· Titanic | Ballard esta­ba fascinado por lo que veía. La popa, clavada en el fan­go, estaba muy dañada y a unos 600 metros del resto de la nave, que se había depositado suavemente sobre un banco arenoso y permanecía en buen estado.

Titanic, de James Cameron | Parte II: El hallazgo del Titanic y el origen de la idea

Encontrar los restos del Titanic parecía una tarea to­talmente descabellada. Algunos suponían que la corriente lo habría aplastado; otros, que estaba hundido a de­masiada profundidad; y la mayoría que, en cualquier ca­so, resultaba imposible localizarlo.

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Nunca se había podido determinar el lugar del acci­den­te; y solo había el dato incierto de que ocurrió a unos 380 km. de las costas de Terranova. El primer intento de búsqueda, proyectado en 1963, había fracasado an­tes de su puesta en práctica por falta de recursos. A par­tir de 4.000 metros de profundidad solo es posible tra­bajar con submarinos de un tipo especial, y esto hacía de la investigación una empresa demasiado costosa pa­ra cualquiera.

Un aventurero de los fondos marinos

En 1980 Robert Ballard, una especie de Schliemann del fondo del mar, había convencido a la Armada estado­uni­dense para desarrollar un programa de investigación sub­marina conjuntamente con él. Ellos financiarían la bús­queda del Titanic, y él llevaría a cabo, en paralelo, un reconocimiento del naufragio del USS Scorpion, un sub­marino nuclear que se había hundido en las proximi­da­des. Mientras tanto, en los veranos de 1980 y 1981 un millonario filántropo, Jack Grimm, había financiado otras dos expediciones para tratar de hallar los restos del naufragio con un sónar lateral que permitía identificar objetos bajo el agua. Todo había sido inútil.

Por fin, en el verano de 1985 Ballard llevó a cabo la in­vestigación que finalmente encontraría el navío. La ex­pedición se inició el 5 de julio. Para reducir la amplia zo­na rastreada por Grimm, Ballard estudió las posiciones relativas de los barcos que habían oído el S.O.S. del Titanic, la deriva del barco tras la colisión con el iceberg y la posición de los botes al ser avistados a la mañana si­guiente. Con un campo más determinado que el de su pre­decesor, Ballard inició la búsqueda a bordo del barco fran­cés Le Suroit, y empleó también un sónar de avanzada tecnología con barrido lateral. Pero sus esfuerzos re­sultaron baldíos. Cuando el 22 de agosto finalizó el con­trato con el barco, Le Suroit había cubierto las tres cuar­tas partes de la zona y no había hallado nada. Ballard se trasladó entonces al Knorr, un barco del Woods Ho­le Oceanographic Institute que poseía un sumergible di­rigido a distancia -el Argo-, especialmente diseñado pa­ra aguas muy profundas. Abandonó entonces el rastreo por sónar en favor de una exploración visual: las cá­maras instaladas en el submarino rastrearon y monitorizaron el fondo oceánico las 24 horas del día. Pocos días antes de que venciera el contrato del segundo barco, el rastreo de la zona delimitada quedó completado. Ba­llard no se desesperó. Amplió el campo de búsqueda ha­­cia el este y trató de elevar la moral de todos…

El 1 de septiembre, como en los días anteriores, en los monitores solo se apreciaba el mismo y monótono fon­do marino. Justo después de la medianoche, Ballard de­cidió irse a dormir un rato. Realmente lo necesitaba. Pero una hora después alguien lo despertó. En las pan­ta­llas se veían ahora erosiones en el fondo, algo así co­mo pequeños cráteres que parecían ser resultado de un impacto. Poco después aparecieron diversos objetos de metal, que ya solo podían ser parte de un barco hundido, y Ballard decidió despertar al resto del equipo. Finalmente, apareció en el visor una caldera, y poco des­pués el propio casco. ¡Habían encontrado el Titanic!

Imágenes de una leyenda

Durante los días siguientes, el sumergible Argo dio vuel­tas y vueltas alrededor de esos restos. Ballard esta­ba fascinado por lo que veía. La popa, clavada en el fan­go, estaba muy dañada y a unos 600 metros del resto de la nave, que se había depositado suavemente sobre un banco arenoso y permanecía en buen estado. Se confir­ma­ba así la teoría de que el buque se había partido en dos antes de hundirse. En cuatro días, Argo tomó cerca de 20.000 fotografías: pálidas imágenes de calderas, mo­tores, planchas de acero, vajilla y zapatos esparcidos por el suelo. No hubo tiempo para más, porque otras mi­siones científicas estaban esperando al Knorr, y Ballard recogió todo mientras pensaba ya en su segunda expedición. Dio a conocer el descubrimiento, pero man­tuvo en secreto su localización exacta para evitar que alguien pudiera reclamar objetos del barco; conside­raba el lugar como un cementerio, y no quería que nadie lo pro­fanara.

En julio de 1986, Ballard regresó para hacer el primer es­tudio detallado del hundimiento. Esta vez se trajo el Al­vin, un sumergible de aguas profundas que podía albergar a una pequeña tripulación: él y dos de sus hombres descendieron hasta las mismas escotillas del Titanic. Al sumergible habían acoplado el Jason Junior, un pe­queño vehículo de control remoto que podía levantar has­ta 100 kg. y pasar a través de pequeñas aberturas, lo cual permitía investigar y tomar imágenes en el interior del barco. A lo largo de once descensos de 4 horas de du­ración, Ballard y su equipo tomaron miles de fotografías y decenas de cintas de vídeo. Con todo ello se hizo lue­go un documental de National Geographic, Secrets of the Titanic (1987), que narraba la construcción, botadura, hundimiento y posterior hallazgo del buque.
El cineasta canadiense James Cameron lo vio ensimis­ma­do el mismo día de su estreno en televisión, e inmediatamente formuló el propósito de hacer una película so­bre el asunto. Pocas semanas después ya había reunido bastante información sobre lo que aconteció en aque­lla noche funesta.

Titanic (1997) // James Cameron (parte I)

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