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La muerte de Stalin

Delirante relato fiel a la verdad sobre la paranoica reacción de sus sicarios ante la muerte del tirano

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La muerte de Stalin

· Cuando se han cumplido recientemente 100 años de una revolución comprensible y justificada, La muerte de Stalin es valiosa. Cumple el objetivo tragicómico del guion, muy bien leído por un reparto excelente.

El tirano ha muerto: disparen al pianista

Adapta la película del escocés Armando Iannucci (In the Loop) un cómic francés que cuenta las delirantes y veraces situaciones que siguieron a la muerte de Josif Stalin en 1953. La camarilla de gánsteres que rodeaban al tirano, colaboradores en sus crímenes, se despedazan para hacerse con el poder. Los Malenkov, Jrushchov, Beria, Molotov, Mikoyan, Bulganin y Svetlana -la hija de Stalin- son los protagonistas de una farsa desatada en la que lo que te hiela la sangre: lo que parece puro teatro del absurdo fue pura verdad.

Cuando se han cumplido recientemente 100 años de una revolución comprensible y justificada, la película es apreciable y logra el objetivo tragicómico del guion, muy bien leído por un reparto excelente que imprime humor negro a una trama que parece escrita por el Shakespeare de Coriolano que ha dejado la hoz y el martillo y se ha sentado ante la máquina de escribir con un cubo de vodka. Sobran 15 o 20 minutos y hay veces que tanto asesino demente entrando y saliendo cansa.

La muerte de Stalin
Simon Russell Beale, Olga Kurylenko y Steve Buscemi en La muerte de Stalin (2017), de Armando Iannucci

Es llamativa la justicia poética que supone la producción británica de la cinta porque, como es sabido, en pocos países ha habido más intelectuales que aplaudieron el comunismo conociendo los crímenes de Stalin (si quieren, lean o relean Koba el Temible: la Risa y los 20 millones, la sensacional novela de Martin Amis, que intenta explicarse el apoyo de su padre Kingsley Amis a la tiranía soviética entre 1941 y 1956).

Qué importante es ser libre para asombrarse, para no perder sensibilidad ante el genocidio, para poner en evidencia las visiones glamorosas de los que siguen defendiendo (y viviendo, viviendo de) una mentira infame y esperpéntica que aniquiló a centenares de millones de personas: “el comunismo de los camaradas Lenin y Stalin era un paso previo para la llegada de la democracia, esa os la traeremos nosotros. Mientras tanto, aunque hayan pasado 100 años, a lo nuestro… Compañeros, ¡Todo el poder para los soviets!”.