House

Pese a lo previsible de la experiencia de sentarse frente al televisor, ver un nuevo capítulo de la serie resulta siempre cualquier cosa menos aburrido

House (David Shore, 2004)
House (David Shore, 2004)

House: Medicina muy adictiva

La única razón del éxito de House es el propio House, que es Hugh Laurie (101 dálmatas, El vuelo del Fénix), que es un excelente actor británico desaprovechado hasta hace poco tiempo. Porque su creación de doctor cascarrabias, cínico, individualista e indolente se ha convertido en uno de los mayores iconos de la televisión actual.

No es que los guiones de David Shore (curtido en series de género como Ley y orden y Family law) no sean meritorios, pero a excepción de los lúcidos aunque crueles parlamentos del doctor Gregory House, la estructura de los mismos es tan mecánica como la de los de El Equipo A. A saber: en la secuencia inicial, previa a los títulos de crédito, aparecen una serie de desconocidos practicando cualquier tipo de actividad cotidiana cuando, de repente, parece que uno de ellos va a enfermar. Pues bien, no le pasa nada porque el que se desmaya, contra todo pronóstico, es su compañero que estaba fresco como una rosa hasta ese instante.

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Una vez trasladado el doliente hasta el Hospital Princetown, el malhumorado protagonista, que rara vez se digna a establecer contacto visual con un paciente, niega que le vaya a tratar hasta el preciso instante en que éste colapsa debido a una etiología desconocida. Es entonces cuando House saca a relucir todo su ingenio para coordinar, junto a su equipo de investigadores sherlockholmianos (el neurólogo –Omar Epps: Dr. Eric Foreman-, el internista –Jesse Spencer: Dr. Robert Chase– y la inmunóloga –Jennifer Morrison: Allison Cameron-), una catarata de tratamientos experimentales y arriesgadísimos que sólo dan como fruto el que el paciente flirtee indefectiblemente con la muerte en cada entrega.

Tras el preceptivo allanamiento de la morada del encamado por parte de los meritorios del doctor detective (ya que interrogar al paciente sobre sus prácticas de riesgo es inútil porque «todos mienten» –House dixit-), y una vez descartado el lupus, el sarcástico protagonista, más parecido a una estrella de rock que al héroe patrio Vilches de Hospital Central, resuelve el enigma (en la ducha, corriendo por el parque o jugando a su PSP) en el último segundo en que el estado del enfermo es compatible con la vida. Así, House se anota otro punto en su lucha permanente con la muerte.

Pese a lo previsible de la experiencia de sentarse frente al televisor (Fox y Cuatro emiten en España la tercera temporada), ver un nuevo capítulo de la serie resulta siempre cualquier cosa menos aburrido porque la altivez de House y su torrente provocador de enfant terrible es tan estimulante que resulta adictivo. Laurie ha compuesto un personaje destinado a ser venerado desde el primer momento en que nuestros sentidos le prestan atención.

Su presencia hipnótica se fundamenta en una indumentaria alejada de la ortodoxia médica: oportunamente desaliñado, siempre viste barba de un par de días, americana, camiseta, zapatillas y bastón, ya que es cojo. Esta minusvalía es precisamente lo que le exime de cualquier responsabilidad a la hora de soltar exabruptos a diestro y siniestro debido a la gran condescendencia que ha conseguido aglutinar alrededor de su figura por ser un enfermo adicto a los analgésicos.

Su avinagrada personalidad da lugar a la seña de identidad más valiosa del producto, que no es otra que su doble vertiente de héroe-antihéroe. Por un lado no hay nadie más inteligente a lo largo y ancho de este mundo, valor específico que se une al don de salvar vidas propio de su profesión; por otro, es un pobre hombre con el que nunca nos gustaría relacionarnos de puertas afuera del hospital.

No en vano, cuenta con un único amigo (Robert Sean Leonard: Dr. James Wilson), que no se deja apartar pese a las continuas minas que le va poniendo House, estirando su paciencia como un chicle para comprobar hasta qué punto le es fiel. Porque, para el personaje que interpreta Laurie, hasta la amistad es un experimento.

La única persona capaz de contender con el protagonista en condiciones de práctica igualdad es la directora del hospital, la doctora Lisa Cuddy (Lisa Edelstein), único papel dotado de un cierto relieve por Shore al margen de House. Ella es la encargada de meterle los pies en el tiesto cada vez que lo excéntrico de las propuestas del rebelde galeno ponen al Princetown al borde de la demanda judicial; pero es su principal valedora y le tiene un especial cariño porque sabe que, aún siguiendo los preceptos de Maquiavelo, no hay nadie que le garantice más resultados que él.

El mencionado hecho de que el resto del reparto quede prácticamente ninguneado es a la vez acierto y riesgo, porque la serie durará tanto como dure la paciencia del respetable con respecto al mal humor de House, o como aguanten las carteras de los productores las eventuales exigencias de Laurie, artesano shakespeariano hasta la fecha y merecida estrella en la actualidad valedor de dos Globos de Oro consecutivos al mejor actor.

Sólo hay una razón para que les guste House, pero es una razón lo suficientemente grande como para que les guste más que la mayoría de series.


House (House, M.D., 2004)

Creador: David Shore
Guión: David Shore  y otros
Intérpretes: Hugh Laurie, Omar Epps, Lisa Edelstein, Robert Sean Leonard, Jennifer Morrison, Jesse Spencer
Género: Drama
Duración: 42 minutos
Nacionalidad: EE.UU.

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Reseña Panorama
s
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor