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"El tiempo entre costuras", de Ignacio Mercero

Triunfa en los premios IRIS de la Academia de Televisión. Mejor ficción, dirección, producción, dirección de fotografía e iluminación, dirección de arte y escenografía, música y actriz (Adriana Ugarte).

Emisión en España: Antena 3. Entre el  21 de octubre de 2013 y el 20 de enero de 2014 (5 millones de telespectadores)
Calificación: +16 años

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País: España Dirección: Ignacio Mercero, Norberto López Amado, Iñaki Peñafiel Guión: Susana López Rubio, María Dueñas, Alberto Grondona, Carlos Montero. Adaptación de la novela homónima de María Dueñas Intérpretes: Adriana Ugarte, Hannah New, Mari Carmen Sánchez, Peter Vives, Francesc Garrido, Alba Flores, Tristán Ulloa, Filipe Duarte, Carlos Santos, Elvira Mínguez, Rubén Cortada Duración: Una temporada de 11 capítulos de 70 minutos Productora: Boomerang TV

Buen patrón y buena factura

El tiempo entre costuras puso el remate el pasado lunes a las aventuras de la modista-espía Sira Quiroga, dejándonos uno de los más espléndidos diseños de serie y la sensación de que la ficción televisiva patria entra en fase de maduración.

Con un buen patrón -el bestseller de María Dueñas-, traspasado a guión casi al calco, y una factura de superproducción, la serie de Mercero marca un antes y un después. La cuota de pantalla entorno al 26% y 5 millones de espectadores muestran que cuando las cosas se hacen bien el público responde.

Antena 3 ha rentabilizado el éxito de la producción de Boomerang TV creando todo un fenómeno mediáti­co a su alrededor: generando expectación sobre su estreno, acompañando de un making of cada capítulo y pre­parando el final con una intensa programación televisiva. Pero no todo ha sido juego limpio. Antena 3 ha lanzado su órdago haciendo coincidir la emisión de su serie con el horario de otra grande –Isabel, de TVE- y ha abusado de la publicidad, con bloques intermina­bles insertados en los momentos más inoportunos.

El éxito de El tiempo entre costuras se debe a la mezcla de géneros romántico, aventurero y negro; y a un es­tilo original y elegante, que elude arengas políticas, re­curso fácil demasiadas veces utilizado en ficciones de época de guerra y posguerra con base en hechos rea­les. A esto hay que unir un vestuario de lu­jo con cua­trocientos trajes a medida y mil quinientos más alquilados en Madrid, Londres y Roma; localizaciones en tres países sin decorados ni platós, con más de doscientos cincuenta escenarios diferentes dotados de atrezzo de época -entre ellos, decenas de coches antiguos-; la maravillosa fotografía de Juan Mo­lina; cien personajes y dos mil figurantes, y sobre to­do una jo­ven actriz –Adriana Ugarte (Hospital Central, La seño­ra)- que ha sabido encarnar a la protagonista con na­turalidad y evolucionar con ella, como per­sonaje y co­mo intérprete, a la que acompaña un co­ro de secunda­rios a su altura. Todo rodeado y sublimado por la eficaz música de César Benito (Vive cantando, Los protegidos).

Con este marco, desmerece el conjunto un último ca­pítulo con marras y nudos demasiado visibles. La res­ponsabilidad hay que repartirla entre los guionistas, la dirección de actores y la novela de María Dueñas, que deja demasiados cabos sueltos. Justo es re­conocer el esfuerzo de los guionistas por acrecentar la tensión narrativa en los dos capítulos finales, con se­cuencias nuevas como la del pétalo de orquídea o el ro­bo del microchip, etc., y por cargar de sangre fría y ci­nismo al malo-malísimo de Da Silva (Filipe Duarte). Pe­ro el parcheo de las escenas de acción, con persecuciones de cartón piedra y un secuestro poco creíble, el desconcierto inverosímil del personaje de Marcus Lo­gan (Peter Vives) en el duelo final de identidades, el con­traste de la acción con la pausa de las secuencias dia­logadas, excesivamente explicativas, y la falta de quí­mica entre los dos enamorados, lastran el final de la serie.

Además, quedan tramas abiertas y la pregunta en el aire sobre personajes que se habían hecho muy queridos para los espectadores. La novela lo medio resuel­ve con la voz en off de Sira narrando qué pudo haber ocu­rrido a aquellos seres que pasaron por su vida. La se­rie, en cambio, recurre en los créditos finales a momentos estelares del pasado. Quizá hubiera sido más efi­caz aventurar, a modo de flash, un final para esos per­sonajes, como hace la novela, y dejar así con buen sa­bor de boca a los espectadores. Aun con todo, es mu­cho mejor el final de la serie que el de la novela.

El tiempo entre costuras tiene algunos otros dese­qui­librios, que también son heredados. De los tres es­ce­­na­rios en que se desenvuelve la acción -Marruecos, Ma­­drid y Lisboa- tras la presentación del personaje de Si­­ra y el detonante de su amor pasional por Ramiro, el Norte de África es, sin duda, el más atractivo. Por el marco exótico, por el dramatismo de la situación y por esos secundarios mencionados -el comisario Vázquez, Candelaria, Félix, Jamila, Rosalinda Fox, Dolores, ma­dre de Sira– muy bien desarrollados tanto en relación con la protagonista como en su propia trama. En Tán­­ger y Tetuán están contenidas la esencia de la historia y el núcleo de la transformación de Sira de costu­re­ra a espía en Madrid -la parte más redundante, repe­ti­ción del esquema: taller-misión-reporte-nueva mi­sión- y la resolución en Lisboa con los peligros que en­traña y los desajustes finales mencionados.

La empatía con el personaje de Sira Quiroga -con sus aventuras y desventuras mitad novela negra mitad no­­vela amorosa, que acaparan el 90 por ciento de las se­cuencias- es lo que sostiene el interés a lo largo de los capítulos. Adriana Ugarte hace, sin duda, un esforzado papel que seguramente marcará también un an­tes y un después en su carrera profesional.

Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla