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Happy End

Con planos y secuencias brillantes, Haneke elige un aspecto de cada generación de una familia y le aplica su coeficiente de reducción nihilista

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Happy End

· De lejos, Happy End recuerda a algunas de las películas corales de Altman, pero allí donde el norteamericano censuraba con acidez, siempre añadía algún toque de humor. En el caso de Haneke todo es triste, gris, sin esperanza.

Precisamente feliz…

¿Recuerdan Amor, la anterior película de Haneke? Tal vez lo único que se recuerda es que el amor brillaba por su ausencia. Del mismo modo, Happy End se caracteriza por su final, que ni es feliz, ni es un final propiamente dicho.

Happy End narra unas semanas en la vida de la familia Laurent, importantes empresarios afincados cerca de Calais. Haneke muestra a tres generaciones: Jean-Louis Trintignant interpreta a George, el octogenario patriarca con apuntes de senilidad. Su hija Anne, interpretada por Isabelle Huppert, mujer fuerte, lleva las riendas de la empresa; su hijo Pierre debería ayudarla, pero es una nulidad. Su hermano Thomas es médico y no se ocupa de la empresa familiar. Cuando la película comienza se produce un accidente en unas obras de la empresa Laurent, el sitio es cerrado inmediatamente mientras se investiga el origen de la tragedia. Al mismo tiempo, la ex de Thomas intenta suicidarse, está en el hospital y Eve, su hija de 13 años, vuelve a vivir con Thomas, su padre, y se reune a la familia Laurent.

De lejos, Happy End recuerda a algunas de las películas corales de Altman, pero allí donde el norteamericano censuraba con acidez, siempre añadía algún toque de humor. En el caso de Haneke todo es triste, gris, sin esperanza. Haneke, que tiene un enorme talento, con su brillantez visual y su capacidad para inventar y para cautivarte con su narración, traza un retrato de una familia enferma, o tal vez hace un retrato enfermo de una familia normal. Todo chirría en esta panorámica caricatura de familia industrial clásica, de burgueses sin conciencia social, de familia francesa moderna que se preocupa de los inmigrantes, de una preadolescente que sufre el divorcio y el suicidio de su madre…

Haneke elige un aspecto de cada generación, le aplica su coeficiente de reducción nihilista: sin amor, sin esperanza; y espera que el resultado se parezca a la realidad. En efecto, se parece, pero solo es una sombra. Eve es la sombra de una niña de trece años, que habla y juzga como una anciana amargada; Pierre es la caricatura del burguesito avergonzado de ser rico; Thomas es la caricatura del acaudalado burgués de cincuenta años, tan egoísta que su hija se lo dice a la cara; Georges y Anne, que fueron protagonistas en Amor, son los más próximos a una imagen real, bien que simplificada.

Amor cantaba la eutanasia, Happy End canta el suicidio. Tal vez sea ese el final feliz que postula el autor, tal vez sea lo mejor en ese mundo que muestra, lo que no hay que creerse es que eso sea el mundo real. Tal vez sea así, o puede serlo, si la vida se reduce a un perverso egoísmo, sin trascendencia, sin amor.

No es la mejor película de Haneke, pero tiene planos y secuencias brillantes: pensemos el arranque, grabado con teléfono, que tendrá un reflejo y explicación hacia el final; pensemos en la conversación abuelo-nieta, que además de establecer una relación particular, hace un homenaje a Amor. El director austriaco es un maestro, lástima que esté tan amargado.

Reseña Panorama
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Fernando Gil-Delgado
Historiador y filólogo. Miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos. Ha estudiado las relaciones entre cine y literatura. Es autor de “Introducción a Shakespeare a través del cine” y coautor de una decena de libros sobre cine.