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La forma del agua

Del Toro aspira a 13 Oscar con una película en la que están presentes las constantes de su filmografía

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La forma del agua

· Un cuento donde casi todo es demasiado didáctico, evidente: vendrían bien implícitos, sutileza, algo elemental llamado fuera de campo. El arma más poderosa es la imaginación y Del Toro parece empeñado en que el espectador no la use.

El cuento y la pancarta

Un matrimonio amigo, él y ella profesionales de la comunicación, viajó hace poco a México. Para superar el jet lag, se metieron la tarde de su llegada al DF en un cine para ver La forma del agua. El bonito tráiler y las muchas candidaturas a los Oscar que la película había obtenido, les animaron. No habían podido leer la crítica, cosa que suelen hacer. A la media hora se salieron. “Mira -me contaron-, no nos gusta que nos agredan y menos en un cine, pagando la entrada”.

Ciertamente La forma del agua puede herir la sensibilidad de bastantes espectadores. Es algo que Del Toro viene haciendo en otros de los cuentos góticos que ha dirigido. En su mejor película hasta la fecha, se aprecian las constantes de este director que bebe en el cine de género de serie B. No tiene la hondura de sus compatriotas Iñárritu y Cuarón y aplica una generosa dosis de mitomanía fílmica. Los estallidos de crudeza y sordidez aliñan todo y hacen que uno se pregunte qué complejos latentes hay en un creador que insiste en los mismos tics (dice haber hecho una cinta netamente autobiográfica).

Fetichismo mítico

Con todo el respeto del mundo, al ver la película, tienes la intensa sensación de que más allá de la calidad de la puesta en escena y de la buena realización hay una especie de reivindicación del fetichismo como credo vital que marida con un didactismo populista que reinterpretan la historia derribando mitos para poner en su lugar otros de nuevo cuño.

La historia de amor entre una limpiadora soltera y solitaria y muda que ya no cumple los 40 y un tritón andrógino, confinado en unas instalaciones ultrasecretas del siniestro gobierno norteamericano de 1962 (sí, con Kennedy en el poder), tiene momentos emotivos junto con otros de un brutal sadismo. Del Toro sigue recorriendo su laberinto tortuoso, con sus demonios y sus princesas en universos desencantados con un retrofuturismo de serie B (aquí con calidad A en foto, música, interpretaciones y puesta en escena). La estrategía tétrica-ternurista para mantener la tensión emocional del relato funciona solo a ratos y la evolución de los personajes no está especialmente bien construida, con unas subtramas pobres y sin atractivo.

La forma del agua
Michael Shannon y Michael Stuhlbarg en La forma del agua (2017), de Guillermo del Toro

El que decida entrar en el laberinto tiene una entrada y una salida que no están mal, pero en los pasillos hay demasiada trampa, con un maniqueísmo simplón al que no faltan el modélico y alternativo artista -veterano y mártir- que narra como sabio acrisolado, el buen comunista defraudado por el aparato y el yankee fanático con patriotismo enfermizo y racista. La familia americana es una porquería puritana, solo una fachada de anuncio de cereales, debajo hay brutalidad y falsedad.

Y un canto al todo vale, mientras haya lo que Del Toro llama amor, cuando es poquito más que ensoñación mitómana que diviniza un mundo de ficción grotesca porque la realidad se le escapa o es incapaz de afrontarla con hondura.

Los Oscar a la vista

El año pasado una peliculita correcta (Moonlight) privó del Oscar a dos obras excelentes (La La Land y Manchester frente al mar). Mala cosa esta de usar los premios para lanzar mensajes y hacer lobby. Del Toro es hábil y está avalando en las entrevistas las lecturas metafóricas de su cuento en clave sociopolítica.

Un cuento de una calidad fílmica mejorable, donde casi todo es demasiado evidente y discursivo: vendrían bien implícitos, sutileza y algo elemental llamado fuera de campo. El arma más poderosa es la imaginación y Del Toro parece empeñado en que el espectador no la use: es como si dijese: “No hagas nada, ya imagino yo por ti”. Paul Thomas Anderson da un recital del empleo de esa sutileza narrativa en la tortuosa, deslumbrante y magistral El hilo invisible.

Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor