· Brillante es la manera de dispensar la información de forma que el espectador se pegue a las peripecias vi­tales y profesionales de los dos detectives.

  • Creador: Nick Pizzolatto
  • País: EE.UU.
  • Dirección: Cary Fukunaga
  • Guión: Nic Pizzolatto
  • Intérpretes:  Matthew McConaughey, Woody Harrelson, Michelle Monaghan, Michael Potts, Alexandra Daddario, Tory Kittles, Kevin Dunn
  • Duración: Una temporada de 8 capítulos de 60 minutos
  • Emisión en EE.UU.: HBO (estreno 12.1.2014)
  • Emisión en España: Canal + (estreno 13.1.2014)
  • Público adecado: +18 años (V+X+)

Perdidos en Luisiana

La HBO está martilleando lemas promocionales con un ritmo intenso y sostenido. Porque sabe que le han sa­li­do muchos competidores. Porque antes estaba más o me­nos sola en el segmento adulto de la televisión por ca­ble. Y ahora tienen gente al lado que hace co­sas pa­recidas, cuando no mejores.

True detective está diseñada para sofronizar al espectador gafapastil, ese que -como decía Oscar Wilde– pi­lla un efecto donde los demás cogen un resfriado. Se supone, con el debido respeto y la obligada modestia, que un crítico es mucho más que un aficionado cua­lifi­ca­do. Estamos ya muy baqueteados para que lo de “It’s not TV. It’s HBO” nos haga mover una ceja.

La voluntad de estilo, de sello propio y marca registrada, de recreo en la suerte de la deconstrucción vi­tal, de pedaleo patafísico en un tándem en el que los ma­nillares son Nietzsche, Derrida, Sartre y Schopenhauer; todo eso que se percibe en True detective es -según pa­rece- necesariamente hipnótico: el espectador se des­liga de las coordenadas espacio-temporales pa­ra sumergirse en una catarsis, bla, bla, bla… bla.

Que HBO es importante y que algunas de sus series son jalones destacados de la ficción seriada no lo du­da nadie que sepa un poco de TV. Yo tampoco. Pero eso es una cosa, y la devoción fanática por este canal de pago otra. No soy prosélito de ninguna de estas sectas audiovisuales, donde todo parece ser sospechosamente único e ini­gualable. Hay cosas de HBO que me gus­tan mucho, otras nada y otras così così.

True detective ha encontrado lo que buscaba la HBO: el blanco y el negro, el o conmigo o contra mí. Lo resume bien mi amigo Alberto Nahum García en su ca­da vez más interesante blog Diamantes en serie, en el que postula la escala de grises como imprescindible en el ejercicio de la apreciación.

Las herramientas promocionales de las series están ca­da vez más ligadas a las opiniones de los comentaristas de televisión más influyentes, que conversan con sus lectores usando el blog como contenedor versátil que permite (y lo escribo sin malicia) aná­lisis muy precisos y también peroratas y peloteos in­ter­mi­na­bles, precisa concisión y difusa verborrea. Hay de to­do y el caso True detective es casi un paradig­ma de có­mo las redes sociales sirven de caja de resonancia a las series de TV contemporáneas. Series que pa­recen rein­ventar la televisión. No les quiero cansar, so­lo digo que el parecido de True detective con series an­teriores es mucho más grande de lo que parece (pien­so en The Ki­lling, parcialmente escrita por Pizzo­la­tto).

Los ocho capítulos de esta serie -que tendrá segun­da temporada pero sin la presencia de Matthew McConaughey– son como son. La serie es la serie. Más allá de las declaraciones del guionista Nic Pizzolatto, que ha apelado en entrevistas y declaraciones a su volun­tad de trascender el relato policial de investigación de crí­menes cometidos por un asesino en serie durante dé­cadas. Se trataría de un ejercicio de metaficción que usa el género para divagar sobre una relación de amistad entre dos personajes masculinos, dos detectives uni­dos por la investigación de un espeluznante asesina­to.

A mi juicio, el guión deja mucho que desear. Pero mu­cho es mucho. Hay subtramas de garrafón. Que ri­ma con el jarrón que contiene el vacío, al que se ha re­ferido sagazmente García, glosando el sentido del tí­tulo del último capítulo de True detective, Forma y va­cío, con clara referencia a la teoría estética del cubista Braque: “El jarrón da forma al vacío y la música al silencio”.

Es el mismo Braque que dijo alto y clara una frase que suena como un disparo en el bosque semidormido: “La verdad existe. Solo se inventa la mentira”.

En True detective hay detective, pero true, lo que se lla­ma true, hay muy poca. Hay demasiadas concesiones facilonas al mainstream (el sur profundo absoluta­men­te estereotipado, el fanatismo religioso aún más, los abusos infantiles, el culto satánico, el desvalimien­to de personajes en ruinas).

La estrategia de Pizzolatto consiste en jugar con el tiem­po, usando un lapso de veinte años para urdir un puz­le que exige del espectador un pacto de visionado que en algunos capítulos resulta leonino, no solo por la tru­culencia, sino por el desconcertante ejercicio de gi­ros dramáticos de tahúr de tercera.

Brillante es la manera de dispensar la información de forma que el espectador se pegue a las peripecias vi­tales y profesionales de los dos detectives. Brillante, sí, pero con demasiada purpurina. Esa opción propicia una languidez en el relato que se ve potenciada por el director, Cary Fukunaga, un realizador con buena ma­no que se entrega al manierismo en la planificación, un manierismo ombliguista que termina resultando agotador en esos planos fantasmales de Lui­siana. Al menos para mí.

Los actores están bien, mejor que sus personajes. No me creo el arco de Rust Cohle (McConaughey) y mu­cho menos el de su colega Martin Hart (Harrelson). La trama familiar parece trasplantada de otra historia.

True detective tiene cosas interesantes pero en conjunto no me parece una serie brillante, porque es irregular y porque su recurrencia truculenta en la des­cripción de un clima malsano y siniestro es, en el fon­do, un olím­pico brindis al pensamiento débil. El fi­nal quiere ser un mentís en toda regla, un giro de 180 gra­dos, pe­ro a quien escribe le pilló pensando ya en… otras se­ries. En otras cosas. Porque hay vida, más allá de la te­le. Vida de verdad. True life.

Alberto Fijo