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Los héroes ya no son lo que eran

EL cine considerado como industria se dedica, fundamentalmente, a lograr el entretenimiento y el espectáculo. Es, por tanto, un cauce óptimo para una transmisión sutil y muy eficaz de ideas y valores. Las películas son el resultado de la categoría profesional y de la calidad moral de las personas que trabajen en su confección: ambas cosas son importantes.
“No digo que los mensajes de los medios causen el comportamiento destructivo, pero sostengo que lo fomentan. Nunca he pretendido afirmar que Hollywood sea el único responsable de los problemas sociales de los Estados Unidos, pero creo que la industria del espectáculo los exacerba”.
La contundente cita anterior corresponde al norteamericano Michael Medved, experimentado crítico de cine, que hace varios años escribió un polémico libro en el que analizaba exhaustivamente el tratamiento que Hollywood da a temas como la religión, la familia o la violencia. Su estudio le lleva a afirmar que la industria cinematográfica difunde unos mensajes opuestos a los valores que el público más aprecia.
Como todo producto cultural, el cine refleja la sociedad en la que nace. Pero no es menos cierto que, muchas veces, influye en esa misma sociedad y contribuye a modificarla. De ahí su gran importancia.
Las películas invitan con facilidad a la emulación, al proponer determinados modelos de conducta. Muchas de ellas -que ahora calificamos de “antiguas”- nos han presentado personajes que mostraban actitudes intachables, frente a otros que manifestaban comportamientos indeseables. Es el clásico esquema héroes-villanos, que provoca en el espectador reacciones de solidaridad o de rechazo. ¿Quién no ha aplaudido en su infancia cuando llegaban los “buenos” y los “malos” eran vencidos?
Sin embargo, una parte de los actuales productores, guionistas y directores utilizan a los héroes de sus imaginadas aventuras como portadores de las ideas que pretenden imponer o inducir. Pero estos héroes actuales ya no son lo que eran, porque hay aspectos en los que no se les deja ser buenos. Esto resulta especialmente notorio en el campo afectivo; por ejemplo, su concepto de justicia no incluirá casi nunca la fidelidad amorosa. Razonarán con envidiable rapidez en casi todo, pero en este terreno sólo sabrán pensar con el deseo. Es fácil que, en la mente del espectador, quede la idea subyacente de que la lealtad no tiene por qué incluir las relaciones sexuales ni las amorosas.

Cyrano de Bergerac, un modelo de héroe

Tengo que reconocer mi predilección por ese personaje de ficción llamado Cyrano de Bergerac, que tan magníficamente recreó Jean Paul Rappeneau en un film sobresaliente de 1989. De ahí que valore especialmente la contestación que me dió un chico adolescente cuando le pregunté si le había gustado la citada película: “Mucho -me dijo-, porque trata del sacrificio de un hombre por ver feliz a la mujer que ama”.
Respetando otras opiniones, pienso que la sociedad actual está necesitada de héroes ejemplares -aunque no existan muchos en la realidad- porque estimulan lo mejor de las personas; héroes que encarnen todo aquello que no somos, pero que desearíamos alcanzar; héroes como el que hizo exclamar a un amigo mío: “Viendo esta película, a uno le dan ganas de ser bueno”.
J.J. de Cózar

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