· Un primer aspecto que refleja el guión de Amadeus es su precocidad musical, que a los tres años se manifiesta en un talento innato para los instrumentos, y que su padre explota en giras de conciertos por toda Europa.

Parte I: Orígenes de la leyenda

Todo empezó una tarde londinense de 1979. El agente de Milos Forman le había invitado al teatro esa noche para ver “una obra impresionante que te asombrará”. Forman no sabe nada, y no tiene, además, muchas ganas de ir al teatro. Sólo cuando están en el interior del taxi se entera de que el argumento se centra en la pugna entre Mozart y Salieri. “¡Oh, no! ¡Un espectáculo musical!”, pensó. “Y por no saltar del coche en marcha, me preparé para lo peor”.

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Una vez en el teatro, Forman es inmediatamente cautivado por la fuerza de la representación. Y ante el asombro de su agente, al caer el telón se precipita a los bastidores para encontrar al autor de Amadeus, de quien no conoce ni el nombre. Ese mismo día, Forman propone a Peter LShaffer que reescriba su obra teatral para el cine. Una obra que reflejaba diversos aspectos de la leyenda mozartiana. El principal de ellos, su increíble genialidad para la música.

La genialidad de Mozart

Un primer aspecto que refleja el guión de Amadeus es su precocidad musical, que a los tres años se manifiesta en un talento innato para los instrumentos, y que su padre explota en giras de conciertos por toda Europa. Con cuatro años interpreta piezas de memoria y “a ciegas” (al piano con los ojos tapados, como se ve al principio de la película); y a los cinco, compone su primera obra.

Con todo, tal vez lo más sobresaliente de Mozart fue su innato sentido de la melodía. Componía directamente, sin ensayos previos, mientras que Beethoven, por ejemplo, debía repasar infinitas veces sus escritos. En la última parte de Amadeus, se recoge una escena paradigmática de cuanto decimos: Mozart es sorprendido por Schikaneder mientras compone el Requiem en lugar de La flauta mágica. El empresario teatral estalla en un arranque de ira y le increpa: “Mozart, ¿dónde está mi música?”. «Aquí, la tengo aquí -contesta él señalando a su cabeza-. Todo lo demás es garabatear, garabatear, garabatear…”. Y es que Wolfgang componía siempre en la cabeza y retenía en su imaginación composiciones enteras que no pasaba al papel hasta que las concluía. Muchas veces parecía estar ausente durante los viajes; pero al llegar a la posada, por la noche, se sentaba sobre el papel y escribía páginas y páginas. ‘Garabateaba’, simplemente, lo que tenía en su cabeza.

En la película, un Salieri comido por la envidia se queja de que “Dios inspiró a Mozart” en vez de escogerle a él. Porque, cuando Constanze le lleva las partituras de su marido, ve que Mozart escribía sin tachones, sin enmiendas, como si fuera al dictado divino: “¡Primeros y únicos borradores de su música!”, exclama sobresaltado. Y, sin embargo, parecían copias en limpio. Era extraño… Mozart estaba simplemente transcribiendo música totalmente compuesta en su cabeza.

La memoria musical de Mozart era también excepcional. Tanto, que algunas anécdotas al respecto forman parte de su leyenda y su misterio. Se cuenta de él, por ejemplo, que con sólo dieciséis años asistió a una Misa cantada en una iglesia de Roma, y que esa música le encantó. Al terminar pidió las partituras, pero le contestaron que esa Misa sólo debía interpretarse en esa iglesia y que por eso no las facilitaban. Terriblemente disgustado, regresó a su casa, escribió de corrido -con sólo escucharla una vez- la partitura de todos los instrumentos y la envió al prior con aire de revancha. Este pasaje, con ciertos retoques de traslación, daría origen a una de las escenas más deliciosas del filme: el momento en que Mozart recuerda al piano -y aún mejora, con sólo escucharla una vez- la marcha de bienvenida que ha compuesto Salieri en su honor.

¿Muerte o envenenamiento?

Saltando por encima de otros capítulos -su inoportuna risita, su temperamento infantil, etc.-, la película de Milos Forman dedica una parte importante de su metraje a la leyenda sobre la muerte de Mozart.

Aún hoy, doscientos años después de su fallecimiento, todavía nadie ha podido establecer un diagnóstico definitivo de su enfermedad. Lo único contrastado es que el genial compositor murió presa de innumerables dolores, y rodeado de un halo de misterio. Esa incertidumbre dio pie a diversas leyendas; entre ellas la de que Mozart murió envenenado -hipótesis que aún hoy mantienen algunos- y a manos de sus enemigos. El rumor nace simultáneamente con su muerte: en la Nochevieja de 1791 un periódico de Berlín publicaba que “Mozart ha muerto (…). Como el cuerpo se hinchó tras la muerte, hubo incluso quien pensó que lo habían envenenado”.

En realidad, esta leyenda se había fraguado antes en la mente del compositor. Wolfgang, consciente de la rareza de su enfermedad, terminó por creer que sus enemigos le habían emponzoñado el agua, suministrándole un veneno de acción retardada. La hipótesis del envenenamiento se generaliza en torno al 1800, a los nueve años de la muerte del compositor. Pasa el tiempo y la conjetura cae en el olvido. Sin embargo, un terrible suceso acontecido veintitrés años después va a relanzar la leyenda hasta nuestros días. En noviembre de 1823, un compositor de segunda fila, Antonio Salieri, intentaba suicidarse en el Hospital General de Alservorstadt, en Viena, mientras gritaba a sus servidores que él había envenenado a Mozart.

Salieri había “confesado” su homicidio en medio de un ataque de locura. Cuando quiso retractarse, pocas semanas más tarde, toda Viena comentaba ya el suceso y lo creía a pies juntillas. Para los vieneses resultaba reconfortante poder descargar sobre un extranjero venido a menos toda la culpa del triste final de Mozart. Por otra parte, la “confesión” de Salieri hizo que todos los cortesanos empezaran a recordar la proverbial enemistad de Salieri hacia el músico de Salzburgo. De esa enemistad es de donde arranca todo el conflicto dramático planteado en el filme de Milos Forman.

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