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Paddington 2

Paul King repite en la dirección y logra una película aún mejor que la primera. Gran cine para público amplio

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· Hay en Paddington 2 un equilibrio excelente que aprovecha que los principales personajes ya están presentados, para meter un ritmo magnífico a la vida cotidiana del oso de la trenca azul.

Una delicia y una proeza

Hay películas que quedan asociadas a una ciudad: el áereo Berlín ochentero de Wenders, el París de finales de los 50 que atrapó Donen en Funny Face y Charada, el Cherburgo de los Paraguas sesenteros, el milagroso Milán de posguerra de Vittorio de Sica… Habrá que añadir el Londres de 2017 de Paddington 2.

A algunos se les escapó en el cine esa estupenda película que es Paddington (2014), basada en la primera novela infantil de la saga escrita por Michael Bond, que murió a los 91 años en junio pasado, idolatrado por millones de lectores.

La segunda entrega de las aventuras del oso llegado a Londres del recóndito Perú es una delicia y una proeza. Con un gran guion, inteligente y sutil, y una realización portentosa, las aventuras de Paddington Brown y de su familia adoptiva son un derroche de imaginación costumbrista, que añade a los personajes ya conocidos a un malo buenísimo, que interpreta un Hugh Grant memorable. El retrato de Londres, la trama carcelaria, la aventura en estado puro se sirven con una estética bellísima, que cuida hasta los mínimos detalles de la puesta en escena para implementar el carisma de todos los personajes.

En el cine lo que no es imitación es copia: y aquí la inspiración en obras maestras precedentes (Chaplin, Keaton, Tati, Capra, Sturges, las comedias de Ealing dulcificadas) da como resultado una película sobresaliente, una proeza del cine para todos los públicos. La secuencia de apertura ya vale el precio de la entrada. Hay una docena de gags de paseo de la fama (la lavandería, la peluquería, el tren, la limpieza de cristales).

Hay en Paddington 2 un equilibrio excelente que aprovecha que los principales personajes ya están presentados, para meter un ritmo magnífico a la vida cotidiana del oso de la trenca azul. En ese sentido, el primer acto es un prodigio, en parte gracias a la música de un grande, Dario Marianelli, un allegro molto vivace embriagador. La manera de plantear el segundo punto de giro es muy brillante y, a partir de ese momento hasta un final que recuerda a la monstruosa Monster Inc., no cesa la brillantez de una historia llevada en volandas, con situaciones diseñadas con un ingenio efervescente. No sería justo terminar sin un reconocimiento al trabajo de Ben Whishaw, una Sally Hawkings chispeante, un divertido Hugh Bonneville. El vestuario de Timothy Everest y el diseño de producción de Gary Williamson son gloria bendita.