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Kitsch cinematográfico

Sobre el Kitsch cinematográfico

Los tests de empatía de Voight-Kampff que Harrison Ford realizaba bajo las órdenes de Ridley Scott nos serían hoy de valiosa utilidad para descifrar las características kitsch del cinema contemporáneo. Así, podemos señalar que hablar de kitsch fílmico no siempre es centrarse en la mil veces discutida calidad de mal gusto; en definitiva, este fenómeno es eminentemente comercial; el kitsch es falaz, te da una parte por el todo. Posee la capacidad de confundir nuestra dimensión sentimental y convertirla en sentimentaloide. Todo un perfecto replicante.

El símbolo de la estética kitsch es el souvenir, y no por casualidad. Al adquirir una pequeña Torre Eiffel de plástico, somos conscientes que no obtenemos la original, pero nuestra capacidad empática queda satisfecha. Las emociones relacionadas con el patrón se orientan hacia la copia. Aquí emerge la falacia, han timado a nuestra emotividad. Asociamos con impropiedad unos sentimientos a un objeto émulo que nos recuerda al prototipo, hemos comprado un recuerdo de, no la realidad. Un pequeño objeto económico que reporta una emoción proveniente del modelo, aunque sea falseada. Sin embargo, ver cine no es simplemente comprar souvenirs, convertir todo un universo en simple (a veces simplón) pasatiempo es reducirlo.

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Tras las dificultades económicas de décadas pasadas, los años 90 han supuesto un renacimiento para la empresa del celuloide. Ahora, es curioso observar como nuestra memoria colectiva cinematográfica se ha rehecho bajo el signo de la cultura massmediática, la cual se plaga de una producción en serie que, por su condición, anula la referencia originaria (práctica asidua de la industria americana). En este sentido, no sólo aparecen las descaradas estratagemas mercantes de contrahechuras recíprocas que no se sabe cuál es la primaria (Armageddon, de Michael Bay, y compañía) o esos productos de laboratorio de las majors pensados para las grandes superficies y que fusilan cualquier tipo de idea (Independece Day, de Roland Emmerich, como botón de muestra); también encontramos los remakes –City of Angels, de Brad Silverling, versionando a Cielo sobre Berlín, de Win Wenders; o Psicho, de Gus Van Sant, remedando a Hitchcock y su Psicosis, son ejemplos que necesitan acompañarse de un justo etc., etc.-, los cuales presentan de modo abierto esta cualidad de simulacro. Finalmente, llegamos a los planteamientos más embaucadores para nuestro aparato emocional, y son aquéllos que reciclan, emulan o roban sin aviso previo y se disfrazan de última novedad. De este modo, es llamativo comprobar en nuestros días que al descubrir un original nos haga recordar el facsímil, cuando en realidad debería darse a la inversa. Uno se sorprende cuando La Casa de juegos (1987), de David Mamet, nos recuerda ideas de The Game (1997), de David Fincher (!), o como la estructura de Atraco Perfecto (1956), de Stanley Kubrick, nos recuerda a las “novedosas” Reservoir dogs (1992) o Pulp Fiction (1994) de Tarantino (!!).

 

Lo interesante de esos Nexus 6 (perseguidos por los Blade Runners) es que a través de su naturaleza podemos seguir investigando en los entresijos humanos, esperando descubrir algún día un fugaz rayo C cerca de la Puerta de Tanhäuser.

Carlos Escaño González