Cruce de caminos

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Cruce de caminos

Derek Cianfrance da un paso adelante con un drama mejor desarrollado pero al que sigue faltando vuelo (***)

crucecaminosporDirección: Derek Cianfrance Guión: Derek Cianfrance, Ben Coccio, Darius Marder Fotografía: Sean Bobbitt  Montaje: Jim Helton, Ron Patane  Música: Mike Patton  Intérpretes: Ryan Gosling, Bradley Cooper, Eva Mendes, Dane DeHaan, Ray Liotta, Rose Byrne, Ben Mendelsohn, Bruce Greenwood Duración: 140 min. Distribuidora: Tripictures Público adecuado: + 16 años (VS)

The Place Beyond the Pines. USA, 2013. Estreno en España: 6/9/2013

No hay salida

En Blue Valentine, una película que tardó mu­cho tiempo en estrenarse -con razón-, el joven director americano Derek Cianfrace demostraba una cierta capacidad para presentar un conflicto hu­mano interesante -en ese caso la destrucción de una relación apasionada- y una notable incapa­cidad para desarrollarla. Con todo, había es­tilo, cuidado de la forma y una pareja de buenos actores.

En Cruce de caminos, Cianfrace da un paso ha­cia delante. No solo presenta un tema de cierto ca­lado -el del intento de redención de un padre que se acaba de enterar que tiene un hijo y quiere for­mar una familia- sino que lo desarrolla con lógica narrativa.

Cianfrace se olvida aquí de los fue­gos artificiales de su opera prima y apuesta por un estilo visual más clásico. Divide la historia en dos partes -cla­ramente descompensadas porque Gosling, a pe­sar del riesgo que tiene de enca­si­llarse, es me­jor actor que Cooper– y apuesta por una estructu­ra lineal.

La película arranca bien y, aun­que ni su conflic­to principal ni los secundarios son originales, la tra­ma mantiene el interés y hay algunos detalles (to­do lo que gira alrededor de la fotografía de la fa­milia) de buen narrador. Cian­france por otra par­te vuelve a acertar en el cas­ting.

El problema es que la cinta tiene dos grandes obs­táculos que salvar. El primero es un metraje cla­ramente excesivo. El segundo acto, y el más flo­jo, se estira hasta unos tediosos 140 minutos que nunca debieron ser más de 90. Por otra parte, el pesimismo de Cianfrance -que, vista su corta fil­mografía, parece genético- cae como una losa en una película que no deja de ser -o querer ser- un drama de redención.

Sin esperanza no hay posibilidad de cambio y, co­mo ocurría en Blue Valentine, la mirada del director es tan sombría que el drama de redención se queda en drama, sin paliativos. Un drama correcto pero con poco vuelo… y con muy poco oxígeno por donde respirar.