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De dioses y hombres

Xavier Beau­vois firma una de las grandes películas sobre el catolicismo, que retrata a unos mon­jes cistercienses de una manera verosímil y excepcional desde el punto de vista fílmico

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De dioses y hombres

· Premio del Jurado en Cannes, representante de Francia en los Oscar, De dioses y hombres es una película excepcional al servicio de una gran historia.

Viviréis como hombres, caeréis como príncipes

Un monasterio del Císter en un pueblo ar­gelino de las montañas del Atlas. Los reli­giosos franceses llevan casi 60 años allí. En 1996, terroristas del GIA secuestran a los monjes.

Ha habido grandes películas sobre el cristia­nismo, pero muy pocas sobre el catolicis­mo tan grandes como De dioses y hombres. A Dreyer le hubiera entusiasmado. Esta pelí­cula contiene uno de los retratos más apasio­nados y apasionantes de la fe católica en­carnada que ha hecho el cine, porque com­prende, asume y expresa muy bien el mis­terio de la gracia correspondida que tiene como culminación el martirio, la mayor mues­tra de caridad que Dios reserva a un ser humano: dar la vida por amor.

Premio especial del jurado en Cannes, la cin­ta representará a Francia en los Oscar y lo lógico sería que ganase. La película mere­ce admiración, no por retratar a unos mon­jes católicos de una manera verosímil (lo hace de manera impecable), sino porque ese retrato es excepcional desde el punto de vista fílmico.

De dioses y hombres
De dioses y hombres (2010), de Xavier Beauvois

El primer guión del hasta ahora productor Etienne Comar (con la participación en la escritura de diálogos del director Xavier Beau­vois, un prolífico actor de 43 años que ha dirigido seis películas) es verdaderamente fascinante en su variedad temática y en la manera de desarrollar el conflicto. Se abor­dan los asuntos con una fuerza tremen­da, con naturalidad: la centralidad de la Eucaristía y la oración, el ora et labora co­mo resumen de la vida de unos hombres fie­les a una misión en una tierra aparentemen­te baldía, el ejercicio de la autoridad co­mo un servicio a los demás, la fuerza arro­lladora de la fraternidad. La manera de cons­truir personajes que podrían parecer igua­les, pero que tienen una enorme singula­ridad y diversidad, es muy inteligente: ca­ben caracteres, talantes y actitudes muy di­versas, todas asumibles. La fotografía es be­llísima pero a la vez muy de diario, no inva­de artificialmente el encanto casi pedestre de lo que retrata. El montaje, en fin, es un alarde de prosa poética, sin olvidar la música.

Las interpretaciones son poderosísimas y se logra una intensidad dramática altísima que no va reñida con la amenidad: las dos ho­ras se llevan muy bien. Quien temiendo una película angustiosa y cruda deje de ver­la en el cine, se lamentará por haber perdi­do la oportunidad de ver en pantalla gran­de una obra maestra de incalculable va­lor. En Francia ya supera los 3 millones de es­pectadores.

Reseña Panorama
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor