– ¿Cómo escogió a los actores? ¿Y a Ju­lia Jentsch en particular?

– Había visto a Julia en el cine y en el escenario, en Otelo concretamente, en el Ka­mmer­spiele de Munich. Es una actriz muy in­tensa que desprende una gran fuerza tanto en el escenario como delante de una cámara. Es­t­aba dispuesta a lo que fuera para hacer el papel de Sophie. Necesitamos auténticos luchadores para hacer esta película, porque las con­diciones del rodaje no fueron nada fáciles. Ju­lia, por ejemplo, estaba en el rodaje a las seis de la mañana, trabajaba hasta las 6:30 de la tarde, se iba al Kammerspiele para actuar y volvía puntualmente al día siguiente. Fabian Hinrichs, al que admiré en Miedo a disparar, que interpreta a Hans Scholl, cogió un vuelo a las 5 de la tarde después del primer día de rodaje, estuvo durante tres horas y media en el escenario del teatro Völksbuhne y regresó a Munich en coche para rodar 14 ho­ras seguidas. Esto sólo lo hace alguien con auténticas ganas de participar en este proyecto.

– Ha intentado evitar cualquier referencia a los tópicos…

– Desde luego. Quería acortar distancias pa­ra que el espectador actual pudiera penetrar sin dificultad en la historia. Por eso intenté enseñar pocos uniformes y pocas esvásticas. En cuanto al vestuario, quería que fuese fiel a los años cuarenta, pero que no llamara mucho la atención. Una vez me llevé a los actores vestidos para la película a un café y nadie pareció sorprenderse. No me apetece ha­cer copias de escenas históricas, sino explorar temas actuales. ¿Cómo reaccionamos ante la injusticia? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso personal? Sigue habiendo guerras y dictadores por todo el mundo. No hace tanto que el pueblo de Ucrania salió a la calle a protestar a pesar de la amenaza de los tanques. Me sentiría feliz si más musulmanes levantasen la voz en contra de los fanáticos del islam. Pero el coraje civil es algo que habita en nuestra vida cotidiana, por ejemplo, ¿qué hacemos con los que se meten con alguien más débil en el colegio o en el trabajo? Eso también es importante. Por eso no quiero que el espectador sienta que mi película es una lección de historia.

– ¿La película está rodada en decorados naturales?

– Sí, siempre que fue posible. Por ejemplo, vemos a Hans y a Sophie Scholl salir de su pi­so en la calle Franz-Joseph en Munich y cru­zar el patio. Por desgracia, el taller Schwa­­bing, donde se imprimían los panfletos de “La Rosa Blanca”, ya no existe, tuvimos que reconstruirlo a partir de una minuciosa in­vestigación. El palacio Wittelsbacher en la calle Brienner, cuartel general de la Gestapo en Munich, fue derruido en 1964, pero existen varios edificios con fachadas parecidas, por ejemplo la sede del Gobierno de la Alta Ba­viera. Teníamos planos detallados del interior y lo reconstruimos en los Estudios Bava­ria. También rodamos en la Universidad Lud­wig-Maximilian y en la Audiencia de Mu­nich. Por cierto, en una vieja postal descubrí que los árboles de la plaza Geschwister-Scholl, delante de la Universidad, son ahora de la misma altura que los que fueron arrancados después de la guerra. Me pareció una buena señal, era el momento idóneo para la película.

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