Sleepy Hollow

Sleepy Hollow es quizás el culmen del Romanticismo en la obra de Burton. La leyenda del jinete sin cabeza se nos presenta con una recreación perfecta de la atmósfera que seguramente imaginó Washington Irving

En Sleepy Hollow Burton se queda con la atmósfera de la leyenda del jinete sin cabeza, y la recrea muy bien, pero cambia gran parte de la historia, perdiéndose el relato socarrón y bromista que escribió Irving

Silencio, rueda un romántico

Hay en las películas dirigidas por Tim Burton una línea claramente romántica, del más puro Romanticismo del XIX. Y está presente en las historias, en los personajes, en la escenografía y, claramente, en el conjunto de imágenes que forman muchas de sus películas. Recordemos Ghotam City, esa gótico-fantasmagórica ciudad y su hombre enmascarado, con esa dicotomía tan romántica de buenos y malos. Pensemos en Ed Wood, homenaje a un mediocre director enamorado del cine; o en el cuento de Pesadilla antes de Navidad con ese noble personaje que quiere llevar regalos a los niños pero los asusta; o en el alma desgarrada de Eduardo Manostijeras, que vaga por su castillo, con un amor puro e imposible por Kim Boggs (Winona Ryder), su amada. Imaginemos al fantasma de Bitelchús, en ese filme de ultratumba, lleno de absurdos. Y descartemos Mars attacks!, añejo recuerdo de las películas B de marcianos.

Sleepy Hollow es quizás el culmen del Romanticismo en la obra de Burton. La leyenda del jinete sin cabeza se nos presenta con una recreación perfecta de la atmósfera que seguramente imaginó Washington Irving: oscura, misteriosa, terrible, ideal para que el director pueda mostrarnos su dominio en la creación de ambientes visualmente excepcionales. Pero Burton se queda en eso, en la atmósfera y en la leyenda del jinete sin cabeza y cambia gran parte de la historia, perdiéndose el relato socarrón y bromista que escribió Irving.

Por contra, el director nos engatusa con su escenografía, nos engancha con la medida ironía que, como en tantas de sus obras, deja caer de su salero. Y hay momentos verdaderamente fascinantes. Ricci se muestra como hada encantadora y Deep es ese detective, Ichabod Crane, valiente y miedoso a la vez -¡qué ironía!-. Pero Burton se recrea en demasía en un terror gore y permite que el guión complique la historia, el cuento queda enrevesado y pierde fantasía. A medida que pasan los minutos el filme adolece de ese dramatismo que permite a los espectadores ser más partícipes de la leyenda y llegar verdaderamente a evadirse al pueblo de Sleepy Hollow. Y al término, la película, o Burton, o ambos, parecen perder la cabeza, y la historia pierde fuelle y acaba con un final desconcertante.

La pintura, la música, la literatura románticas, Delacroix, Beethoven, Wagner y su Walkiria, Byron, Scott y Bécquer. Cuentos y leyendas, cementerios, brumas, castillos, almas en pena y fantasmas; eran los románticos del XIX, el Romanticismo. Y ya en la era de la comunicación y del cine, un hombre filma películas y parece beber de ellos: Tim Burton. Desde su cortometraje Frankenweenie (el perro recompuesto, émulo del personaje de la novela de Mary Shelley) a esta leyenda de Sleepy Hollow, todo deja un remanso onírico, de pura evasión romántica, de Romanticismo. ¡Silencio, rueda un romántico!

Reseña Panorama
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Periodista y editor. Escritor