· Titanic | Después de escuchar todos los detalles de la filmación, Cameron reveló al fin su se­creto: quería hacer su película sobre el Titanic, y necesitaba que Al Giddings le ayudara a conseguir esos submarinos.

Titanic, de James Cameron | Parte III: Preparativos del proyecto

Nada más ver el documental de National Geographic, Ca­meron escribió unas breves notas de lo que podría ser una futura película; leídas ahora dan idea de lo perfilada que estaba ya aquella inspiración inicial: «Empieza la his­toria en el presente, con imágenes del barco hundido -to­madas desde un submarino- y con recuerdos de una su­perviviente que, de repente, se intercalan con imágenes muy vivas de la noche del hundimiento. Un crisol de va­lores humanos que afloran bajo una gran presión. Una cer­teza de lenta pero inminente fatalidad. Una clara división entre los hombres -condenados- y las mujeres y niños -salvados por la caballerosidad de la época. Mo­mentos dramáticos de separación, heroísmo y cobardía, de civismo y animalidad… Necesita un misterio o una trama interesante que conduzca toda la historia». El título provisional de ese borrador fue sencillamente Ti­tanic.

Los encantos del fondo marino

Mientras dejaba reposar aquella idea primeriza, a James Cameron se le ocurrió que podría recrear la belleza del fon­do oceánico en otro proyecto. Y el resultado fue Abyss (1989), una cinta rodada casi íntegramente bajo el agua, que capturó la magia de la vida submarina y le pro­porcionó fama internacional. Tras el estreno de esa cin­ta, en 1990 se involucró en nuevos proyectos (guion de Point Break, guion y dirección de Terminator 2) que ve­rían la luz en el verano del año siguiente. Durante la pri­mavera de 1992, mientras pensaba cuál podría ser su pró­xima película, puso una noche la televisión y vol­vió a ver con interés A night to remember, un filme que ya le había impresionado en su infancia. Dos días más tarde, le llegó una invitación de parte de su amigo Al Giddings para asistir al estreno de un documental que había fotografiado en 70 mm para pantalla gigante IMAX. El título le dejó K.O.: Titanic: Treasures of the Deep. El fantasma del barco legendario volvía a ocupar su cabeza.

Acudió al estreno del documental y se maravilló con las imágenes del buque hundido y las tonalidades de luz en las profundidades del océano. También atrajo su aten­ción el trabajo de unos hombres en el interior de un sumergible, el Mir 1, que el reportaje incluía junto a las tomas del barco. Giddings había sido el director de fo­tografía de Cameron en Abyss: juntos habían filmado en­tre diez y doce horas diarias bajo el agua durante casi cin­co meses, por lo que se conocían muy bien. Por eso, al terminar la proyección, y obviando la cena de compromiso que seguía al acto, Cameron buscó a su viejo ami­go y se lo llevó a cenar a un restaurante. Hablaron du­rante horas de aquel documental. Cameron quiso saber cómo habían rodado todas las escenas submarinas, y Gi­ddings le habló de los dos submarinos rusos, Mir 1 y Mir 2, que albergaba el buque oceanográfico Akademik Mstislav Keldish, en Moscú. Después de escuchar todos los detalles de la filmación, Cameron reveló al fin su secreto: quería hacer su película sobre el Titanic, y necesitaba que él le ayudara a conseguir esos submarinos.

Convertido en co-productor de la cinta, y tras cuatro me­ses de gestiones, Giddings voló con Cameron hasta la capital rusa en agosto de 1992 para entrevistarse con Ana­toly Sagalevitch, director del programa del Instituto Shir­shov de Oceanografía y propietario del Keldysh. En to­do el mundo solo había cinco submarinos capaces de ba­jar y rodar a 4.000 metros de profundidad. Descartado el Alvin -que por su antigüedad no estaba en condiciones de bajar otra vez hasta el Titanic-, quedaban el Nau­tile francés, el Shinkai japonés, los dos sumergibles ru­sos y el Seacliff americano; pero este último no podía uti­lizarse para fines comerciales y los dos primeros solo po­dían emplearse en condiciones muy restringidas. En cam­bio, tras la caída del muro, las naves y los submari­nos soviéticos se alquilaban a precio de saldo. Y como ne­cesitaba dos (uno para rodar y el otro para verse en ima­gen), Cameron acudió a esa entrevista bien prepara­do, sabiendo que allí estaba una gran baza de su película. Convenció a Sagalevitch del interés del proyecto y le hi­zo ver la promoción que su película podía proporcionar a las investigaciones oceanográficas. Incluso le aseguró una breve aparición en las secuencias iniciales. La res­puesta tardó en llegar, pero unas semanas más tarde, y previo acuerdo sobre las tarifas, el director tenía ya ase­gurados sus dos submarinos.

El filme se pone en marcha

Durante el año 1993, Cameron estuvo implicado en el guion, dirección y producción de Mentiras arriesgadas, así como en la promoción tras el estreno. Pero a par­tir del verano de 1994 ya solo tuvo en mente un proyecto: Titanic.

Una de las primeras decisiones que tomó James Ca­me­ron fue contratar a Rae Sanchini como productora ejecutiva. Había trabajado con ella en Terminator 2, y sabía de su eficacia y capacidad de gestión. Poco des­pués, fichó a su hermano Mike Cameron, ingeniero aeroespacial, para desarrollar un sistema de filmación ex­terior al submarino que pudiera dirigirse desde la na­ve y meterse por ventanas y escotillas y que gozara de una amplísima movilidad: 325º en horizontal y 175º en ver­tical; todo ello, a 4.000 metros bajo el nivel del mar, con una presión de 400 atmósferas.

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