Si algo caracteriza a esta novela es su es­tilo fragmentario y elíptico.

  • Creadores: Susanna White, Damien Timmer
  • País: Reino Unido
  • Dirección: Susanna White
  • Guión: Tom Stoppard (adaptación de la novela de Ford Madox Ford)
  • Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Rebecca Hall, Adelaide Clemens, Roger Allam, Rupert Everett, Miranda Richardson, Anne-Marie Duff, Janet McTeer, Frederick Fox, Jack Huston, Sasha Waddell
  • Duración: Miniserie de 5 capítulos de 60 minutos
  • Producción: BBC, HBO
  • Emisión: BBC Two, 24.8.2012; HBO, 26.2.2013
  • Emisión en España: Filmin (www.filmin.es)
  • Público adecuado: +18 años (X-)

No es novela para serie

Generar demasiada expectación entraña riesgos. Cuan­to más alta, más fuerte puede ser la caída. Los pro­ductores de Parade’s End, la británica BBC y la esta­do­unidense HBO, presentaban la adaptación de la tetralogía de novelas de Ford Madox Ford como la mi­niserie definitiva sobre el final de la era eduardiana, ba­sada en la “obra cumbre” homónima de la literatura in­glesa del siglo XX. Y esto porque tenía que competir, por doble partida, con otra serie de la misma época, Down­ton Abbey, producida para ITV y PBS. Así, Parade’s End era una serie intelectual y trascendente, mien­tras que Downton Abbey, un culebrón histórico.

Partiendo de la premisa de que ni Ford Madox Ford ni su tetralogía son exponentes literarios incuestiona­bles, tratar de contener casi mil páginas en cinco capí­tu­los es complicado. Stoppard (El imperio del sol, Sha­kespeare in love, Anna Karenina), a quien se encar­gó el guión, decidió centrar la trama en el triángulo amo­roso entre el aristócrata Christopher Tietjens -el úl­timo conservador, un intelectual exitoso-, Sylvia, su es­posa infiel y católica, y la joven sufragista Valentine Wa­nnop; y excluir la mayor parte de la cuarta novela pa­ra hacer la historia inteligible, además de salpimentar el conjunto con algunas escenas de sexo y desnudos gratuitos. Todo esto, en detrimento de la crítica so­cial a una Europa en guerra y una Inglaterra cuyo sis­tema social se desmoronaba… y en beneficio del cule­brón.

Para colmo, si algo caracteriza a esta novela es su es­tilo fragmentario y elíptico (muy moderno para 1924, época en que se escribió): los cambios de tiempo y de orden, la mezcla entre el pensamiento y la realidad, la narración a base de retazos de conversaciones, sím­bolo de la ruptura de ese orden establecido. Toda es­ta confusión se traslada con pulcritud eduardiana a la serie, de manera que resulta muy complicado seguir las evoluciones de los personajes y todo adquiere un aire artificioso e irreal.

El celuloide aguanta menos que el papel las ínfulas in­telectualoides. ¿Cómo creer que un hombre como Tiet­jens cayera en las garras de Sylvia de una manera tan poco elegante?, ¿cómo sostener la persistencia en la infiel fidelidad de Sylvia?: “Soy una mujer que intenta desesperadamente recuperar a su marido”.

“Corruptio optimi, pessima”. Al cabo del primer capítulo ya no queda ni historia, ni apenas evolución en los personajes, que sobreviene en las escenas finales co­mo por ensalmo. El problema fundamental de la miniserie Parade’s End, es que Parade’s End no es novela pa­ra serie. La adaptación fílmica no aguantaría la prue­ba de la página 99 del propio Ford Madox Ford.

Dicho esto, la ambientación es soberbia, desde el pri­mer minuto, con el plano picado y el travelling de la habitación de Sylvia preparada para la boda, hasta el último. El director de fotografía lo fue de la minise­rie Jane Eyre, de White, y de la reciente The selfish giant, de Clio Barnard, y sabe lo que hace. El vestuario y la decoración son fastuosos. La serie ha gozado de un elevado presupuesto de 12 millones de libras, con más de 170 localizaciones y sets de grabación, en Kent, Dorton House, la iglesia de St. Thomas Becket, Free­masons’Hall, en Londres; Duncombe Park, en North Yorkshire; y Bélgica. Y Susanna White no es una novata en las adaptaciones literarias de época (Bleak House, de Dickens, o Jane Eyre, de Charlotte Bron­të).

También es una deliciosa tortura ver a Cumberbatch en su papel sufriente de marido cornudo y apaleado, mermado por la guerra y por el ostracismo pero de­cente e íntegro, fiel a una tradición en ruinas; opues­to por completo al del perspicaz y extravagante Sherlock. Stoppard se ha encargado de recalcar que ha­bía pensado en el actor mucho antes de que la serie del detective lo hiciera famoso. Lo que no tiene perdón es el color oxigenado del pelo.

Ahora bien, si alguien borda su papel es Rebecca Hall como torturadora Sylvia: infiel, veleidosa, arbitra­ria y exasperante hasta el desmayo -del espectador-. Re­becca, católica, adúltera e impía en todos los senti­dos, como impío, adúltero y católico era el propio Ford Ma­dox Ford, que tampoco se divorció ni fue fiel a su ma­trimonio con Elsie Martindale. En el personaje se re­trata el autor, que debía tener una visión crítica de la Iglesia, a juzgar por el tratamiento ridículo de los per­sonajes religiosos. La australiana Adelaide Clemens no está mal en su encarnación pura del sueño idea­lista de progreso, y brilla sobre todo en la escena de la niebla, una de las más bellas y logradas de la serie.

Cristina Abad