La película -excelente como exponente del cine de acción, con personajes atractivos y tramas apasionantes- es, a la vez, un certero acercamiento al misterio de la desaparición del imperio mesoamericano, que ha usado en la representación las herramientas de la ficción dramatizada con un encomiable rigor histórico.

Una señora película

Después de ver Apocalypto sales hecho unos zorros, agotado tras dos horas largas corriendo por la selva. Con la sensación de estar muy manchado: de sangre, de sudor, de barro, de maldad, de violencia, de crueldad, de miedo.

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A la salida del cine, mientras recuperas el aliento tras un dilatado y sostenido shock de 139 minutos de metraje, empiezas a preguntarte qué puedes decir de una película así. Superado el aturdimiento, se va abriendo pa­so la conclusión de que acabas de ver una señora película, con un guión excelente, unas interpretaciones soberanas y una realización de alto nivel.

«Quería -dice Gibson– que el público se sin­­tiera completamente parte de ese tiempo -el imperio maya en el siglo XVI-, y no quería ni un sólo vestigio del siglo XXI, al tiempo que, desde el punto de vista cinematográfico, que­ría que la película tuviera una especie de cineticismo vertiginoso y fuera muy de actualidad. Me fascinaba la idea de que la mayor parte de la historia se contara visualmente, algo que lle­varía al público a los niveles más viscerales y emocionales».

Ya se ve que el director, coguionista y productor de esta película de 40 millones de dólares de presupuesto, quería muchas cosas. Lo más sorprendente no es que haya conseguido los objetivos enunciados más arriba. Lo llamativo es que la película -excelente como exponente del cine de acción, con personajes atractivos y tramas apasionantes- es, a la vez, un certero acercamiento al misterio de la desaparición del imperio mesoamericano, que ha usado en la representación las herramientas de la ficción dramatizada con un encomiable rigor histórico.

Una fuerza demoledora

El director norteamericano vuelve a mostrar su buen manejo de batuta al frente de una orquesta y un coro de altura, compuestos por excelentes profesionales, capaces de hacer una película muy atractiva con un presupuesto más propio de una comedia urbana que de una aventura épica rodada al aire libre.

La fotografía -digital, con una cámara Gé­ne­sis de Panavision- aporta una fuerza demoledora por su capacidad para registrar, con muy pocos cortes, largas secuencias con movimientos muy violentos. El montaje logra una autenticidad estremecedora. Las localizaciones mexicanas son sobrias y creíbles, con unas vistas panorámicas generales de una gran belleza, los logrados decorados de la ciu­dad hacen que la llegada de los protagonistas sea inolvidable. Y podemos seguir con el casting, que ha seleccionado un elenco de actores en su mayoría no profesionales, atletas que no lo parecen. Y el maquillaje y la ca­racterización, y la dirección artística… todo al servicio de una historia muy bien contada, con unos personajes y unos conflictos muy vi­gorosos. La decisión de usar la lengua ma­ya se revela acertadísima, porque ayuda a los actores -y a los espectadores- a introducirse en un mundo que en inglés o en castellano no hubiese sido tan creíble, tan espeluznante.

Antes de terminar dos advertencias: Bra­ve­heart me pareció una película discotequera y ramplona. Y algo evidente para los versados en la materia: la crueldad sanguinaria del imperio maya no se la ha inventado Gibson.