Una profesión de putas, de David Mamet

El director de la reciente y celebrada State & Main (su séptima película) demuestra en Una profesión de putas (conjunto de relatos autobiográficos, enseñanzas, recuerdos y vivencias) que comulga con la frase de André Gide “si el alma está insatisfecha permanecerá viva”. Tan vivaz como este libro escrito con desenfado, al que pueden sobrar algunas batallitas pero que página a página impulsa al subrayado y a la ficha, por la cantidad y calidad de inteligentes consideraciones al hilo de la fauna y flora de nombres, títulos y citas que pueblan los peldaños de la escalera mametiana.

Con 53 años y un Pulitzer bajo el brazo (por Glengarry Glen Ross, 1984), David Mamet se distancia del formato libro-entrevista, quizás porque es joven aún para emular a las conversaciones de Bogdanovich, Truffaut, Sarris y compañía, con parternaires tan notables como Lang, Ford, Bergman o Hitch. Prefiere Mamet regalarnos sus ideas sobre el cine en general y el guión en particular. Un Mamet divertido, lúcido, brillantemente juguetón nos abre las puertas de sus peripecias profesionales en Nueva York, Chicago, Vermont, Quebec… Hay sitio para el teatro –Mamet es ante todo un dramaturgo- y sus experiencias en diversas compañías de teatro “con la bolsa de joven ambicioso al hombro”, para algunas verdades y mentiras de la Historia del cine, para la crítica mordaz a la industria americana y a los comentaristas (“alegamos que no cabe interpretar que la prohibición de matar se aplique a la guerra o la de robar al comercio”). No faltan tampoco buenas dosis de autocrítica y consejos para navegantes como “no podemos ingerir y expulsar al mismo tiempo” y “estudiad la historia para no quedar a merced del capricho del momento”.

Algunas de estas páginas traen a la memoria al Hemingway de París era una fiesta, por esa sensación abstracta de anhelo, de admiración a otras personas, la misma que sintió Mamet al acudir a una conferencia de directores de cine (antes de serlo él). Se percibe con claridad la voluntad de calar hondo en el lector joven universitario. El libro incluye una clase práctica acerca de la dirección de cine (muy útil), una defensa argumentada de los principios del montaje de Eisenstein y las enseñanzas de Stanislavsky, maestro del teatro, cuya premisa era “sacar a la luz en escena la vida del alma humana”.

Este cínico sincero que es Mamet parece tener dos cosas claras: el privilegio que supone dedicarse a aquello que a uno más le gusta y la convicción de que el público es la causa primera y última del cine, del teatro y de los libros. Gracias al oficio de Mamet, un amante del cine puede disfrutar en cada capítulo de Una profesión de putas con entusiasmo parejo al de un chaval de 13 años en un buen parque de atracciones.

Paloma Romera de Landa

MAMET, David (2000). Una profesión de putas. Barcelona. Debate.