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Los paraísos perdidos de Yves Saint Laurent

Aquel rincón de su paraíso personal em­pezó a configurarse cuando le encar­gan el vestuario para Belle de jour.

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Tan sólo tenía que girarse en su escritorio para po­der pasear la vista frente al inmenso panel de corcho que tenía detrás de sí. Junto a los bocetos de las colecciones en marcha habitaban fotografías, tarjetas manuscritas, estudios de color y algún retrato suyo que algún amigo le había hecho a lápiz. Entre todo aquel paisaje allí estaba Ca­the­ri­ne Deneuve, luminosa y bella, fotografiada en blan­co y negro con esa mirada extraviada que la ha­ría famosa. En aquel estudio de París, cuando Yves Saint Laurent decidía perderse unos instantes entre aquellos recuerdos, encarnaba aquella fra­se que había tomado de Proust: «Los paraísos autén­ticos son los que uno ha perdido».

Aquel rincón de su paraíso personal, el de sus «fan­tasmas estéticos», como él mismo lo denominó, em­pezó a configurarse en 1967, cuando le encar­gan el vestuario para Belle de jour, que iba a diri­gir Luis Buñuel. Por entonces, él ya barruntaba el cam­bio que daría a sus colecciones cuatro años más tar­de. En el personaje de Séverine habita esa mu­jer de aspecto frágil pero inaccesible y temi­ble por den­tro. El chaquetón negro con el que pa­sea por un bu­levar repleto de hojas secas, el vesti­do co­lor cámel que tanto gusta a sus amigas, o ese negro corto que lleva al final de la película, con cuello y puños de satén blanco, actúan a la vez como pro­tector y espejo de una personali­dad inquietante.

Aquellos diseños encontraron en Catherine Dorléac un partenaire que parecían llevar tiempo es­perando. La actriz francesa, que desde la primera película ya utilizaba el apellido de su madre, la ac­triz Renée Deneuve, había saltado a la fama con el drama musical y colorista Les parapluies de Cher­bourg (Jacques Demy, 1963). El empuje definitivo sur­gió cuando consiguió estremecer a la platea con el aplomo esquizofrénico con que se condujo en los ve­ricuetos asfixiantes de Repulsión (Roman Po­lanski, 1965). Esa facilidad para lidiar con lo desco­nocido, con lo incómodo y lo inaccesible, debieron fascinar a un Yves Saint Laurent que desde el año anterior ya había desafiado a las mujeres de su tiem­po al proponerles un esmoquin masculino co­mo sugerente prenda de noche. Cuando le pregunta­ron cuándo y cómo llevarlo, respondió: “Es tan nue­vo este uniforme que el arte de llevarlo carece aún de reglas”. Catherine se las inventó para cada uno de sus trajes. Una de ellas fue el movimiento. Só­lo verla caminar en Belle de jour constituye un es­pectáculo en sí mismo. Yves dirá siempre que no pue­de “trabajar al margen del movimiento del cuer­po humano. Un vestido no es algo estático, si­no que tiene ritmo”.

Después de aquéllo, repetirían experiencia en la más convencional La chamade (Alain Cavalier, 1968) y en La sirène du Mississippi (François Tru­ffaut, 1969), una peculiar historia de amor con Jean Paul Belmondo de pamelas sugerentes, un ves­tido camisero color cámel, un traje de novia y, al final de la película, el contraste del blanco de la nie­ve con el clásico chaquetón negro de Yves con plu­mas en el cuello y las mangas. Catherine no fue la única pero sí fue su favorita. También vestiría a Claudia Cardinale en The pink panther (1964), a Jean Seberg en Moment to moment (1965) con un abrigo con capucha rematada en piel, a la suntuosa Sophia Loren en Arabesco (Stan­ley Donen, 1966) y a Anny Duperey en Sta­vis­ky (Alain Resnais, 1973).

Cuando murió en 2008, allí estaba ella, vestida con un trench de satén negro y una versión de los za­patos de Roger Vivier que llevó en Belle de jour. Fren­te a una iglesia de Saint-Roch abarrotada, Ca­the­rine Deneuve leyó unos fragmentos de Ho­jas de hier­ba, de Walt Whitman. “Yo me celebro y yo me can­to,/ y todo cuanto es mío también es tu­yo,/ por­que no hay un átomo de mi cuerpo que no te per­tenezca”. Por fin, Yves Saint Laurent cumplía uno de sus anhelos, fundirse con toda su crea­ción, con cada hebra de sus trajes y cada partícula de quie­nes los llevaron. “Huyo como el aire./ Sa­cu­do mis guedejas blancas con el sol fugitivo,/ vier­to mi car­ne en los remolinos/ y la dejo marchar a la deri­va entre la espuma de las ondas./ Me doy al barro pa­ra crecer en la hierba que amo./ Si me ne­cesitas aún, búscame bajo las suelas de tus zapa­tos”. Pasó así a formar parte de su propio paraíso perdido.

Felipe Santos