La fortuna de vivir

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País: Francia Dirección: Jean Becker Guión: Sébastien Japrisot Fotografía: Jean-Marie Dreujou Música: Pierre Bachelet Intérpretes: Jacques Villeret, Jacques Gamblin, André Dussollier, Éric Cantona

El hombre que heredó el paraíso

La utopía es posible. Incluso en tiempos metálicos y fríos de milenios  solitarios y cibercomunicados, se puede viajar a un maravilloso lugar en el campo, donde personas del más diverso pelaje conviven libres y felices, unidos por el cultivo espontáneo y paciente de la amistad.
El milagro es obra, claro, del cine. En este caso de una película francesa que ha conseguido reunir todos los ingredientes antes mencionados, sin caer en la trampa de la sensiblería y el empalago. Buena parte del mérito es del realizador Jean Becker, que ha sabido darle al ritmo de la película un sereno equilibrio.

Así, primero presenta a la pareja protagonista, Garris y Riton (el maravilloso Jacques Villeret de La cena de los idiotas) recogiendo flores en un hermoso pantano para venderlas en el pueblo cercano. Desde el primer momento, y sin necesidad de discursos trascendentes ni malabarismos formales, se siente que entre los dos hay una amistad muy especial: Garris, un hombre inteligente y maduro, vive en el campo una vida sencilla con la que intenta superar un pasado tortuoso; Riton, perezoso y entrañablemente desastroso, bebe para olvidar el abandono de su mujer, que lo ha dejado con tres chiquillos. La fotografía, el paisaje de la Francia de provincias de principios de siglo, la inmensa humanidad de los personajes… todas las piezas de la película se ensamblan en una atmósfera suave y luminosa, que va envolviendo poco a poco al espectador.
Capturados los sentidos por el encanto de las imágenes, la trama busca en un breve flashback el origen de esta situación. Es invierno ahora. Garris, un soldado recién licenciado, llega a un pantano rumiando un dolor que permanecerá presente en toda la película, pero al que apenas se alude: el espectador lo intuye en la magnífica interpretación de Jacques Gamblin, un trabajo sutil y profundo, pleno de contención en gestos y presencia que podría haber echado por la borda alguna estrella hollywoodiense.

Garris encuentra y socorre a un anciano moribundo junto a la puerta de su humilde casa de madera. En una escena de una sencillez abrumadora, el anciano agradece la bondad espontánea de su salvador entregándole, de forma implícita, las llaves del paraíso. “Puedes quedarte. El estanque te proporcionará toda la comida que necesites. Yo he vivido siempre aquí y nunca he dependido de nadie”, le dice antes de morir apaciblemente. Garris hereda la casa y, con ella, a un vecino muy peculiar, el inimitable Riton. Entre los dos surge una amistad que se alimenta de la sencilla vida en el estanque; Garris vive de pequeñas chapuzas y Riton vive de Garris. Al calor de esta amistad se van acercando desde la ciudad una serie de personajes de lo más variado: un maduro y culto solterón; un antiguo habitante del estanque ahora prisionero de su nueva prosperidad; una anciana y nostálgica viuda…

El espíritu del estanque ilumina sus movimientos con un resplandor mágico. Una vulgar comida, una expedición en busca de setas o una cacería de ranas se convierte en una excusa para disfrutar unos de otros y todos de la libertad de quien vive como quiere y se siente, precisamente, querido.
Pero el paraíso se tambalea cuando el mal de amores aguijonea el alma de Garris y le hace preguntarse por qué es incapaz de marcharse del estanque, en el que lleva ya doce años. La respuesta, aunque la película no la enuncia explícitamente, parece evidente: es el responsable de mantener vivo el espíritu del lago.

Se plantea un interesante dilema entre libertad y responsabilidad, que la historia resuelve con habilidad quizás un tanto precipitada. Después, las luces del cine se encienden y el espectador, atónito, ve cómo lo expulsan del paraíso. Su desolación es comprensible, pero por menos de mil pesetas no se pueden pedir más de dos horas de felicidad.

Ángel Peña