En busca del arca perdida (1981) // Steven Spielberg

· En busca del arca perdida | A pesar de las coincidencias, los dos cineastas pensaban que en un nue­vo contexto (los nazis y su búsqueda del Arca) el personaje de India­na Jones podría aportar algo al casi olvidado cine de aventuras.

En busca del arca perdida, de Steven Spielberg | Parte I: Origen de la idea y escritura del guion

Mayo de 1977. Después de un año agotador, George Lucas y Steven Spielberg pasan unos días de descanso en Hawai. Los dos amigos acaban de concluir sendos rodajes, a cual más largo y complicado: Lucas el de La guerra de las galaxias, y Spielberg el de Encuentros en la tercera fase. Ambos han terminado exhaustos y necesitan con urgencia un período de relajación antes de acometer el montaje y lanzamiento de esas películas.

En una conversación en la playa, mientras construyen un castillo de arena, Spielberg comenta a su amigo que le gustaría hacer una película al estilo de James Bond, con acción desbordante, un toque de misterio y un poco de humor. Quería hacer algo en la onda de aquellas producciones que veían de niños en las sesiones matinales de los sábados: con buenos y malos claramente definidos y sin otra pretensión que la de entretener a un público ya bastante saturado de películas «con mensaje».

Lucas recordó entonces su ansiado proyecto de rodar una película de Flash Gordon, con un héroe aventurero y dinámico que tiene una doble vida; y dándole vueltas a ese concepto enlazó con una idea que manejaba ya desde 1971: el protagonista podría ser un arqueólogo, profesor universitario, con una segunda vida como buscador de antigüedades. La idea les fascinó durante aquella mañana y buena parte de su estancia en Ha­wai. De modo que a su regreso, aún con sus películas sin estrenar, sus cabezas empezaron a trabajar sin descanso en este nuevo proyecto.

Fuentes de inspiración

Pasaron varias semanas hasta que la idea inicial empezó a cobrar forma. Para inspirarse en el personaje y desarrollar la historia, Lucas se encerró durante cinco días con el guionista Philip Kaufman y con una montaña de cintas de vídeo. En aquellas maratonianas sesiones vieron casi todas las películas de aventuras que habían saboreado en su infancia. También visionaron algunas series televisivas de los años cuarenta y cincuenta, como Spy Smasher, Mashed Marvel, Perils of Nyoka o Secret service in the darkest Africa. Todos estos seriales hacían hincapié en la doble vida de un hombre aparentemente ordinario que en realidad estaba casado con la aventura, ya fuera un tesoro por descubrir o los planes de los nazis para hacerse con el poder en todo el mundo.

Pero la cinta más decisiva de las que vieron habría de ser Las minas del Rey Salomón (1950), cuya última parte se desarrolla entre sarcófagos y laberintos llenos de trampas, obstáculos mortíferos que una tribu africana ha colocado con esmero para evitar que los saqueadores de tumbas profanen lugares sagrados con tesoros milenarios. Con ese toque exótico, de aventura arqueológica, con ritmo de James Bond, choque de culturas y maldiciones tribales, Lucas y Kaufman escribieron la primera sinopsis del argumento, que tenía tan solo ocho páginas.

En los siguientes seis meses, Lucas iniciaba la preproducción de El imperio contraataca y Spielberg se metía de lleno en el rodaje de 1941. Kaufman -que en un principio iba a ser el director y guionista de la película- desarrolló el primer borrador del guion. Su principal aportación a la historia fue la idea de buscar el Arca de la Alianza, lo que añadió interés dramático a la búsqueda arqueológica y un toque trascendente a la resolución de la trama. No era un añadido caprichoso: está comprobado que los nazis realizaron una intensa búsqueda del Arca en los años treinta, pues Hitler, que tenía predilección por lo esotérico y el simbolismo religioso, se encaprichó con éste y con otros objetos de culto, lo mismo que de estatuillas paganas y prehistóricas.

Cuando Kaufman entregó su borrador, Lucas vio que la historia había perdido fuerza en esas páginas y comprendió que haría falta una mano más diestra que la suya para escribir el guion definitivo y liquidó las cuentas con Philip, aunque éste mantuvo su crédito como coautor de la historia.

Lucas, que había asumido el papel de productor desde el primer instante, recurrió a Lawrence Kasdan, guionista muy ducho en películas de aventuras que había escrito para él, al hilo de sus detalladas indicaciones, el guión completo de El imperio contraataca, y se encontraba libre en ese momento. Kasdan se tomó otros seis meses para completar una nueva versión de la trama, que se extendía ahora a lo largo de un centenar de folios y era ya bastante cercana a la historia que conocemos. Con ese guión en la mano, Lucas pidió a su amigo Spielberg que dirigiera la pe­lícula. No le apetecía mucho al Rey Midas de Hollywood, pero el reciente fracaso de su cinta 1941 (1979) le hizo recapacitar y aceptar la oferta.

Revisión de la historia

Nuevamente juntos en el proyecto, los dos cineastas revisaron el guión de Kasdan escena a escena, y llegaron a desarrollar hasta cinco versiones posteriores con la ayuda del guionista. En el texto definitivo se aprecian algunos toques característicos de Lucas. Así, en la secuencia del pozo de las almas se pueden ver en la pared dos jeroglíficos claramente reconocibles: C3PO y R2D2, los dos androides de La guerra de las galaxias. Casi al principio, en la escena en que Indy es perseguido por los indígenas, él se escapa en un hidroavión que tiene las siglas «OB-3PO» (en clara referencia a Obi Wan y C3-PO). Y cuando el protagonista se reúne en El Cairo con Bellock, éste asume que es «el reflejo oscuro de Indy«, otro guiño a su saga galáctica.

Como ya sucediera en su anterior producción, también aquí los nombres de los personajes están sacados de la vida real de sus creadores. In­diana, por ejemplo, era el nombre del perro de George Lucas, y Marion el de la gata de Spielberg.

A medida que las versiones se sucedían, algunos personajes fueron evolucionando, principalmente el protagonista. Al principio Lucas imaginó a Indy como un ricachón de Manhattan que busca tesoros arqueológicos no por dinero ni fama, sino por pura pasión filantrópica. El personaje no era una creación enteramente original, pues existía ya un claro precedente en la cinta El secreto de los incas, dirigida por Jerry Hopper en 1954. En ella se recrea la leyenda del oro de los incas; los protagonistas, Harry Steele (Charlton Heston) y su compañera, deben encontrar el tesoro sagrado de oro y piedras preciosas que fue escondido en la tumba de Manco Inca después de la destrucción del imperio, y por ello parten con el fragmento de un mapa de piedra que los llevará a la cumbre del Machu Pichu.

A pesar de las coincidencias, los dos cineastas pensaban que en un nue­vo contexto (los nazis y su búsqueda del Arca) el personaje de India­na Jones podría aportar algo al casi olvidado cine de aventuras. También en el nombre del personaje hubo sus disputas. En principio George pensó que se llamaría Indiana Smith, pero Spielberg se negó y propuso que se apellidara Jones. Lucas cedió, porque no le iba en ello la vida. Lo que sí tenía claro, como evidencian algunas notas suyas de aquel entonces, era que la historia debía ser una trilogía completa, al igual que proyectaba hacer en la futura continuación de La guerra de las galaxias.