Roma

Cuando para glosar una película recurres a Ford, Lang y Murnau algo muy potente ha ocurrido. Roma es un 8.000. Pero como los grandes maestros, Cuarón hace que su película sea fascinante para públicos amplísimos

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Roma

Para escribir sobre Roma puedes apelar a circunstancias accesorias como que la película la distribuye Netflix, que ganó el León de Oro en Venecia, que se ha podido ver en muy pocos cines, que durante el rodaje hubo atracos y dificultades por desgracia frecuentes en algunas zonas de México…

No seré yo quien suba usando esas clavijas a la cima de Roma. Una cima altísima, por cierto. Una montaña, que siguiendo con el símil, tiene tramos de escalada, que requieren un espectador montañero, o lo que es lo mismo, un espectador que ame el cine bueno.

Porque Roma no solo es la mejor película mexicana de la historia sino una de las películas más importantes de los últimos veinte años. Tan descomunal es su tamaño (es un 8.000) que solo es comparable a un puñado de obras del tercer milenio como In the mood for love, La vida de los otros, Kiseki, To The Wonder, Cold War o Manchester frente al mar.

En el próximo número de la revista publicaremos un estudio más extenso de la película, pero antes adelantaremos algunas claves. La primera es que Cuarón escribe un guion soberbio que presenta una historia esencial y hondísima y lo hace con un aliento poético cautivador que se concilia con el realismo estremecedor del mejor Rossellini y la perfección visual de un Lang o un Murnau.

Un glorioso blanco y negro con calidad 6,5 K en el registro de una cámara Arri Alexa de 65 mm permite que la película se proyecte en anamórfico con una calidad 4K. Mencionar los detalles de la óptica, la edición de la película y el formato cinemascope de proyección es importante porque el equilibrio que logra Cuarón (que también fotografía y monta la película) entre lo que cuenta (una historia familiar que es pequeña y grandiosa como todas las historias familiares cuando el director mete en ellas mucho de sus mundos vividos y soñados) y el modo en que lo cuenta recuerdan la maestría de John Ford para narrar con imágenes (estoy pensando en ¡Qué verde era mi valle! y sus inolvidables planos en interiores) la nostalgia de un mundo que se fue. Un mundo hecho de lágrimas y algunas sonrisas, por ese orden y en esa medida.

Cuarón arma un reparto que imprime al relato una autenticidad que te graba la película primero en la retina y luego en el corazón. El tratamiento de los personajes y el manejo del conflicto de relación son los mejores de la carrera de Cuarón. Todo lo que mira Cleo se convierte en oro, pero lo asombroso es que Cleo no es el punto de vista de la historia sino el filtro por donde pasan los recuerdos de uno de los niños cuando se hace adulto y piensa en su vida en un barrio del DF llamado Roma.

Y podría seguir, pero paro. La película es inmensa.

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Los que me conocen saben lo que significa que escriba debajo de una línea.

Lo de que sólo se disfruta en el cine es una estupidez como otra cualquiera. Se disfruta en el cine, en una tele 4K, en un ordenador… Obviamente el Dolby Atmos y la altísima definición de la imagen en blanco y negro pierden eficacia en malos reproductores. Que esté disponible en Netflix es una excelente noticia, al menos para mí: cuanta más gente la vea mejor. Estamos en 2018 y hay demasiada gente en este arte y esta industria que funcionan con los esquemas de hace un siglo.

Lo ha dicho Cuarón y es inteligente y hábil que lo mencione: son muy pocos los que han visto las mejores películas de la historia del cine en sala. Repito: 2018.

Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor