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La revolución silenciosa

Lars Kraume recupera la memoria de la vida cotidiana en un régimen comunista a través de un relato real narrado en un libro que publicó Dietrich Garstka, una de las protagonistas

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La revolución silenciosa

· En algún momento, La revolución silenciosa hace homenaje a El club de los poetas muertos, y en otro a Sophie Scholl o La ola.

Un minuto de silencio

Estamos en Alemania Oriental, en 1956. Los protagonistas son una clase de último año de instituto; jóvenes brillantes a punto de graduarse, todos ellos buenos socialistas, convencidos de la bondad del sistema. De entre ellos destacan Theo y Kurtz; Theo es hijo de un minero, Kurtz de un importante miembro del partido, tanto que el joven va sin problemas a Berlín Occidental para poner flores a la tumba de su abuelo, y aprovecha para ver alguna película que no se proyecta en su zona. En esta ocasión, los dos amigos van juntos al cine y ven un noticiario sobre la revolución hungara y la oposición a la presencia de tropas rusas. Al día siguiente lo cuentan en clase y proponen guardar un minuto de silencio por sus camaradas húngaros caídos. No podían sospechar que ese gesto inocente iba a costarles muy caro.

Lars  Kraume (El caso Fritz Bauer), sin necesidad de que nadie se lo diga, recupera la memoria de una época que algunos se esfuerzan de olvidar, la vida cotidiana en un régimen comunista. La anécdota que cuenta, además, no es inventada, está narrada en un libro que publicó Dietrich Garstka, una de las protagonistas, recordando aquel suceso, que provocó una investigación del partido en la que se implicó hasta el propio ministro de educación y unos interrogatorios y unas presiones a unos chicos de 16 o 17 años, dignos de mejor causa, o tal vez no porque el régimen temía cualquier intento de pensamiento propio, cualquier desviación de la verdad dictada por el partido, cualquier asomo de discrepancia.

La revolución silenciosa
La revolución silenciosa (2018), de Lars Kraume

Ese minuto de silencio, al que el director de la escuela no quería dar importancia -perdió el empleo-, fue considerado un desafío en toda la regla al régimen, y tuvo la virtud de convencer a aquellos jóvenes del valor de la verdad, de la lealtad y del compromiso. También de la necesidad de aprender a ser críticos y a pensar por sí mismos. En algún momento la película hace homenaje a El club de los poetas muertos, y en otro a Sophie Scholl o La ola; en el primer caso había que hablar de educación, en los otros de la defensa heróica de las ideas frente a un régimen opresor, aunque fuera socialista y no nazi.

Destaca en esta película, además del interés de la trama, la facilidad con que Lars Kraume maneja decenas de personajes interesantes, tridimensionales, vitales. Los jóvenes actores son un portento, en particular, pero no solo, Leonard Scheicher, que interpreta a Theo, y Tom Gramenz, quien da vida a Kurtz. Además de estos jóvenes aparecen sus familias y otros adultos, ninguno es baladí. La ambientación está cuidada con esmero, todo grita autenticidad y hace más valioso su mensaje: a un nivel superficial el conformismo, más allá está la dictadura de lo políticamente correcto; más allá las mentiras oficiales y la posverdad; en el fondo lo que importa es la verdad o la verdad importa y compromete.

El relato es apasionante, un gran guion que sabe manejar muy diversos materiales, y en el que por encima de las cuestiones políticas se trata con seriedad a las personas y sus familias.

Reseña Panorama
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Fernando Gil-Delgado
Historiador y filólogo. Miembro del Círculo de Escritores Cinematográficos. Ha estudiado las relaciones entre cine y literatura. Es autor de “Introducción a Shakespeare a través del cine” y coautor de una decena de libros sobre cine.