Con la muerte en los talones (1959) // Alfred Hitchcock (parte II)

0
1416

· La película había sido concebida como un vehículo idóneo para la mayor gloria de James Stewart.

Parte II: Acuerdos con la Metro y con los actores

Con su habitual maestría para enfrentarse a los grandes es­tudios, Hitchcock convocó una reunión con los directivos de­ la M.G.M., que estaban bastante ansiosos por saber có­mo i­ba la adaptación de The wreck of the Mary Deana. Ha­bían pa­gado una fuerte suma por la novela y todavía no habían vis­to una sola hoja del guión. Sin inmutarse, el director les in­formó que podían olvidarse del texto de Ha­mmond Ines y­ les contó la historia hasta donde él y Leh­man habían llegado en su primera escritura. Todavía per­plejos, los directi­vos preguntaron que cómo seguía la his­toria; pero éste -se­gún recuerda Spoto en su libro- miró el reloj de pulsera y­ dijo: “Lo siento, caballeros, ahora de­bo ir­me; pero ya ve­rán la continuación en el pase privado de la película…”.

A los pocos días de este encuentro, Ernest Lehman su­bía al Expreso Siglo XX (donde tiene lugar una de las secuencias clave del filme) e iniciaba un largo periplo para do­cumentarse sobre los distintos escenarios que la trama re­quería: Estación Central de Nueva York, edificio de las Na­ciones Unidas, Monte Rushmore, etc. Mientras tanto, Hitchcock negocia con la Metro uno de los mejores contratos de su­ vida. Amparándose en el éxito de El hombre que sabía de­masiado (1956), y a pesar de la discreta taqui­lla que esta­ba obteniendo Vértigo (1958), consigue a­rran­car de la M.G.M. la elevada cifra de 250.000 dólares por di­rigir ese fil­me: y esto, a pesar de los meses derrochados en el guionista y en la compra de una novela que él había a­con­sejado. El pago se realizaría a lo largo de cuatro años pa­ra evitar la pre­sión del fisco, además de un porcentaje adi­cional del 10%­­­ sobre los ingresos brutos (algo que, a la pos­tre, supondría unos altísimos beneficios).

Diseñando al protagonista

A estas alturas, Hitch tie­­ne claro que Cary Grant es el actor perfecto para el pro­tagonista, aunque ha seguido manteniendo un trato cor­dial con James Stewart. Como hemos visto, la película ha­bía sido concebida como un vehículo idóneo para la ma­yor glo­ria de este actor, también habitual en esa época de Hitch­cock; pero, cuando el guión empieza a perfilarse co­mo un­ thriller de espionaje, el director británico decide que Stewart iba a resultar demasiado “formal” y dramáti­co para e­se personaje. No encaja en esa mezcla de héroe y sin­vergüenza que caracteriza al personaje de Roger Thornill, protagonista del filme; y, siguiendo las orientaciones de Hitch, la­ Metro busca llegar a un acuerdo con Grant. És­te, haciendo caso omiso de las fuertes sumas pedidas por el direc­tor, se descuelga solicitando 450.000 dólares, más una bo­nificación de 5.000 dólares por cada día que su­pere a las sie­te semanas de rodaje estipuladas. Esto supuso un duro gol­pe para el ego del director, que veía impo­ten­te cómo por pri­mera vez un actor contratado doblaba su sueldo sin que el­ estudio pestañease siquiera.

El resto de los personajes

Por otro lado, la M.G.M. ha­bía previsto a Cyd Charisse para el papel femenino pro­ta­gonista; pero Hitchcock se empeñó denodadamente en que fue­ra Eva Marie Saint. Los directivos del estudio no la veían como actriz idónea para encarnar a Eva Kendall: des­confiaban de su escasa experiencia y del encorsetado re­gistro­ de muchacha ingenua y bondadosa que había encarnado an­teriormente; nada que ver con las motivaciones arri­bistas y­ la trama de espionaje que vemos en la cinta. Sin­ embargo, la­ tenacidad de Hitchcock y el Oscar a la me­jor actriz secundaria por La ley del silencio (1954), abrie­ron camino a es­ta gran actriz, que acababa de alcanzar otro gran éxito con Un sombrero lleno de lluvia (1957), de Fred Zinnemann. Recreándose en este triunfo, Hitch se encar­gó personalmente de diseñar su apariencia exter­na y supervisar ca­da detalle de su interpretación: “Actué -recuerda en la en­trevista con Truffaut– exactamente co­mo un hombre­ rico man­teniendo a su mujer. Supervisé la elección de su­ vestuario en todos los detalles (…) exactamente del mis­mo mo­do que hizo James Stewart con Kim No­vac en Vértigo”.

Completaron el reparto: James Mason como el atormentado Phillip Vandamm, un villano muy sugestivo e im­pac­tante; Leo G. Carroll como “el profesor” del Servicio de In­teligencia (inspirado en el personaje del Dr. Murchison, de­ Recuerda) y Jessy Royce Landis, en el divertido pa­pel de­ la madre de Grant. Lo curioso de esta última elección es­ que esta actriz era un año más joven que “su hi­jo” en el­ fil­me: en ese momento, Grant tenía 54 años y ella 53.

Con la muerte en los talones (1959) // Alfred Hitchcock (parte I)

Con la muerte en los talones (1959) // Alfred Hitchcock (parte III)