Música feliz

El cine norteamericano es consciente de su progresiva deshumanización en la última década, de la persistencia en un mundo mecanizado y aséptico como el del crimen virtual y la robótica policíaca.

Este proceso, guiado por la necesidad de espectacularidad y de complejidad, ha convertido a los personajes del cine norteamericano en autómatas que se rigen por ocultas leyes químicas y en los que los sentimientos humanos se han deteriorado demasiado. Hollywood se ha percatado y ha comenzado su vuelta a la humanidad de una forma muy peculiar: recuperando la mirada cercana hacia lo pequeño y cotidiano, propia del cine europeo. Al sueño norteamericano ha superpuesto el sueño europeo. Ha encontrado en el intimismo cinematográfico europeo un antídoto a su progresiva deshumanización. Una nueva fórmula de felicidad, más arcana y primordial.

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Algunas películas de la productora transoceánica Miramax son la mejor muestra de este nuevo trasvase: El cartero y Pablo Neruda o La vida es bella son productos europeístas diseñados por capital norteamericano, símbolos del cine de la globalización, donde las identidades nacionales se descentralizan y se articulan entorno a los centros industriales transnacionales. Ambas películas fueron diseñadas para agradar a la Academia (al igual que El paciente inglés y Shakespeare in love -también de Miramax- que recuperan el tono de la superproducción biográfica y culta europea de David Lean).

En este fenómeno la música tiene un papel bastante importante. La historia del cine ha instalado en el espectador la asociación del cine europeo con una intervención musical distanciada de la acción, casi desdramatizada y asociada a un estado de ánimo genérico. En casi todos los ejemplos citados este ánimo es una cierta alegría melancólica: las populares “melodías” de Bacalov para El cartero o de Piovani para La vida es bella, prolongan la marca de Morricone en Cinema Paradiso, una música que reitera una y otra vez, por encima de las imágenes, un sentimiento continuo de felicidad.

Durante los años ochenta Hollywood creó una marca musical similar en los telefilmes cinematográficos de éxito como Kramer contra Kramer o La fuerza del cariño. Una música melódica procedente de la televisión (músicos de segunda fila como Michael Gore) y un cliché musical de scherzo creado por John Williams en las películas de Spielberg, se unían para imponer una percepción feliz y agridulce a través del oído. Este tipo de música ha ido consolidándose en la comedia norteamericana hasta películas como Big o Mejor imposible. La espectacularidad propia del cine norteamericano se contrapesa con una música poco descriptiva, ajena al ritmo del film.
En la actualidad ambas fórmulas musicales, la europea y la norteamericana de comedia, conviven en el afán continuo por recuperar el valor que Coppola señalaba para el cine: abrir en la vida de la gente un pequeño foco de felicidad.

Fernando Infante