· Ann Maskrey ha hecho un trabajo excelente, sin sentirse atada por el estilismo de El Señor de los Anillos.

“En un agujero en el suelo, vivía un ho­bbit”. Lo que ha dado de sí tan acogedor hogar de los Bol­sónPeter Jackson ya se pa­seó por la Tierra Media hace una dé­cada y en diciembre de 2014 estrenó la tercera entrega de El Hobbit, su nueva sa­ga. Temas de guión, historia y adaptación apar­te, no podemos negar que el hobbit sabe ves­tir bien.

Al empezar la preproducción de tan esperada película surgieron muchas preguntas: ¿Cómo vestir a trece ena­nos y conseguir que el espectador los distinga?, ¿y a Bilbo, ese personaje tan querido por distintas generaciones?

Lo primero que le vino a la mente a Ann Maskrey, di­señadora de vestuario de las tres películas de El Ho­bbit, fue si sería necesario conservar el chaleco rojo y la chaqueta gris pata de gallo que lucía Ian Holm co­mo Bilbo en el flashback de La Comunidad del Anillo cuan­do encuentra el anillo. La respuesta fue no, y rápidamente el equipo de vestuario se puso a trabajar en varios modelos probando distintas combinaciones de color. Una vez que Jackson eligió los pantalones de uno de ellos, la chaqueta de otro y el chaleco de un tercero, se buscaron telas para combinar aquella ga­ma de tonos escogida por el director.

Pero ¿quién es Bilbo? Un personaje fruto de la imaginación de Tolkien pero inspirado en un inglés de pura cepa: fuma tabaco de pipa, bebé té y disfruta con la tranquilidad de La Comarca. El vestuario debería representar todos esos aspectos para darle ese aspecto apacible, hogareño y tranquilo. El modelo escogido fue una cómoda chaqueta de pana color burdeos, un chaleco de lana verde cuyos botones dorados tenían una bellota como detalle sobre su vida en el campo, un pantalón color beige de pana fina y, cómo no, el pañuelo del señor Bolsón, a rayas de color verde y ocre, recordando a la elegancia propia de los caballeros ingleses. Los tonos del ropaje del hobbit crean una perfecta combinación propia del personaje de un cuento. El burdeos, dorado y el verde juegan con las formas (bombachos, chaleco y camisa) para darle ese aspecto de ser fantástico, distinguido y a la vez hogareño y campechano.

Se confeccionó un chaleco al que todo el equipo llamó el “chaleco de los buenos días”, que lleva el protagonista mientras fuma su pipa en la entrada de su casa cuando Gandalf, el mago, viene de visita y se produce ese fatídico encuentro para el joven Bolsón. Un hermoso chaleco con flores bordadas de color amarillo dorado es otra de las prendas que definen la personalidad de Bilbo, porque aunque viva en el campo, es todo un dandi.

La prenda del hobbit más querida por todo el equipo, incluido Martin Freeman, el actor que interpreta a Bilbo, fue, sin duda, su batín. Una obra de artesanía elaborada con piezas de brocado de seda, terciopelo, pana y damasquinado. Cuidada y con unos detalles preciosos como bordados de motivos campestres, colores anaranjados y verdes, es una auténtica joya de tela y a la vez una bata hogareña confeccionada a base de cortinas y manteles.

En la segunda parte de El Hobbit, los elfos no eran aquellos puros y casi celestiales seres de El Señor de los Anillos, sino cazadores de orcos, salvajes elfos de El Bosque Negro, habitantes de los bosques y montañas; y eso queda perfectamente plasmado en el vestuario de los personajes de Legolas, Tauriel y Thranduil. Trajes elaborados a partir de camisas, chalecos y capas, adaptados y pegados a los cuerpos, lo que les da ese aspecto de agilidad y dinamismo. En tonos verdes y marrones, parecen estar confeccionados con ramas y hojas de árboles, pero con una majestuosidad de reyes, como vemos en el manto enjoyado y plateado, simulando una fina filigrana, y en la corona del rey Thranduil. Ésta, fabricada con ramas y hojas, se convirtió en uno de los objetos preferidos de Peter Jackson. A pesar de su sencillez, representa el poder y el ensalzamiento del Rey del Bosque Negro.

El traje con el que más disfrutó Maskrey fue el del mago Radagast. Todos los departamentos participaron en él: textil, tinte, estampado y bordado. Partieron de la base de que Radagast era un hombre excéntrico, casi un ermitaño encerrado en su mundo de naturaleza. Se confeccionaron unos calzoncillos largos que cubrieron con telas y más telas, dos chalecos, un manto con elementos metálicos y otras dos capas de chiffón teñido y con un tipo de bordado en cadeneta, frecuente en el siglo XVII, que consistía en un diseño de árboles, conejos (como los que tiran de su carruaje) y mariposas. Como última capa, una túnica de terciopelo. A esta excentricidad se le añade un sombrero con orejas de conejo y un calzado con dos zapatos distintos, logrando con ello dar al personaje un aspecto ensimismado y caótico a un tiempo.

Vestir a los trece enanos supuso enormes problemas. Para que el espectador  pudiera llegar a distinguir a todos perfectamente, se marcó muy bien el rango y personalidad de cada enano. En la obra de Tolkien apenas se describe el vestuario de estos personajes, tan solo el color de las capuchas de sus capas, un verde oscuro, un color que para el equipo de vestuario recordaba a gnomos de jardín. Establecieron un nuevo “código de colores”; así Thorin, Balin, Kili, Fili y demás enanos de estirpe real visten con lujosas telas decoradas de clores azul marino, rojo sangre o gris con toques malva; mientras que los enanos de rangos inferiores, como Nori o Bofur, vestían con prendas más toscas y desgastadas.

El conjunto final y cada traje es una obra de artesanía, casi una obra de arte. Puede que no nos imagináramos el viaje de Bilbo Bolsón de esta forma; puede que, en beneficio de los bolsillos de los productores, tres películas nos parezcan demasiado; puede que echemos de menos el tono épico de El Señor de los Anillos; pero no podemos negar que El Hobbit viste bien.