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«La cúpula», de Brian K. Vaughan

Con un dibujo más matizado de los personajes, una mú­sica más creativa y algunas giros narrativos más logrados, la serie resultaría más que notable.

Emisión en España: 2.9.2013 (Antena 3)
Producción y emisión en EE.UU.: CBS
Calificación: +18 años (XD)

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País: EE.UU. Intérpretes: Dean Norris, Mike Vogel, Rachelle Lefevre, Natalie Martinez, Britt Robertson, Alexander Koch, Colin Ford, Mackenzie Lintz, Nicholas Strong, Aisha Hinds, Samantha Mathis, Natalie Zea Duración: 1 temporada de 13 capítulos de 42 minutos (anunciado el estreno de la 2º temporada en 2014)

¡Es la bola de cristal!

Era Alaska la que cantaba con sus cables en la cabe­za esa canción que abría el legendario programa de los sá­bados por la mañana en la España ochentera. La bo­la de cristal era un magazine en el que cabía de todo con un solo motivo: tenía que ser entretenido. Y ése parece ser también el lema de esta serie que ha arrasa­do en audiencia en sus inicios tanto en Estados Unidos co­mo España. El argumento además tiene mucho que ver con el título del programa infantil televisivo. Se pue­de resumir en una línea. Una tranquila ciudad del es­tado norteamericano de Maine entra en una situación de pánico colectivo tras la repentina y misteriosa apa­rición de una gigantesca cúpula de cristal que le aís­la del resto del mundo.

Uno de los guionistas habituales de Lost, Brian K. Vaughan, es el máximo responsable de esta adaptación de una novela de más de 1.000 páginas del prolí­fi­co Stephen King. En principio la serie iba a tener una sola temporada, pero tras el éxito de los primeros ca­pítulos en Estados Unidos (15 millones de espectadores) La cúpula tendrá una continuación en el verano de 2014.

Hay que reconocer que ingenio no les falta ni a Stephen King ni al creador de la serie para desarrollar un argumento muy original. El equilibrio entre trepidación narrativa y conflictos dramáticos está muy conseguido; en casi 10 horas apenas hay momentos en los que la historia y los personajes pierdan interés policia­co, fantástico, romántico y dramático. Y eso sin necesidad de entrar en montañas rusas que acaban ma­reando y aburriendo al espectador. En esta ocasión Spielberg puede presumir de haber producido una se­rie que ha contentado en general al público y a la crítica, algo que no sucedía desde Hermanos de sangre en 2001 (entre medias han desfilado unas cuantos intentos decepcionantes: Falling Skies, The Pacific, Terra No­va, Smash).

El guión de la serie sabe aprovechar un grupo de actores muy heterogéneo en el que vemos algunos consolidados en la pequeña pantalla como Dean Norris (el mítico cuñado de Walter White en Breaking Bad) o Natalie Zea (la eterna mujer/ex-mujer de Raylan Givens en Justified), y otros actores que comparten cara gua­pa y talento: los creíbles adolescentes Colin Ford (So­brenatural) y Britt Robertson (The Secret Circle), y los adultos «enamorados» Rachelle Lefevre (A Gifted Man) y Mike Vogel (Bates Motel).

En un grupo de protagonistas tan numeroso (en to­tal hay unos 15 con cierta entidad dramática), no to­dos tienen la misma suerte a la hora de ser tratados por los guionistas y los actores, y esto es algo que hace que la serie no crezca todo lo que podría. Por ejemplo, dejan mucho que desear los retratos del adolescente hor­monado y lelo convertido en policía de buenas a pri­meras (Alex Coch, un actor muy limitado) y la acci­den­tal y torpe sheriff de la ciudad (Natalie Martinez; una buena actriz con un personaje absurdo).

Tampoco ayuda a la excelencia de la serie algunas de­cisiones de guión bastante forzadas a mitad de temporada y varios diálogos puntuales extravagantes y zafios. En este sentido sorprende la sexualizada pre­sentación de los personajes de Junior y Angie, más pro­pia de Homeland que de La cúpula. También desconcierta el tono descarnado de algunas frases entre los adolescentes Norrie y Joe, que desnaturaliza una re­lación romántica en absoluto convencional y acelerada, cercano al tono del entrañable homenaje al cine de Spielberg que hizo J.J. Abrams hace unos años en Su­per 8.

Pero lo que realmente rechina es el sermón ideológi­co que, de cuando en cuando, sobrevuela la serie. Ahí te­nemos al reverendo feo, calvo, apocalíptico, corrup­to y con los dientes salidos (uno más en la cantera de «atrac­tivos» pastores cristianos que el cine y la tele no se cansa de retratar), y la pareja de madres lesbianas que son un cúmulo de perfecciones: guapas, leales, profundas, comprensivas, generosas… En fin, lo tie­nen todo, hasta una hija concebida en laboratorio que acaba asumiendo por completo un sermón cada vez más redundante en las series norteamericanas (Glee, Modern Family, The Foster, The New Normal, Oran­ge is the new black).

Con un dibujo más matizado de los personajes, una mú­sica más creativa y algunas giros narrativos más logrados, la serie resultaría más que notable. De todas for­mas es un entretenimiento muy bien trabado, con al­gunos grandes momentos que te dejan con ganas de ver una segunda temporada.