La diligencia (1939) // John Ford

· Además de construir una historia sólida y bien trenzada, el guion que resultó para La diligencia planteaba también el interesante tema de los prejuicios sociales y las dife­ren­cias de clase.

Parte II: El descubrimiento de John Wayne y de Monumental Valley

En mayo de 1937, John Ford cerró el trato con Ernest Haycox y adquirió los derechos de su relato Stage to Lordsburg por tan solo 7.500 dólares: una cantidad ridícula para la época. Se dis­puso entonces a adaptarla con ayuda de su guionista habitual, Dudley Nichols, quien ya había escrito para Ford el guión de El delator (1935), ganador del Oscar de la Academia.

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Temas de gran calado

Además de construir una historia sólida y bien trenzada, el guion que resultó planteaba también el interesante tema de los prejuicios sociales y las dife­ren­cias de clase. Desde el principio, el reducido compartimento de la diligencia obliga a viajar juntos a dos tipos de personajes: los marginados por la sociedad (Ringo, Dallas, Doc) y los de la cla­se alta: Lucy, Hatfield y Gatewood. Los primeros han sido expulsados de la ciudad por las «clases respetables»; y, quizás por eso mismo, entre ellos surge pronto la solidaridad, la amistad, el amor. En los otros advertimos siempre ese aire frío de distan­cia, de aislamiento, de indiferencia.

Antes de que parta la diligencia, vemos cómo Dallas es acompañada (más bien, escoltada) por las Damas de la Ley para que aban­done la ciudad; a la vez, vemos cómo Doc es arrojado a la ca­lle por su casera. Dallas se arroja, confiada, en los brazos de Doc, como implorando qué van a hacer; y el doctor, tras mirar a todos los que le rodean, exclama: «Somos víctimas de una enfermedad mortal; y esa enfermedad se llama prejuicios sociales». Tras lo cual, coge del brazo a Dallas con aire solemne e inicia una gallarda despedida, que deja bien alta su maltratada digni­dad. A la postre, serán esos marginados los que salven la situación: gracias a Doc, Lucy puede dar a luz felizmente; gracias a Da­llas, que vela su sueño, podrán descansar los demás; y gracias a Ringo, podrán verse libres de los indios y de los tres hermanos ase­sinos.

Con todos los retoques que ambos hicieron en el guión, La di­ligencia acabó siendo -dentro de su simplicidad- un argumen­to perfectamente escrito que reflejaba nueve historias atenaza­das en un arriesgado viaje a Lordsburg. Por eso ha sido ca­lificado como «el primer western psicológico» de la historia del cine, al que seguirían después otros tan acabados como Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance. Hoy en día la vemos así, como una película ciertamente redonda, que elevó el western a la categoría de «género cinematográfico de calidad».

Casting, rodaje, localizaciones

A finales de 1937, con el guion bastante avanzado, John Ford invitó a un viejo ami­go suyo a pasar un fin de semana en su yate. Ese amigo se lla­maba John Wayne, y era un mediocre actor que había tenido su oportunidad en 1930, cuando Rasoul Wash le ofreció el pa­pel principal de La gran jornada. Ese ambicioso western demostró las escasas habilidades de Wayne, que aparece inseguro y tor­pe en muchas de las escenas. Ford, sin embargo, le había per­mitido trabajar en el equipo técnico de sus películas, como en­cargado de utillaje o asistente de producción.

Durante el fin de semana en el yate, el director le pasó una co­pia del cuento de Haycox y una versión retocada del guion ci­nematográfico. Pasadas unas horas, le preguntó a John Way­ne quién pensaba que podría encarnar al protagonista, y el ac­tor le contestó que solo Lloyd Nolan podría hacerlo. «¿Por qué eres tan estúpido?», le increpó entonces Ford. «¿No te das cuen­ta de que te quiero a ti en ese lugar?». Y así fue cómo Way­ne, de la noche a la mañana, se hizo con ese papel que le saca­ría de su mediocre carrera.

No obstante, ese salto a la fama como actor supuso para él una experiencia muy dura. John Ford -un director arisco, tremendamente exigente con los actores- le increpó durante todo el rodaje, corrigiendo sin piedad su interpretación en todas y ca­da una de las escenas. La indicación más amable que escuchó en esos días fue: «¡Interpreta con los ojos, y no con todo el cuer­po, moviéndote estúpidamente!». Y, como no terminaba de apren­der, le acribillaba sin piedad al terminar cada toma, ridicu­li­zando una y otra vez su manera de hablar o su forma de cami­nar ante la cámara. Sin embargo, esto era también una treta que Ford había ingeniado para unir a todo el casting y el equi­po técnico a favor de Wayne. Para prevenir la posible envidia de todos ellos -artistas experimentados- hacia un actor primeri­zo en el papel protagonista, decidió hacerle blanco de sus burlas; así todos procuraban apoyarle y ayudarle. Esta táctica la em­plearía Ford muchas más veces en adelante, en rodajes que se presentaban inicialmente complicados, como éste.

La diligencia supuso también el descubrimiento de Monument Valley como una localización espléndida para el wes­tern. El propio Ford utilizaría ese paisaje para muchas de sus películas: Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), Cen­tauros del desierto (1956), etc.; y en muchas de sus entrevis­tas recordaría emocionado el «momento sublime en que descubrí ese em­plazamiento mágico». A pesar de ello, Wayne insistió siem­pre en que fue él quien descubrió accidentalmente ese lu­gar, con­duciendo precisamente a Ford a una localización casi inaccesible de la baja California, que había pensado inicialmen­te.

La diligencia (1939) // John Ford (parte I)

La diligencia (1939) // John Ford (parte III)