Piero Tosi, diseñador de vestuario. La piel del gatopardo

El gatopardo
El gatopardo

Piero Tosi recibió el encargo de arropar ese sentimiento de pérdida que provoca el cí­nico y descarado sentido del oportunismo de la nueva sociedad entre el inefable paso del tiempo.

«Si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie». Si por algo se co­noce la novela de Lampedusa y su adapta­ción al cine por Luchino Visconti, sin du­da se encuentra en esta simple y descarna­da frase que Tancredi lanza a su tío Fabri­zio, Príncipe de Salina, justo antes de partir para unirse a las filas de Garibaldi. Ca­bría pensar que en ella se encierra la secreta aspiración de una clase social, la nobleza, por dejar las cosas como están tras el em­puje revolucionario del Risorgimento. A fin de cuentas, como dirá el propio Fabrizio, la emergente burguesía no querrá eliminar a la nobleza, sino ocupar su lugar.

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Hasta ahí la tesis de fondo. Pero la deslum­brante adaptación de Visconti nos cuen­ta algo más. Existen pocas dudas de que encontrara en Fabrizio un alter ego, un aris­tócrata, como él, enfrentado a un mundo de intenso cambio político y social, en el que apenas queda sitio para andar y poder sentarse entre un concurrido buffet, co­mo nos muestra hacia el final la película. Un mundo que en el fondo no habría cambia­do, según la máxima que le espetó su so­brino, pero en el que poco a poco descubre sentirse ajeno por completo.

Piero Tosi recibió el encargo de arropar ese sentimiento de pérdida que provoca el cí­nico y descarado sentido del oportunismo de la nueva sociedad entre el inefable paso del tiempo. El resultado fue uno de los mejo­res trabajos del diseñador florentino. Co­no­ció a Visconti en el rodaje de Bellisima (1951). Cuando le encargó El gatopardo (1963) ya había vestido a Alain Delon y Clau­dia Cardinale en Rocco y sus hermanos (1960). La colaboración con el cineasta italia­no se ampliaría luego con películas como La caída de los dioses (1969), Muerte en Ve­ne­cia (1971) o Ludwig (1973).

En su vestuario siempre encontraremos una prolongación del carácter de sus persona­jes, de esa fachada externa que nos dice mu­cho más de su mundo interior. Las camisas rojas de los partisanos de Garibaldi se la­varon en té, se secaron al sol y se enterra­ron para que lucieran con ese aspecto des­gastado que aparecen en la película, co­mo una señal de una revolución improvisada e imperfecta, hecha con más corazón que cabeza. Don Calogero Sedara, el nuevo al­calde y nueva fortuna de Donnafugata, apa­rece en la recepción dada por el Prín­ci­pe de Salina «¡con corbata blanca y de frac!», como exclamarán divertidos mientras lo esperan al pie de la escalera, sin ape­nas disimular la risa que les causa verlo afe­rrado a la chistera, como si sujetara las rien­das de un caballo. Y resulta imposible no desear siquiera un gramo del aplomo que derrocha Fabrizio, vestido con su levita, mientras contempla cómo su mundo se des­morona.

El contrapunto de ese cafre y resbaladizo mun­do lo pone la espontaneidad de An­gé­li­ca, la hija de Don Calogero. Será difícil no dis­tinguirla entre el concurrido baile del final, como muestra de esa insultante belleza con que la ve la vieja nobleza. La escena del baile que cierra la película se rodó en el Palazzo Gangi de Palermo, con gran parte de la aristocracia de la zona actuando co­mo extras. Dura 46 minutos, casi una cuarta parte de todo el metraje. Para aquella esce­na, Piero Tosi y su equipo diseñaron un to­tal de 426 trajes. Y para Angélica escogerá un vestido de color nácar, recubierto con una organza de Dior, que le conferirá una apa­riencia única. Luego dirá que «la belleza de aquel vestido estaba en su propia ligereza».

Amortajado con el frac de esa noche, Fa­bri­zio vuelve a casa dando un paseo por las ca­lles vacías de Palermo al final de la pelícu­la. Hay un retrato muy conocido de Ver­di con ese mismo aspecto: frac, chistera y una bufanda de seda blanca anudada al cue­llo. Camina con su bastón y tan sólo detie­ne su marcha para arrodillarse ante el pa­so del viático. «Oh estrella, mi fiel estrella, ¿cuándo te decidirás a concederme una ven­tura menos efímera, lejana de todo, en tu mundo de eternas certezas?». Mientras oímos el tañido de la campana de una iglesia lejana, su figura se disuelve entre el tiem­po y las sombras.