· Cuando Salvatore Ferragamo abandona este mundo en 1960, había revolucionado el concepto del calzado con soluciones nunca vistas.

Los zapatitos rojos que conducirían a casa a Ju­dy Garland en El Ma­go de Oz (1939) los diseñó, por en­cargo de la Western Company Cos­tumes, un italiano de pequeña es­tatura y optimismo incurable que lle­gó a ser conocido en Hollywood con el sobrenombre de «el zapatero de las es­trellas». Su carrera empezó en 1907 en un humilde pueblo napolitano, cuando solo tenía nueve años, la no­che en que se quedó haciendo los zapatos de comunión de sus dos hermanas pequeñas para que su madre de­jase de llorar por no tener con qué calzarlas.

Siguiendo el ejemplo de sus hermanos mayores, para ayu­­dar a su familia que era muy pobre, emigra a los Es­ta­dos Unidos. Al llegar descubre consternado que la fa­bri­cación del calzado está totalmente mecanizada. Se ins­tala entonces en su fuero interno un odio por las má­quinas que ya no le abandonará. Sabe que solo un za­pato hecho a mano, de principio a fin, puede “cal­zar bien” y ser cómodo, sin que la belleza de las lí­neas sufra por ello. Esa preocupación, por encima de cual­quier otro sue­ño, lo empujará a lo largo de su vida a crear zapatos de una perfección formal difícil de supe­rar.

La primera vez que entra en contacto con la industria del cine es en Santa Barbara (California) donde uno de sus hermanos, que planchaba la ropa de los actores de la American Film Company, le presenta al encargado del vestuario. Salvatore, que solo tenía en­tonces dieciséis años, le convence de que podía corregir los errores de las botas de cowboy haciéndolas más flexibles. Viendo su pericia para mejorar las hechuras, empiezan a pasarle los guiones de las películas pa­ra que él mismo decida el número y el estilo de los pa­res que iban a necesitar.

Muy pronto le confiaron también el calzado de los pro­tagonistas de las historias de capa y espada, en las que participaba el famoso héroe de acción Douglas Fair­banks, un incondicional de la cultura italiana del que enseguida se hizo amigo íntimo y con el que compartió muy buenos momentos, y los bocadillos de sala­mi y queso provolone que se llevaba al trabajo. Para El ladrón de Bagdag (1924), que dirigía Raoul Walsh, le hizo “un par de botas de montar muy blandas y acol­chadas que le protegían las piernas durante las acro­bacias”, lo que da idea de hasta qué punto se ha­cía cargo de la dureza del trabajo de los actores en esos pri­meros años de andadura del cine.

Aprovechando que empezaba a ser conocido, Ferragamo abrió en Santa Barbara una tienda de zapatos a me­dida. Las nuevas estrellas del cine mudo se convirtieron en clientas habituales: Mary Picford, que tenía unos piececitos diminutos, Pola Negri, “una de las actrices más lunáticas” de aquella época, aunque con él “nun­ca fue caprichosa”, y Barbara La Marr, que solo que­ría zapatos originales por lo que creó para ella una pun­tera chata, a la que llamó “punta francesa” y de la que, por cierto, nadie había oído hablar en Francia, co­mo reconoce divertido en sus memorias.

Cuando la American Film Company, para pagar me­nos impuestos, se traslada de Santa Barbara a Hollywood en 1923, Ferragamo sigue sus pasos, con­virtiéndose así en uno más de los pioneros de la me­ca del cine, que por entonces era poco más que un pue­blo soleado. Fueron años de ensueño: las estrellas le encargaban zapatos en la tienda que montó en Beverly Hills y los estudios le contrataban para calzar sus producciones épicas.

Para Los diez mandamientos (1923) y Rey de reyes (1927), que dirigió Cecil B. DeMille, el más culto y el más atento a los detalles de todos los directores que co­noció Ferragamo, además de las sandalias “a la romana” que luego se pusieron de moda entre las actrices, tuvo que inventar infinidad de modelos “bíblicos”, ya que en los libros no encontró mas que vagas referencias a los calzados de esas épocas. Su imaginación sub­yugó a DeMille y acabaron siendo grandes amigos. En esta época, Salvatore recorre 160 kilómetros diarios para ir a clases nocturnas a la Universidad de Los An­geles a estudiar Anatomía, a la caza del secreto de una horma que no dañase los pies.

En vista de que los encargos crecían, no le queda más remedio que volver a Italia en busca de artesanos. Allí la crisis del 29 le lleva a la bancarrota pero no se ami­lana. Tras muchas penurias consigue comprar el Pa­lazzo Spini Feroni, a la orilla del Arno, que será des­de 1938 sede de la compañía y destino obligado de la al­ta sociedad y de las actrices de Hollywood que no le han olvidado. A ellas se suman las luminarias de “rom­pe y rasga” de Cinecittá, como Sofia Loren y Ana Mag­nani, que se acercaban a Florencia solo para encargarle los zapatos que iban a llevar en las películas y fuera de ellas.

Es ahora cuando crea para Marilyn Monroe docenas de pares de línea sencilla con punta y tacones de aguja de más de 11 cms. que le hacían balancearse al andar de esa manera suya tan inexacta y tan seductora. De Fe­rragamo eran también las sandalias con las que Bi­lly Wilder la filma en La tentación vive arriba (1955), en esa escena patrimonio ya del imaginario occidental en la que la falda blanca tableada se le arrebola sobre las rejillas del metro de Nueva York. Entre las preferidas de Ferragamo estaban las actrices de rostro cince­la­do y porte aristocrático que calzaban más de un sie­te. De to­das, Greta Garbo era a la que más admira­ba. A ella le hizo innumerables pares de zapatos de cor­dones, ba­jos y elegantes, muy parecidos a los que le gustaban a In­grid Bergman, que fue también una clien­ta fidelísi­ma. Para el encanto atemporal de Audrey Hepburn inventó muchos modelos, aunque quizá el más famoso sea la bailarina de gamuza negra que lle­va con elegante le­vedad en Desayuno con diamantes (1961).

Cuando Salvatore Ferragamo abandona este mundo en 1960, había revolucionado el concepto del calzado con soluciones nunca vistas (como el aclamado tacón de cuña que calzó por primera vez la madre de Viscon­ti) y materiales inéditos (el corcho y la rafia teñi­da). Mo­ría rico y famoso aunque éso nunca le pareció gran co­sa. Hacer zapatos, con la misma devoción con la que se hace una obra de ar­te, para que se pueda disfrutar del indescripti­ble placer de caminar: eso sí ha­bía mere­ci­do la pena.