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Rebelde entre el centeno

Primer largometraje del californiano Danny Strong, disfrutable de manera proporcional al conocimiento que se tenga de Salinger

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· Rebelde entre el centeno traslada a la pantalla una suer­te de introducción al he­cho cierto y verificable de un escritor que, tras estre­llar­se contra el muro de revistas que rechazan sus relatos, se va a la guerra.

Jerry, una introducción

Hay películas sobre personajes históricos muy relevantes con las que casi todo el mundo se siente con derecho no solo a manifestar su desagrado (cosa bastante com­pren­sible) sino a algo mucho más llamativo y, a mi jui­cio, bas­tante prepotente: perdonar la vida al director y/o al guio­nista, aprovechando el viaje (en el sentido an­daluz de golpetazo) para dejar bien claro que la obra, la vida y los pensamientos del retratado son perfectamente conocidas por el autor de la crítica o reseña sobre la película.

Salinger es uno de los escritores más leídos desde me­diados del siglo pasado hasta la actualidad. Tras su muer­te en 2010, a los 91 años, no son pocos los que se han empeñado en convertir en un misterio lo que en buena medida no lo es o al menos no es esa clase de misterio. Un excelente libro de Kenneth Slawenski se ha acercado al misterio Salinger con un rigor y una ca­pacidad de análisis que lo convierte en una obra de re­ferencia inevitable.

Es muy triste, pero parece que el periodismo especia­li­zado en cultura y arte se ha convertido más en una ca­rrera para conseguir likes y reenvíos con titulares y la­di­llos populistas -quizás sea mejor llamarlos populache­ros- que en escribir algo bien documentado donde se usen las fuentes con criterio y se ponga un notable empeño intelectual en desentrañar para uno mismo y para el lector las claves de un asunto.

A los que menosprecian esta película, que ciertamente tiene sus debilidades, se les podría contestar con estas palabras de Holden Caufield, una suerte de peculiar y limitado alter ego de Salinger: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás pu­ñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles todo eso. Primero porque es una lata, y se­gundo porque a mis padres las daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas co­sas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi auto­biografía con pelos y señales. Solo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pa­sadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco”.

Rebelde entre el centeno
Nicholas Hoult y Kevin Spacey en Rebelde entre el centeno (2017), de Danny Strong

La cosa de locos que cuenta Danny Strong en su pri­mer largometraje no es, afortunadamente, un biopic al uso. Al menos no lo es para mí, que modestamente co­nozco bien la obra de Salinger y los estudios sobre su es­critura y su cocina literaria. Rebelde entre el centeno me parece un intento de trasladar a la pantalla una suer­te de introducción (simétrica hasta cierto punto a la cé­lebre que Salinger consagra a Seymour Glass) al he­cho cierto y verificable de un escritor que tras estre­llar­se contra el muro de revistas que rechazan sus relatos por considerarlos ocurrentes e ingeniosos, pero demasiado narcisistas, se va a la guerra.

Tanta vida, tanta muerte

Salinger desembarca en playa Utah el 6 de junio del 44, participa en algunas de las batallas más infernales de la historia, interroga a nazis que han cometido atrocidades inimaginables y entra -judío él- en el campo de con­centración de Dachau. Salinger acumula tanta vida, tan­ta muerte, que colapsa. Sale del pozo con su regreso a Estados Unidos y la publicación de los relatos escritos en el frente. Acomete el final de la escritura de su única no­vela, El guardián entre el centeno, publicada en 1951.

Salinger cincela sus historias de jóvenes brillantes y frá­giles que no dejan de asombrarse ante lo terriblemente hermoso que es sentirse inocente, aunque sea solo un rato. Desde 1959 hasta 2010 escribe bastantes horas dia­rias, pero no vuelve a publicar porque siente que así de­be hacerlo. “No cuenten nunca nada a nadie. Si lo ha­cen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”, nos di­ce Holden en Central Park.

Esto es lo que estudia Slawenski en un libro sensacio­nal y lo que Strong relata en una película muy digna y bien hecha, que no es excelente pero sí honesta y su­ge­rente, con algunos aciertos muy meritorios, como el cas­ting, la puesta en escena y un tempo narrativo que per­mite tender puentes con los escritos de Salinger.

Me gusta -me encanta- que la película sea disfrutable de manera proporcional al conocimiento que se tenga de Salinger. Por ejemplo, no hay ninguna necesidad de envejecer al actor (un excelente Nicholas Hoult) que da vi­da a Salinger porque Salinger decidió no envejecer li­te­rariamente hablando… Y tampoco es necesario entrar en detalles de su vida en Cornish porque la película no quie­re ser otra cosa que una introducción en la que se de­jan voluntariamente muchos huecos, muchos hilos sin atar.