Con sangre y fuego: Polonia, la de los hombres de acero

Con sangre y fuego | Jerzy Hoffman (Cracovia 1932) se ha debido empapar la trilogía de Sienkiewicz sobre la convulsa Polonia del siglo XVII. Ya somos dos. Las tres novelas del autor de Quo vadis? son un exquisito manjar que sabe intensamente a vitalidad, sangre, odio, ferocidad, patria, lealtad y romanticismo. El seducido y veterano Hoffman -35 películas a las espaldas- ya había rodado versiones de las otras dos novelas (El diluvio, 1974, y El Señor Wolodyjowski, 1969) que componen un hermoso y vibrante homenaje a la madre patria. Sí, he dicho madre patria. Al que le ponga nervioso esta palabra, que se abstenga de ver esta película, de leer a Mesanza, de acercarse a Mío Cid. Puede, eso sí, seguir chapoteando en la mezquina y paleta confusión entre el patriotismo y las neuras de fachas y nacionalistas cerriles.

Un pueblo necesita vibrar con su historia, sentir el orgullo de compartir la sangre y la tierra de los héroes. Y el pueblo polaco ha ido a ver en masa esta película, que ha ganado más dinero que Titanic. ¿Por qué? Porque cualquiera que sepa historia y geografía (ay, Señor, tanta ESO, tanto aseado teórico-ideólogo que no sabe lo que es un niño, tantos procedimientos y actitudes, tanto escribe la palabra «patata» y coméntala con tu compañero, tanto interné(cios) y tecnoniño pasota-parásito sin convocatoria de septiembre y playón hasta el hastío…)… Perdón, sigo: cualquiera que sepa historia y geografía se estremece ante la cantidad de palizas que ha encajado Polonia desde el siglo XIV en adelante, con especial ensañamiento reciente por parte de los verdugos nazis y los tiranos comunistas. Y Polonia siempre se ha levantado. Polonia, la católica, la caótica, la heroica y la resignada, la de los hombres de acero.

Polonia no es, de momento, parte del mundo opulento, así que la película tiene algunas limitaciones que obedecen a la falta de vil metal, ese que se tira a mansalva en los rodajes del cine Primer Mundo para hacer anodinos bodrios. Dinero que hubiera hecho innecesario una refundición no muy lucida de las 4 horas montadas para la emisión como mini serie televisiva. La música tiene varios ramalazos del efectismo hortera tan propio de la series: una productora solvente hubiera podido encargar una banda sonora más adecuada para el cine, en un país con una cultura musical soberbia. Cuando escribo esto, me viene a la cabeza un oportuno parangón: la digna e inteligente miniserie Juana de Arco y la última gansada lujosa de Luc Besson.

Concebida para la televisión

A la espera de Pan Tadeusz, la película de Wadja sobre la obra del gran poeta Adam Mickiewicz, se puede disfrutar con esta larga película concebida para la tele, pero realizada con una factura cinematográfica notable, que deja escapar -en bastantes momentos- un intenso olor a cine del bueno. La dirección artística es un ejemplo, un alarde de cultura y erudición que brilla más y mejor en la pantalla grande. Hay mucho rigor en la recreación de asedios y batallas, en el atavío de un cosaco, en la galopada frenética de un jinete tártaro. La inteligente dirección de actores permite una sensación de verosimilitud en lo que atañe a comportamientos, caracteres, pasiones, costumbres, odios multiseculares, etc.

El director finés Aki Kaurismäki ha declarado algo muy sugerente: antes se hacían películas con barcos de madera tripulados por hombres de acero, ahora se hacen barcos de acero con hombres de madera. Aunque solo fuera por ver a la caballería polaca contendiendo con los cosacos y los tártaros, doy por bien empleadas las 3 horas y las 650 pesetas. Y es que, en medio de tantas historietas bobas para antes del botellón, la buena novela histórica y su prima de celuloide son dos auténticos partidazos.

Ficha Técnica

  • País: Polonia (Ogniem i mieczem, 1999)
  • Fotografía: Grzegorz Kedzierski
  • Música: Krzesimir Debski
  • Estreno en Polonia: 8 de febrero de 1999
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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor