Gosford Park: Altman se sube al Oscarbús

Invierno, llueve y 1932. Lujosos automóviles van llegando a una mansión en la campiña inglesa. Una partida de caza reúne a familiares y amigos del sátiro y caprichoso Sir William McCordle y su estirada esposa, Lady Sylvia. Cada cual viene acompañado de criado, incrementándose el, ya de por sí, numerosísimo servicio de la casa. Señores y lacayos van entrando en una olla que a medida que se acerca al hervor, desprende por la enorme casa de campo los olores de rencillas, miserias, frustraciones, complejos y ruindades.

Cumplidos los 77, la afición de Altman por los ajustes de cuentas a través de películas corales se mantiene. Se ha repetido que los dardos de Altman, después de hacer diana en el ejército (M.A.S.H.), la industria del cine (El juego de Hollywood), el mundo de la moda (Prêt-à-porter) y el american way of life (Vidas cruzadas), han volado hacia la alta sociedad británica.

Quizás este planteamiento no sea el adecuado, y la verdad sea que Altman -después del fiasco de El doctor T y las mujeres– se ha marcado un alarde estilístico desprovisto de complicaciones temáticas para decir: «Aquí estoy yo, señores de la Academia de Hollywood, acuérdense de un servidor, que ya va siendo hora». A la vista de la campaña de promoción, la jugada puede salirle bien porque ha logrado siete importantes candidaturas a los Oscar, a las que se añaden un Globo de Oro al mejor director, un Oso honorífico en Berlín y un par de premios BAFTA. En cualquier caso, y sin desmerecer la impecable factura (que brilla especialmente en la planificación de los diálogos) y las excelentes interpretaciones (muy recomendable la versión original), uno no acaba de explicarse, a cuento de qué, salta Don Roberto con esta historia trilladita y anacrónica.

Gosford Park, Robert Altman
Gosford Park, Robert Altman

Es de justicia no plegarse al papanatismo entusiasta que suele rodear a este tipo de directores «malditos», para decir con franqueza que estamos ante una larguísima película que no aporta demasiado y tiende a dejarte fuera, por la frialdad característica de Altman y por una construcción cartesiana de personajes-marioneta. Convalida, eso sí, por tres capítulos de una serie inglesa de la BBC, tipo Arriba y abajo, con un toque a lo Diez negritos, para que no falte un cadáver y un homenaje a Doña Agatha. Con ser menos divertida que las comedias de Coward (Relative values), no teniendo tanta chispa como los enredos de Wilde (Un marido ideal), y no obstante carecer de la carga explosiva de los misiles de Waugh o Ishiguro (Noticia bomba y Los restos del día), podemos estar seguros que cualquiera de ellos hubiese estado encantado de contar con los servicios de Altman, aun siendo un yankee, plebeyo de Kansas, para más señas.

Ficha Técnica

  • País: Reino Unido, 2001
  • Fotografía: Andrew Dunn
  • Montaje: Tim Squyres
  • Música: Patrick Doyle
  • Estreno EE:UU.: 26 de diciembre de 2001
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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor