El maquinista de la General (1926) // Buster Keaton (parte V)

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· Keaton era su propio montador, y solía trabajar sin ningún tipo de moviola, mirando el material al trasluz.

Parte V: Estreno de la película

En los primeros días de agosto de 1926 terminó oficialmente el rodaje. Sin embargo, al repasar el material filmado resultó evidente la necesidad de rodar algunos planos adicionales, y Keaton tuvo que regresar a Cottage Grove unos pocos días durante el mes de septiembre para realizar nuevas tomas.

Ya en el mes de octubre comenzó el montaje en un pequeño cuarto de su propia casa, acondicionado para tal fin. Keaton era su propio montador, y solía trabajar sin ningún tipo de moviola, mirando el material al trasluz. El maquinista de la General tuvo un pase previo en Los Ángeles, en diciembre de ese año, que sirvió para hacer unos retoques, pero su estreno oficial fue en el Capitol Theatre de Nueva York el 5 de febrero de 1927. Entre una y otra fecha Keaton suprimió una escena con el actor Snitz Edwards, que había trabajado para él en películas anteriores.

Al público le gustó, sobre todo por la sencilla emotividad de sus escenas. A diferencia de Chaplin o Harold Lloyd, Buster Keaton es lo menos sentimental posible. Varias de sus películas pudieron haber despertado secuencias en las que el protagonista se sentara solo y triste, se volviera una víctima; sin embargo Keaton evita siempre estos momentos, los hace muy breves o bien les da un toque humorístico. En este filme, por ejemplo, hay un momento que se prestaba a la nostalgia: aquel en que la protagonista desprecia a Keaton por no alistarse en el ejército; podíamos haberle visto cabizbajo, merodeando por la casa o por su locomotora, pero resuelve la escena con un golpe de humor: la máquina se lo lleva a lomos de su biela.

No bastó, sin embargo, la buena acogida del público. La crítica fue muy dura con el filme -tal vez por simpatizar con la causa confederada- y los exhibidores cancelaron muy pronto sus contratos. El historiador Tom Dardis señala que de los once periódicos importantes de la zona, ocho fueron completamente hostiles al filme, dos lo recibieron con una cautela más o menos favorable y sólo uno lo reconoció como la obra de un genio. Como consecuencia, El maquinista sólo recuperó el alto costo de los negativos con su explotación en otros países, pero nunca dio ganancia alguna y fue considerada un desastre económico por su distribuidora, United Artists. Desde entonces, y aunque tuvo cierto control sobre sus próximas películas, Buster Keaton no volvió a figurar como director de ninguna de ellas.

Muerte y resurrección de un genio

A partir de ahí empieza su cuesta abajo. La relación con Joseph M. Schenck, su productor y concuñado, se enfría notablemente y los presupuestos de las siguientes películas se recortan sin contemplaciones. Después de doce años de fructífera colaboración llega la ruptura y Keaton toma una decisión equivocada: vuelve a la M.G.M., donde todavía realizará algunas cintas espléndidas, pero allí el todopoderoso Irving Thalberg recorta su libertad creadora y acaba por rescindir su contrato en 1932. Empieza entonces un calvario, agravado por el abandono de su mujer y la caída en el alcohol, que le lleva a mendigar pequeños papeles en los que malgasta su talento. Incluso tiene que malvender los derechos sobre sus filmes para poder pagar las deudas de su divorcio. Así hasta que un buen día es milagrosamente redescubierto.

Fue paradójicamente El maquinista de la General, la película que le hundió en la más absoluta miseria, la que en 1954 le devuelva el favor del público y le reconcilie definitivamente con la crítica. Al acudir a una proyección de este filme en un cine-club de Hollywood, Keaton conoce al coleccionista Raymond Rohauer, quien se ha entusiasmado tanto con la cinta que se compromete a recuperar, restaurar y difundir la mayor parte de su obra. Rehabilitado en 1957 en Estados Unidos, obtiene un Oscar honorífico de la Academia en 1959, y es requerido en Europa a principios de los sesenta para reponer sus películas ante un nuevo público. Allí una serie de ciclos en diversos países le restituye la fama perdida. También entonces es esta cinta la que le abre el camino, pues es la que él escogió como apertura para todas sus reposiciones.

Sí, era ésta su mejor película, la más querida y la peor juzgada, aquella en que había plasmado todo su talento y su sentido del arte cinematográfico. Por eso, para promocionar el reestreno de esta cinta en Berlín, Keaton logró que le permitieran llegar a la ciudad conduciendo personalmente una locomotora. Según cuenta un testigo de la época los alemanes estaban aterrorizados, pero él la condujo como si lo hubiera hecho durante toda la vida.

Poco le duró ese momento de gloria, porque Buster Keaton falleció a los pocos años, en 1966. Allá arriba estará, entre las nubes, piensan algunos; probablemente conduciendo feliz una locomotora, con la misma inocencia y el mismo valor que el protagonista de esta película inmortal.

El maquinista de la General (1926) // Buster Keaton (parte I)

El maquinista de la General (1926) // Buster Keaton (parte II)

El maquinista de la General (1926) // Buster Keaton (parte III)

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