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Aprendiendo a vivir

Una película en la que, andamio arriba andamio abajo, un homínido grotesco logra que el espectador se plantee si vale la pena contar esa historia

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Aprendiendo a vivir

· Una opera prima bien hecha, Aprendiendo a vivir cuenta una historia mil veces vista en la vida real que tiene poca consistencia cinematográfica.

Para especialistas en cine israelí o festivaleros todoterreno

Un albañil de 17 años ayuda a su padre, dueño de una pequeña empresa constructora. Al bajarse del andamio, el chaval que aparenta 27, va a clase para sacarse un certificado escolar. El tipo es una mala bestia: pendenciero, faltón, insoportable. Está peleado con el mundo. Un profesor paciente intenta rescatarlo. El padre lo lleva como puede, consciente de que la marcha de la madre ha afectado al hijo.

Todo es desolador en esta opera prima, una película que quizás sobre el papel aguante, pero filmada y editada es un insoportable y tedioso tronco de difícil combustión, que puede interesar a alguien que esté haciendo un estudio muy pormenorizado sobre el cine israelí.

El intento de tramar la historia sobre dos puntos de giro resulta artificioso, tanto que se le ven las costuras a un guion pirotécnico que juega con el drama para que la película, absolutamente plana en fondo y forma, cobre algo de relieve. El recurso a salir de las secuencias cuando el energúmeno lleva las cosas al extremo es ingenioso, pero poco más, porque la técnica sirve cuando hay algo que vale la pena contar.

Basta recordar cintas devastadoras como la maravillosa Detachment o La clase (Entre les murs), de Laurent Cantet, para entender que hay formas y maneras de contar historias terribles sobre la vida pasada por el aula.

Aprendiendo a vivir queda lejos porque su director y guionista parte de una premisa carente de interés. Al menos para mí.

Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor