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Entre dos aguas

Ganadora de la Concha de Oro a la mejor película en San Sebastián, esta cinta retoma la historia contada en La leyenda del tiempo

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Entre dos aguas

· Entre dos aguas pone en primer lugar la historia, los personajes y la verdad por delante de lecturas políticas y so­ciológicas que estropearían la objetividad del relato.

Donde nadie mira

En el año 2006 Isaki Lacuesta estrenó La leyenda del tiem­po, una peculiar simbiosis de drama y documental so­bre la historia real de Isra y Makiko: un gitano de San Fer­nando y una joven enfermera japonesa que conectan por el dolor de la pérdida del padre. Doce años después el director catalán (Gerona, 1975) recupera al personaje de Isra y su hermano Cheíto. El paso de los años ha sido muy diferente para ambos. Isra acaba de salir de la cárcel e intenta recuperar la confianza de su mujer y sus tres hijas buscando un trabajo honrado. Cheíto acaba de re­gresar de una misión militar y procurará que Isra no vuel­va a ser absorbido por el negocio de la droga.

Lacuesta logró un merecido prestigio por su habilidad en documentales creativos como Cravan vs Cravan (2002) o La noche que no acaba (2010). Tras in­tentar cam­biar de registro en una comedia negra de crítica social muy fallida (Murieron por encima de sus posibili­da­des, 2014), volvió a acertar con un drama familiar so­bre la identidad y la pérdida, La próxima piel, muy des­tacable en el aspecto interpretativo que obtuvo premio en los Goya y en el Festival de Málaga para Àlex Mo­nner y Emma Suárez. Entre dos aguas supone para es­te di­rector su segunda Concha de Oro en el Festival de San Se­bastián (la primera fue en 2011 por Los pasos dobles).

Este proyecto se apoya en los dos actores protagonis­tas que se interpretan a sí mismos con una naturalidad asombrosa. Aunque algunos piensan que la película po­dría ser bastante más breve, el itinerario dramático que describe es tan veraz, dinámico y conmovedor que me­re­ce la pena un poco de paciencia. Son vidas maltratadas que, a pesar de todo, tienen una personalidad muy mar­cada por un sentido de fraternidad inquebrantable. Han sufrido mucho por la familia en la que han nacido y sa­ben que solo sobrevivirán si se aferran a lo que queda de ella.

Lacuesta rueda con mucha personalidad, atendiendo a detalles que muestran cómo los personajes pueden en­con­trar belleza y felicidad en rincones y paisajes descuidados. Es curioso cómo la película consigue que el espectador se libere de prejuicios al observar la profunda hu­manidad de los protagonistas: la cámara les sigue en mu­chos momentos de reflexión, de diálogos que muestran la riqueza interior y la lucha por una vida mejor, con gestos de heroísmo ordinario.

Entre dos aguas pone en primer lugar la historia, los personajes y la verdad por delante de lecturas políticas y so­ciológicas que estropearían la objetividad del relato. Más discutibles son algunos excesos de crudeza que ya es­tropearon el final de La próxima piel. Teniendo en cuen­ta el respeto con que el director mira a sus persona­jes, desconciertan un par de escenas que muestran inne­ce­sariamente su intimidad corporal.

La música de Raúl Fernández Miró y Kiko Veneno es esencial para acompañar dramáticamente a Isra y Cheí­to y permitir que el espectador contemple y refle­xio­ne con pausa y emoción.