Silencio

Cinta áspera, dura y tremendamente compleja. Una de esas películas que te dejan tocado una semana

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Silencio

· Silencio es un drama moral religioso, la adaptación de la novela homónima de Shusaku Endo, un escritor japonés converso.

Película dura, intensa, difícil… y con muchos kilates de magnífico cine

De Silencio podrían escribirse páginas y páginas. Una cinta áspera, dura y tremendamente compleja. Reconozco que es de esas películas que te dejan tocado una semana. Reconozco también que, mientras contemplaba la odisea de esos sencillos creyentes japoneses –primero para poder practicar su fe y después para defenderla en medio de crueles torturas- y el sufrimiento interior y exterior de los misioneros jesuitas, me preguntaba si la película llegaría a entenderse por un público –el occidental- que dejó de ir a Misa mucho antes de dejar de creer. Un público enfermo de corrección política y acostumbrado a no escandalizarse de nada… excepto de las convicciones firmes. Un espectador, en definitiva, poco acostumbrado a dirimir dilemas morales y, menos si, además de morales, son dilemas religiosos.

Porque, creo no lo he dicho todavía, estamos ante un drama moral religioso. Silencio es la adaptación, casi al pie de la letra de la novela homónima de Shusaku Endo, un escritor japonés converso que, por el tratamiento existencialista de esta fe católica ha sido denominado el Graham Greene nipón. Cuenta Endo que su deseo en Silencio era contar una historia que se ha contado mucho menos que la de los mártires japoneses –jesuitas y simples campesinos creyentes- que, en el siglo XVII, sufrieron con valentía las brutales persecuciones por parte de las autoridades. Silencio cuenta esto, pero habla también de los creyentes y sacerdotes que no pudieron soportar la prueba y apostataron. A veces, como en el caso de los protagonistas de la novela, en medio de complejos dilemas morales y teológicos y, en medio también de oscurísimas noches del alma. Esas noches de mutismo divino que dan título a la novela y al libro.

Silencio habla también de la dificultad de la inculturación del catolicismo en Japón. Una dificultad que el propio Endo sufrió en carne propia.

Un drama rodado con una seriedad e intensidad propias de un auto sacramental

Dice Martin Scorsese que lleva casi 30 años queriendo llevar a la pantalla grande la novela de Endo. Concretamente desde que la leyó en un viaje en tren por Japón después de estrenar la polémica La última tentación de Cristo. Scorsese ha sido sumamente fiel a la novela, la ha seguido al dictado. Se nota que el director italo-americano, que pasó algunos años en el seminario antes de concluir que su vocación era otra, no es ajeno a los problemas que la novela plantea. Desde el primer fotograma, asistimos a un drama rodado con una seriedad y una intensidad propias de un auto sacramental. El veterano cineasta, que viene de rodar –no lo olvidemos- una cinta tan chillona y excesiva como El lobo de Wall Street, se despoja de casi todo (es una cinta contemplativa, con poca música y muy pocos recursos visuales) para centrarse en el diálogo de un hombre con su fe y con sus dudas. Un dialogo al que el cineasta –y con él, el espectador- se acerca con delicadeza, de rodillas (que es como un santo contemporáneo dice que hay que entrar en un alma), sin juzgar… Porque para juzgar ya está Dios que es el único que conoce la verdadera interioridad del hombre. Una interioridad que, por cierto, se nos oculta en la última parte (la única que no está contada en primera persona) y que tiene su sentido en este juicio de Dios. La escena final, uno de los escasísimos añadidos que ha hecho Scorsese a la novela, subraya con fuerza este cederle el paso a Dios a la hora de dictar sentencia sobre los comportamientos humanos y sobre la propia Historia.

No es Scorsese el único que se ha tomado en serio la película. Andrew Garfield, que para preparar su personaje participó durante una semana en los famosos ejercicios espirituales ignacianos, borda su interpretación. Y eso que ha repetido en numerosas entrevistas que ni con 10 años de preparación hubiera sido suficiente (prueba de que ha entendido la complejidad de su papel). El resto del reparto es también impecable y colaboran decisivamente en la construcción de una película dura, intensa, difícil… y con muchos kilates de magnífico cine.