· Víctor Ros tiene luces y sombras, pero se deja ver. Hay un interesante esfuerzo de documentación histórica que regala buenos momentos.

  • Creador: Javier Olivares
  • País: España
  • Dirección: Carlos Navarro Ballesteros, Gracia Querejeta, Jorge Sánchez-Cabezudo
  • Guión: Javier Olivares, Pablo Olivares, Anaïs Schaaff, Jorge Díaz, Paco López Barrio.
  • Adaptación de la novela de Jerónimo Tristante
  • Intérpretes: Carles Francino, Esmeralda Moya, Megan Montaner, Fernando Valverde, Helio Pedregal, Juan Fernández, Tomás del Estal, Juan Codina, Alberto Berzal, Joel Bosqued, Nacho Fresneda, Lola Marcelli, Raúl Peña, Pablo Viña
  • Duración: Miniserie de 6 capítulos (70 minutos cada uno)
  • Producción: New Atlantis (Secuoya) para TVE
  • Emisión: Del 12.1.2014 al 16.2.2015
  • Público adecuado+16 años (VS)

Madrid, 1895

Después de escribir Isabel, los hermanos Olivares abor­daron la adaptación de varias entregas de la saga de Víctor Ros, el afamado detective de la brigada metropolitana de Madrid rescatado a los catorce años de la calle por un veterano policía, creado por la imagina­ción de Jerónimo Tristante. La penúltima aventura de los dos hermanos guionistas –Pablo fallecía de ELA en noviembre del pasado año-, El Ministerio del Tiem­po, acaba de cubrir el hueco de Víctor Ros en la parrilla de la cadena estatal. De historia del siglo XVI a ficción po­liciaca del siglo XIX para terminar en ciencia ficción am­bientada en diversas épocas históricas. Todo un aba­nico de géneros, que empieza a ser habitual en la crea­ción audiovisual patria, y que es de celebrar.

Víctor Ros
Víctor Ros

Víctor Ros ha tenido una vida corta, tan solo una tem­porada de seis capítulos, lo que la convierte en miniserie de formato británico. Pero la dignidad del producto y su final abierto pedían más. Y lo merecían. TVE la ha emitido dos años después de ser grabada por pro­blemas de recortes (previamente fue estrenada en Mo­vistar TV en abril de 2014), y no ha realizado la deseable campaña de promoción; razón, en parte, de unos datos de audiencia discretos pero no del todo satisfactorios, aunque por encima de la media de la cade­na: 11,7% y poco más de 2,3 millones de espectadores. Y digo en parte porque la serie arrancó con mejor sha­re de lo que terminó.

“Elementalmente” no estamos ante Sherlock -tampo­co se pretende, aunque la comparación es inevitable por la fuerza icónica del personaje- pero sí ante una pro­puesta de entretenimiento familiar que debutó con cier­tos titubeos y subió hasta alcanzar su primera altu­ra de meseta. Es comprensible el enfado de Jeróni­mo Tris­tante por la decisión de TVE de cerrar en falso con las tramas abiertas y una última escena demencial.

Víctor Ros tiene luces y sombras, pero se deja ver. Hay un interesante esfuerzo de documentación histórica -marca Olivares– que regala buenos momentos, co­mo la incorporación a la investigación policial de las huellas dactilares o las conversaciones sobre la Gue­rra de Cuba, y que se ha desarrollado en los progra­mas posteriores de La España de Víctor Ros. El vestuario es acorde con la época, las persecuciones, peleas y en­frentamientos armados resultan creíbles, aunque con­viven con efectos especiales menos pulidos.

Algunos escenarios, como las casas de la burguesía ma­drileña de finales del XIX, el café o la comisaría de po­licía, así como una calle ficticia del Madrid de la épo­ca donde se desarrollan varios episodios, han sido re­creados en plató con mayor o menor fortuna, otros son enclaves naturales acertados de los alrededores de la capital, pero las infografías sobre cromas de vistas aéreas sobre la Plaza Mayor o la Puerta del Sol y las vis­tas desde las ventanas, con coches de caballos, personajes de cartón paseando y pajarillos revoloteando cons­tantemente parecen sacadas de un videojuego y res­tan verosimilitud. Cosas del bajo presupuesto. Tampoco convence la iluminación, excesiva y poco natural tan­tas veces.

En cuanto a la historia, los hermanos Olivares y el res­to del equipo de guionistas plantearon diversas tramas que hacen funcionar la maquinaria aunque podían haber estado mejor engrasadas. A la personal de Víc­tor Ros le falta a veces emotividad y credibilidad, aun­que quizá no sea problema de guión sino de la interpretación de un Carles Francino que resulta plano, pas­mado e inexpresivo de tan profesional. La amorosa, que divide a Ros entre la acomodada y revolucionaria ni­ña bien Clara y la inteligente y aguda prostituta de lu­jo Lola “la valenciana”, no logra encender la mecha, po­siblemente por carencia de profundidad biográfica y por la amistosa y cándida relación entre ambas que di­ficulta la rivalidad, aunque evita una subida de temperatura que hubiera dejado fuera a una parte considerable de la audiencia.

Como corresponde al género, hay tramas autoconclusivas de casos policiacos resueltos a veces con intuición y otras con puerilidad, pero sobre ellas, dán­doles continuidad y relieve, hay una más profunda que quizá sea la aportación más sorpresiva e interesante de la serie, y que no vamos a desvelar.

Víc­tor Ros cuenta con un elenco de actores solvente. Al­gunos secundarios sazonan y dimensionan las histo­rias, como el policía Armando Martínez, Tito Valverde; el oscuro agente Carballo, interpretado por Juan Codi­na, o Helio Pedregal, en el papel de Roberto Aldanza, el hombre noble, instruido y adelantado a su época al que Víctor admira y que le ayudará a solucionar los ca­sos con sus métodos científicos.

Pese a la cal y la arena, estamos ante un producto ele­gante, quizá no a la altura de Isabel o El tiempo en­tre costuras, pero por encima de la media de producción televisiva de ficción, una incursión en el género po­liciaco de época que merecía una segunda oportuni­dad para dar de sí y desarrollar todo lo que prometía.

Cristina Abad