La diligencia (1939) // John Ford

· Ford empezó filmando el que su­puestamente era el momento cumbre del filme: el ataque a la diligencia. Se trataba de una secuencia larga y muy pensada, que ha sido después muchas veces imitada.

Parte III: Filmación y premios de la Academia

Rodada en poco tiempo y por la reducida cantidad de 220.000 dólares (ocho mil menos de los inicialmente previstos), la película se ciñó escrupulosamente al guión escrito por Nichols, quien estuvo también presente durante todo el ro­daje por si era necesario retocar algún diálogo o mejorar al­guna de sus famosas réplicas. En una de las escenas, por ejem­plo, un airado Hatfield recrimina al doctor que «un caba­lle­ro no fuma ante una dama»; a lo que éste contesta calma­do: «Hace unos días le extraje una bala a un hombre que ha­­bía sido herido por un caballero… La bala la tenía en la es­palda».

Planificando el rodaje

Ford empezó filmando el que su­puestamente era el momento cumbre del filme: el ataque a la diligencia. Se trataba de una secuencia larga y muy pensada, que ha sido después muchas veces imitada. La persecu­ción fue rodada durante dos días enteros, con un ahorrativo sistema por parte del director: fue capaz de romper alguna con­vención, como el habitual respeto al «eje de acción», para fil­mar hasta última hora del día, cuando el sol ha­bía inverti­do su trayectoria y proyectaba sombras en sentido con­trario.

Hábilmente rodó al otro lado del eje que nunca se debe tras­pasar para conseguir la continuidad de luz y de sombras, y así obtener varias horas extras de rodaje en el mismo día. En todas esas escenas contó con la colaboración de Yakuma Ca­nutt, especialista en caídas desde el caballo, que hizo las ve­ces de casi todos los actores que vemos caerse de la silla; en realidad, los indios que vemos morir en la pantalla -y el que dobla a Wayne en su intento de coger las riendas de la di­ligencia- son invariablemente la misma persona: Canutt.

Para la filmación, Ford usó varias «paradas de carruajes» del siglo XIX que buscó concienzudamente por toda la zona, y contrató a casi trescientos indios navajos de una reserva cer­cana para que hicieran de apaches por unos días. Solamente Many Mules, que interpretó a Gerónimo, era en verdad de origen apache: vivía en un remoto rincón de aquel pa­raje desértico, y allí fue a buscarlo el director, para ese bre­ve papel. Para las escenas de exteriores, Ford consiguió un ca­rruaje original de la compañía Concorde, que realizaba el trans­porte de pasajeros hacia el Oeste entre 1876-1889; una ré­plica exacta, construida en estudio, sirvió para rodar las con­versaciones en el interior del vehículo.

La última escena que se rodó fue la persecución de la dili­gen­cia por parte de los apaches, filmada en Muroc Dry Lake. Las caídas de los caballos fue lo más difícil de conseguir; y co­mo la pericia de los stunts (jinetes expertos en doblajes) no bastaba para conseguir la necesaria credibilidad, Ford decidió tender unos cables en el set para que los animales tropezasen y cayesen realmente. Las dañinas consecuencias de es­ta táctica, que era empleada en otros filmes del Oeste, le lle­vó a la decisión de no volver a utilizarla nunca más.

Los negativos perdidos y recuperados

La cinta ha­bía obtenido 7 nominaciones a los Premios de la Academia, in­cluidos los de mejor película, mejor director, mejor fotogra­fía en blanco y negro, y mejor montaje. Pero ése era el año de Lo que el viento se llevó, y La diligencia hubo de contentarse con tan solo dos galardones. Thomas Mitchell, en el di­vertido papel del Doctor Boone (médico redimido del alcohol: un personaje que Ford retomaría en otras películas), obtuvo el Oscar al mejor actor secundario; y un equipo de 4 com­positores, el de mejor banda sonora. No deja de ser irónico que Mitchell, padre de Scarlett O’Hara en el mítico filme de la Guerra de Secesión, ganara aquí para Ford -en otra cin­ta de época- la gloria y el reconocimiento que le negó su más fa­mosa interpretación.

Otra ironía fue que, a pesar de su tremenda popularidad, los negativos originales de esta película se perdieron muy pron­to. Y solo a partir de 1970, cuando Wayne se desprendió de su propia copia original, pudo volver a relanzarse en los ci­nes y, años después, en el mercado del vídeo. Toda una suer­te; porque el remake que se hizo en 1966 (Hacia los grandes horizontes, de Gordon Douglas) no era ni un pálido refle­jo de la cinta de Ford: se perdía la caracterización psicológica de personajes, la exposición de conflictos dentro del grupo, la atención a los detalles y las miradas, y la perfecta filmación de la galopada de los indios. Aún más digno de olvido es un segundo remake realizado directamente para la televisión en 1986; estuvo dirigido por Ted Post e interpretado por tres cantantes-actores casi desconocidos: Willie Nelson, Kris Kristofferson y Johnny Cash. Nada que aportar a la cinta original.

Ciertamente, fue una gran suerte que la película de Ford re­sucitara de su olvido en 1970. Porque, tratándose de una obra inmortal, La diligencia no podía morir nunca: seguirá atravesando los desiertos e inhóspitos parajes de Monumental Va­lley por toda la eternidad.

La diligencia (1939) // John Ford (parte I)

La diligencia (1939) // John Ford (parte II)