· Tras doce documentales para el Ejército americano (la fa­mosa serie Why we fight), Frank Capra estaba loco por vol­ver a rodar una historia dramática.

Parte I: Orígenes del guión

En los últimos años de su vida, Capra no se cansó de re­petir que ¡Qué bello es vivir! era su mejor película. En con­sonancia con su director, James Stewart, señalaba también que su interpretación del bondadoso e idealista George Bailey había sido la mejor de toda su carrera. Y, en fin, la entusiasta acogida del público, que contribuyó a convertirla en un clásico y en una “cult movie” de los años setenta, fue -y sigue siendo- un fenómeno popular sin precedentes. Sin embargo, esta popularidad le fue ne­gada en los días de su estreno, y llegó a ser un fiasco eco­nómico para la productora. No eran tiempos para un exa­cerbado idealismo.

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Un regalo llovido del Cielo

Toda la historia de ¡Qué bello es vivir! comenzó en 1938, cuando el escritor Philip van Doren Stern concibió el argumento de un sen­cillo relato que después tituló The Greatest Gift (El regalo más grande). La génesis de aquel cuentecillo fue narrada por su autor pocos días después de la premiére mun­dial de la película, en un artículo que publicó el Herald Tribune neoyorquino en diciembre de 1946:

“Todo esto comenzó cerca de ocho años atrás; el 12 de fe­­brero de 1938, para ser exacto. Aquella mañana tuve una idea para una narración mientras me afeitaba. La idea me vino completa, de principio a fin (…). Después de terminar el afeitado, me senté y mecanografié un esbozo, de dos páginas, al que puse fecha. Sin embargo, no hice nada en cuanto a escribir la historia durante más de un año”.

En efecto, Van Doren escribió su primera versión del re­lato en 1939, pero no le gustó nada y la arrinconó. Redactó una segunda versión meses más tarde, pero seguía pareciéndole pésima, a pesar de que muchos le animaban a que la publicase. En la primavera de 1943 la reescribió de forma definitiva, escenificándola en Navidad y dándo­le el título con el que es conocido. Sin embargo, ninguna re­vista quiso publicar esa historia, por lo que Stern la edi­tó por su cuenta en un folleto de veinte páginas y en­vió doscientos ejemplares a sus amigos como felicitación na­videña. La trama se ceñía a un solo incidente: el día de Navidad, un banquero derrotado, tras años de pelear con un gran magnate, decide suicidarse en un puente; in extremis, es salvado por su Ángel custodio, que le hace ver cómo hubiera sido la vida sin él.

Lo que sigue a ese envío, parece una película del mismísimo Capra. Una agente cinematográfica, emocionada por el relato, pide permiso a Stern para ofrecer el cuento a los grandes productores; y, para sorpresa del escritor, su relato impublicado y rechazado por las revistas fue ad­qui­rido por la RKO en menos de tres meses por la exorbitante cifra de 10.000 dólares. Todo un regalo de Navidad.

Con todo, aún faltaba mucho para que el cuento fuera la gran película que hoy conocemos. Para empezar, la veterana productora había adquirido los derechos pensando en las estrellas del estudio: Cary Grant y Jean Arthur. Y, des­pués de un somero análisis, decidieron que el pro­yec­to no iría más allá de una película mediocre, de bajo pre­su­puesto.

Contrataron entonces a tres guionistas para escribir el guión, pero uno tras otro se estrellaron en el intento de alar­gar la historia, y ninguno de sus borradores gustó a los directivos. Como consecuencia, el relato navideño fue pro­visionalmente archivado y empezó a acumular polvo en las estanterías de la RKO.

Frank Capra entra en escena

Afortunadamente, al poco de terminar la II Guerra Mundial, el entonces Coronel Capra se reincorpora a la vida civil y decide hacer una película que llene de esperanza e idealismo a una na­ción que acaba de salir de una gran tragedia. No encuentra otra mejor que The Greatest Gift (así se llamó el lar­gometraje hasta bien entrado el rodaje) y compró los de­re­chos del cuento para convertirlo en la primera película de Liberty Films, una productora independiente que aca­baba de fundar junto con William Wyler, George Ste­vens y Sam Briskin. El acuerdo estableció que la RKO se quedaba con los derechos de distribución de la pelícu­la, pero el propio Capra conseguía así un proyecto enteramente su­yo: en el guión, en la dirección y en la pro­ducción.

Tras doce documentales para el Ejército americano (la fa­mosa serie Why we fight), Frank Capra estaba loco por vol­ver a rodar una historia dramática; y esto le llevó a in­volucrarse como nunca en la escritura del relato, junto a los guionistas Frances Goodrich y Albert Hackett, que le acompañaron en esta dura tarea, a la que se sumó finalmente Jo Swerling para retocar algunos diálogos.

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte II)

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte III)

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte IV)