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El artista y la modelo

Fernando Trueba  F. Trueba, Jean-Claude Carrière  Daniel Vilar  Marta Velasco  Jean Rochefort, Aida Folch, Claudia Cardinale, Chus Lampreave, Götz Otto, Christian Sinniger  Alta  104 minutos  Mayores de 16 años (S)

España, 2012.  Estreno: 28/9/2012

Lecciones de arte

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Más de 15 años lleva Fernando Trueba madurando este pro­yecto. Una idea que quiso hacer con su hermano, el es­cultor Máximo Trueba y con el guionista Rafael Azco­na, que escribió un primer tra­tamiento. Un deseo que dejó de­ lado cuando murió su hermano y que volvió a retomar con­ Jean-Claude Carriére como guionista. 15 años son mu­chos y se notan en el mimo con el que la cinta es­tá rea­li­zada. Una película cocinada a fuego lento.

El veterano cineasta transforma un tema habitual en el ar­te -la relación del artista con su modelo- en una ficción ci­nematográfica y en una excusa para hablar del­ origen de una obra. A través de la historia de una joven es­­pa­ñola que, en la Francia ocupada de 1943, se convierte en­ mode­lo y musa de un anciano y desesperanzado escul­tor, True­ba hace una reflexión sobre el sentido del arte, la­ ne­cesidad de la contemplación y la búsqueda de la belleza.

El resultado es una cinta de una estética arrebatadora que­ -por el tono, por el ritmo y por el tema- disfrutarán es­pecialmente los propios artistas. El argumento es míni­mo­, y éste es el reproche que se le puede hacer a un filme que, fuera de un circuito minoritario, tiene el ries­go de ser­ malentendido. El discurso es escaso pe­ro el envoltorio vi­sual es una pequeña joya. Trueba cuida cada fotograma co­mo si fuera un cuadro.

La soberbia fotografía en blanco y negro de Daniel Vi­lar y los estudiados encuadres, unidos a una escasez ca­si­ to­tal de diálogo, hacen que la película transite en un te­rre­no muy alejado de lo que un público mayoritario entiende por cine. Esto, podría decirse, es otra cosa.

Por otra parte, de una manera muy consciente, Fernan­do Trueba ha querido evitar el morbo y el re­clamo del ero­­­tismo en el que hubiera sido fácil caer. “Siempre ha si­­­do u­na preocupación el problema de tener a la pro­ta­go­nis­­ta des­nuda durante media película: cómo estar siempre le­­jos de la vulgaridad, pero también de cualquier es­te­ti­cis­­mo”, con­fiesa el propio Trueba. En ese sentido, la cin­ta es elegante y el discurso teórico sobre el sentido del­ des­nudo en el arte, interesante: “solo pueden ver a una mu­jer des­nuda los médicos y los artistas -le responde la mu­jer del escultor a su criada escandalizada de que la chi­ca pose-, los médicos para curar y los artistas para reflejar la belleza del cuerpo humano”. Una belleza que, llega a de­cir uno de los protagonistas, es una de las pruebas de la existencia de Dios. La decisión de no aclarar una situación que estaba es­crita en el guión y que hubiera conver­ti­do la historia en convencional es otra prueba del firme pro­pósito de True­ba de no caer en lo vulgar.

Elegancia y sencillez son las dos claves que Trueba quie­re imprimir en su película más personal. Las sobrias y con­vincentes interpretaciones del reparto, encabezado por un soberbio Jean Rochefort y una solvente Aida Folch, es­tán al servicio­ de esa sencillez. La misma sencillez -tre­men­damente compleja- que traspasa los poros de la mejor es­cena de película: la explicación llena de pasión que hace el viejo escultor sobre un dibujo de Rembrandt a una jo­ven que, como el espectador, quizás nunca se había planteado que unos trazos pudieran encerrar trozos de vida.

Ana Sánchez de la Nieta

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor