· Titanic | Desde el principio, Cameron tenía muy claro que la magia de su relato estaría en dependencia directa de la verosimilitud y exactitud his­tóricas.

Titanic, de James Cameron | Parte 4: La escritura del guion

Un mes más tarde, en agosto de 1994, los dos hermanos se fueron dos días a Lagoon Truk y Palau Islands, en Mi­cronesia, para realizar diversas pruebas fotográficas ba­jo el agua. En esos lugares hay decenas de barcos y sub­marinos japoneses que fueron hundidos durante la II Gue­rra Mundial y ahora yacen a 50-80 metros de profun­di­dad. Se trata de un lugar turístico muy atractivo para los amantes del buceo, pero ellos iban por motivos de tra­bajo. Durante diecisiete horas estuvieron filmando las naves hundidas: rodaban los exteriores durante la no­che, con focos, y los interiores durante el día, para con­trastar la luz interior con la exterior que se filtra a tra­vés de puertas y ventanas.

Con el material rodado y con un breve bosquejo del guion, Cameron y Sanchini tuvieron un encuentro con los ejecutivos de la Fox en marzo de 1995. Querían venderles el proyecto a cambio de una sustanciosa fi­nanciación: 80 millones de dólares, según el primer pre­supuesto.

Cómo vender un guion imposible

Cameron les dijo que la película era, básicamente, “la historia de Romeo y Julieta en un barco”. Tras leer el ar­gumento, los ejecutivos se mostraron recelosos. Ellos ha­bían financiado Terminador 2 y Mentiras arriesgadas, y no entendían este nuevo giro que Cameron pretendía dar a su carrera. ¿A quién interesaría una historia de época, un relato épico y romántico de 3 horas de du­ración? ¿Dónde estaban los Harriers, los disparos de ametralladora, los coches volando en mil pedazos? Sin esas cosas, no era posible rentabilizar una inversión de 80 millones.

A Cameron le costó tres meses convencer a la Fox de que su proyecto podía ser viable. Como aún había mu­chas dudas al respecto, logró un acuerdo previo: le per­mitirían gastar dos millones de dólares para descender en submarino hasta el Titanic y filmar los primeros mi­nutos de la cinta. Así, aunque finalmente no llegara a producirse la película, el estudio podría rentabilizar la inversión con un nuevo documental sobre el famoso bar­co.

En agosto de 1995, Cameron inició su aventura submarina. Contó para ello con un selecto grupo de profe­sio­nales: Al Giddings, que actuaría como director de fo­tografía, John Bruno, Charlie Arneson y Steve Quale. Al final, solo el primero tomaría parte en el rodaje. Tras varios días de aproximación, el 5 de septiembre rea­lizaron su primer descenso hasta el Titanic y filmaron los exteriores. En los veinte días siguientes continuaron filmando a un ritmo intenso, pensando que aque­llas tomas no podrían repetirse: todo lo que fueran a necesitar después en la película tenían que preverlo aho­ra.

El 30 de septiembre Cameron regresó a Los Angeles y mostró las pruebas a los ejecutivos de la Fox. Se queda­ron impresionados: aquello sí podía rentabilizar los 80 mi­llones que pedía. Y le dieron luz verde provisional para comenzar el proyecto. Todavía no era el visto bueno definitivo, pero ya podía trabajar en su película. Aho­ra, la preocupación más inmediata era terminar el guion.

Un guion caótico, respetuoso con la historia

Cameron tiene una forma muy personal de escribir sus guiones. No sigue el proceso establecido: redactar pri­mero una sinopsis de 2-3 páginas, después un tratamiento de 20-30 y, finalmente, el guion de unas 120. El ci­neasta canadiense suele escribir una amalgama de textos, comenzando por la biografía de sus protagonistas (co­mo paso previo para entender sus motivaciones en el re­lato) y siguiendo con aspectos parciales de la trama des­critos en forma novelada. Todo esto -ha dicho más de una vez- le ayuda a comprender a sus personajes, hacerse con su entorno y familiarizarse con su mane­ra de reaccionar. “Son mininovelas, pequeñas piezas literarias que en sí no dicen nada, pero si sabes juntarlas adecuadamente, tienes ya el argumento completo”.

Justo antes de su descenso hacia el Titanic, en junio de 1995, Cameron había entregado a la Fox un pre-guion de 169 páginas. Allí estaban sus personajes y sus vi­das anteriores al hundimiento, pero la trama aún no es­taba clara del todo. A la vuelta de su viaje submarino, y ya con el visto bueno de la Fox, en octubre de 2005 Ca­meron se enfrentó de nuevo con ese maremagnum de historias y descripciones biográficas.

Tenía muy claro que la magia de su relato estaría en de­pendencia directa de la verosimilitud y exactitud his­tó­ricas. Así que prácticamente solo inventó los dos pro­tagonistas (Jack Dawson y Rose De Witt), y rescató, en cambio, a todos los personajes importantes de aquella tragedia: el capitán Smith, el primer oficial Murdoch, el ingeniero Andrews, la millonaria Molly Brown, etc. Se do­cumentó al máximo sobre el temperamento y el estilo de vida de cada personaje, y trató de que todos cobrasen vi­da y hablasen por sí mismos.

Se inspiró en cientos de fotografías, dibujos y graba­dos del Titanic que se habían hecho durante la construcción, botadura y presentación del buque ante la pren­sa. También recurrió a colecciones fotográficas exis­tentes en distintos archivos: Titanic Historical Socie­ty, Ken Mar­shall Collection, Don Lynch Collection, Ulster Folk and Transport Museum, etc. Una recreación cuidada has­ta el menor detalle.

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